ARTÍCULO

Supervivencia de un poeta

al cuidado de Christopher Maurer, al cuidado de Andrew A. Anderson Cátedra, Madrid
 

En 1986, Christopher Maurer conjeturaba la posibilidad y la utilidad de un futuro «epistolario general» del 27; desde entonces, la edición de epistolarios y correspondencias ha venido constituyendo la novedad historiográfica de mayor relieve dentro de ese campo (Salinas, Guillén, Gerardo Diego, Prados, José María de Cossío). En este panorama más poblado brilla con perfil neto este Epistolariocompleto, editado por él y por Andrew A. Anderson. Maurer es editor de una modélica edición bilingüe de Collected Poems de García Lorca (Nueva York, Farrar Strauss Giroux); tiene en su haber el éxito inesperado y alucinante de una traducción de Gracián que estuvo durante semanas en la lista de libros más vendidos del NewYork Times. Anderson, inglés afincado en los Estados Unidos, es autor de un cuidadoso estudio sobre The Late Poetry of García Lorca. Sirvan estas pinceladas para advertir que el trabajo filológico ha estado en las mejores manos. Y ha sido inmenso. Ha consistido en ensamblar y poner al día una labor de recopilación y ordenación que se ha extendido como una madrépora durante más de cincuenta años; en precisar dentro de lo posible una cronología más atenta al «dato emocional» que al «dato erudito», acudiendo a toda suerte de datos contextuales; y en anotar exhaustivamente un total de 531 cartas, postales y telegramas, de las cuales 112 son «rigurosamente inéditas». ¿Epistolario completo? En su catálogo de este año, la librería Carmichael Alonso pone a la venta una carta dirigida a Juan Marqués Merchán, de 1923, enviando «programas de la fiesta que hemos celebrado en la sala de mi casa», mientras Ian Gibson se queja de la pérdida de las cartas de Lorca a Lorenzo Martínez Fuset, Emilio Aladrén y José María García Carrillo, «tal vez destruidas por las respectivas familias; la mayor parte de las cruzadas entre el poeta y Rafael Rodríguez Rapún y Adolfo Salazar; y casi todas las de Lorca a Dalí. Tales lagunas epistolares –y hay otras muchas– son trágicas»Ian Gibson, Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca (1898-1936), Plaza y Janés, 1998, Barcelona, págs. 11-12.. En el propio volumen, algunas cartas aparecen sólo en fragmento, censuradas por sus primeros editores (así, la número 11 de las dirigidas a Rafael Martínez Nadal, págs. 689-690). Este epistolario, pues, resulta a un tiempo «fatalmente incompleto» y «el más completo hasta la fecha». Según advierte Christopher Maurer en su prólogo, «la cualidad fragmentaria e inconclusa de esta obra es imagen de una vida brutalmente truncada y de una energía vital que se detuvo poco en la recolección y la ordenación de papeles». Y con todo, en sus páginas están todas las facetas de la personalidad de García Lorca, en toda su riqueza múltiple. No son partes de una «verdad» parcial. Las cartas de un escritor se mueven por un espacio intermedio, aunque autónomo, entre su vida y su obra. Como dice Maurer, pueden reforzar «paradójicamente la independencia de poemas y dramas», pero también se convierten de pronto en piezas de escritura, con todas las trampas y la fascinación de la literatura. Walter Benjamin, en una carta de 1919 a Ernst Schoen, argumentaba que los epistolarios se devalúan si se les mide con el concepto «enteramente ambiguo y falso» de la obra y su paternidad, porque a su juicio, los testimonios epistolares pertenecen a la historia de la «supervivencia». Permiten hacerse cargo de cómo la supervivencia entra en la vida, con su historia propia. Leídas en sucesión, en su superposición de horizontalidades temporales, las cartas se transforman objetivamente, adquieren una vida propia, un ritmo diferente al del tiempo en que vivían los destinatarios. Vienen a desplegar ante el lector una suerte de autobiografía (así lo puso de relieve André Belamich a propósito de este epistolario), una autobiografía más compleja, aun en su dispersión, que una autobiografía clásica, y desde luego, muchísimo más compleja que cualquier construcción biográfica organizada desde el exterior. Desde el punto de vista cuantitativo, el primer destinatario es su familia. Les escribe con una constancia que quizá quede iluminada por un comentario de Pedro Salinas a Jorge Guillén (21 de octubre de 1927): «Anteayer estuvieron en casa todos los García Lorca: familia simpatiquísima en la que se encuentran datos dispersos, chispeantes de la personalidad de nuestro amigo: casi, casi, estudio de fuentes literarias». Natalia Ginzburg hubiera hablado de «léxico familiar». Claro que dentro de esa intensa complicidad se establece una contradicción básica entre la defensa feroz de su vocación y su talento (le escribe a su padre en 1920: «Yo he nacido poeta y artista como el que nace cojo, como el que nace guapo») y la postergación angustiosa de su estado de «hijo de familia», con sus peticiones de apoyo económico que se repiten hasta el momento de la gira triunfal por Buenos Aires y Montevideo («tengo la fama de un torero») en que el lector, aliviado, constata: «Le he comprado a mamá un renard que me ha costado dos mil pesetas, pero yo sé que a ella le gustará mucho. ¡Cuidado con decirme que es caro, porque yo tengo mucha ilusión en haberlo comprado y me molestaría que lo dijerais!» (noviembre de 1933). Por el camino, el lector se ha demorado en la espléndida prosa descriptiva de las impresiones y paisajes de Nueva York (1929-1930) y ha establecido los contactos o divergencias de esas páginas con el poemario. El epistolario es como una mina en la que pueden seguirse diferentes vetas (no cabe sino espigar en el conjunto, para incitar a la lectura). Una de ellas se dibuja en las 63 cartas a Melchor Fernández Almagro, tan jugosas y explícitas en cuanto a proyectos literarios, otra en la veintena de cartas a Falla, otra en las dirigidas a los amigos granadinos. En la fase primera del seguimiento de las actividades y proyectos de la tertulia del «Rinconcillo» y en la segunda fase de animación de la revista Gallo (1927-1928) –que ya contiene la orientación a los más jóvenes– el epistolario revela un interés apasionado y sostenido por la vida cultural de Granada, a pesar de no vivir en ella desde 1919, y subraya la trágica ironía final («¡sabedlo! en su Granada»). Es cierto que desde 1928 en adelante García Lorca escribe menos cartas. El descenso, hace ver Anderson, coincide con el auge de su celebridad, y también con el final de su «Bildung». En efecto, las cartas tienen una función decisiva en su formación estética, como espacios de reflexión, de reafirmación en determinados principios, de desfallecimiento, de duda. Véanse las dirigidas a Jorge Guillén, Sebastián Gasch, Salvador Dalí (lástima que no esté en circulación el Federico en persona de Guillén [1959], donde se recoge la correspondencia de ambos). Por último, y no menos importante, está el mundo vibrátil de los afectos, la amistad, el cariño, el amor, la confesión desolada y la efusión sentimental, las insinuaciones eróticas y las alusiones privadas, las bromas, los silencios. Ahí está tal como fue, para quien lo entienda y para quien no. Como demostración palpable de que no necesita ser «sexualizado» ni «desexualizado» desde fuera. De lo estéril y lo demagógico de esa exigencia. Lo decisivo es que todos estos caminos y otros muchos que podrían recorrerse, se entrecruzan y resisten con gallardía a cualquier simplificación. Maurer y Anderson han ensamblado una suma de documentos que conforman un monumento cuya visita es tan amena como interesante, tan divertida como inquietante. La crónica de una supervivencia que llega hasta el día de hoy.

01/12/1999

 
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