ARTÍCULO

David Vann: Sukkwan Island

Barcelona, Alfabia, 2011.
Trad. de Daniel Gascón.
 

El de esta novela es un caso excepcional, uno de esos golpes de fortuna que bien lanzan la carrera de un gran escritor, bien dejan una huella imborrable en el lector. Sea cual sea el futuro de David Vann, solo cabe congratularse por la aparición de un libro de estas características. Es una novela breve, pero en sus doscientas páginas cabe una intensidad de narración fuera de lo común. La anécdota es la siguiente: un hombre, James Edwin Fenn, un dentista de mediana edad que ha vendido sus bienes muebles e inmuebles, reunido su dinero y adquirido una propiedad en una isla de Alaska, llega a ella con su hijo Roy, de trece años. Roy, que vive y estudia en Santa Rosa (California) con su madre y su hermana, ha aceptado acompañar a su padre por una temporada en su estancia en la isla. La decisión de pasar un año en la isla con su hijo es una decisión que viene condicionada en el padre, Jim, por la necesidad de romper con el pasado, vivir una vida nueva, empezar desde cero; en realidad, es un acto de supervivencia mental y física que no se atreve a intentar solo (o al menos procura no hacerlo así), para lo cual busca la complicidad tácita de su hijo, lo que incluye el deseo de reencontrarse con él. Padre e hijo se disponen a sobrevivir en una situación adánica, en un lugar hostil que los enfrente a lo primigenio de la vida y de la naturaleza. Para el padre, pues, es un acto de redención; para el hijo, un acompañamiento afectivo antes que un acto voluntario. Su padre le plantea el reto y el hijo acepta entre dudas, pero empujado por el afecto y por cubrir la ausencia de su madre desde el divorcio de sus padres.
Jim –iremos descubriéndolo– es un hombre frustrado por su experiencia, divorciado por dos veces, que se encuentra en la mitad de su vida con la conciencia de haber fracasado en cuanto a estabilidad y felicidad se refiere. Su acto es simbólico: vender cuanto posee, renunciar a su carrera de odontólogo y retirarse a un lugar salvaje donde medirse consigo mismo, lavar errores y culpas y emprender una vida nueva –aún no sabe cómo– apoyado en alguien –su hijo Roy– que posee el vigor y el empuje de disponer de un íntegro futuro por delante. Por parte del autor, la situación, simbólicamente, está clara.
Un hidroavión los deja en la isla, donde se encontrarán solos. Aunque sepan que en alguna de las islas cercanas hay algún vecino, no saben quién es ni si vive allí todo el año o únicamente en verano. Una vez en la isla, como dos robinsones, tienen que empezar a hacerlo todo con sus manos, desde construir cobertizos, habilitar una cabaña abandonada, almacenar comida y pertrechos, etc. El entusiasmo inicial del padre contrasta con la inquietud del hijo, que ha saltado de su vida en un hogar californiano a este lugar dejado de la mano de Dios al que debe adaptarse con urgencia. A poco de llegar, salen a hacer una descubierta y, al volver, descubren que un oso ha entrado en la cabaña y destrozado buena parte de sus pertenencias. La radio con la que pueden comunicarse con el exterior está rota y han de prepararse para pasar el invierno.
La novela, como cabe esperar por su brevedad y su planteamiento, está obligada a mantener un ritmo constante que, para su dificultad, ha de mantenerse en un lugar agreste donde los sucesos son siempre pequeños e inmediatos, un haz de minucias relevantes. Esto significa un esfuerzo de escritura muy importante y arriesgado, pues una novela que empieza en alto puede permitirse el lujo de decaer en los momentos en que sea necesario para la armonía y la respiración del conjunto, pero necesita de longitud suficiente para hacerlo; en una novela corta como esta, en cambio, la tensión ha de mantenerse sin desmayo hasta el final.
El padre habla, trata de establecer una complicidad de compañeros; el chico no comprende al padre, porque este no tiene en cuenta la edad del chico: «Su padre lo miró y Roy no sabía hablar con su padre de ese modo». El padre llora en silencio por las noches, acostados ambos, y el chico lo oye. «Por la mañana, Roy recordaba el llanto, y le parecía que eso era exactamente lo que no debía hacer […]. Se suponía que debía oírlo por la noche y después durante el día no solo olvidarlo sino, de algún modo, hacer como si no hubiera existido. Empezó a tener miedo de las noches, aunque solo habían pasado dos». Casi enseguida, el autor marca, de una parte, la debilidad del padre, compungido por una vida que le hace sentirse como un perdedor que ha venido en busca de aire para no asfixiarse; y, de otra, la extrañeza del chico a todo cuanto le rodea, empezando por la situación. El autor, hábilmente, empieza a mostrar la torpeza o, por mejor decir, la falta de preparación del padre para la vida elegida y su impremeditación a la hora de tomar decisiones; ambas empiezan a insinuar al lector la lógica imparable que ha llevado al padre a la situación vital en que se encuentra. No sabe construir un almacén, no sabe guardar correctamente los alimentos, no prevé cosas tan elementales como tener que aprovisionarse de leña. A todo ello se lanzan, más que animosamente, desesperadamente, pero al menos consiguen ir sobreviviendo, bien que entre grandes penurias y dificultades.
La escritura es tan tensa como la sucesión de acontecimientos. Es una escritura sin adornos, directa, cortante, que insiste en las pequeñas cosas como si martilleara en el relato; la escritura es eficiente, convincente, y dura como el mundo en que se hallan perdidos. Se asienta en actos y gestos de supervivencia sobre todo, enumerados como un castigo, pero con la limpieza del aire que respiran en la isla. En realidad, ambos se encuentran metidos en una operación imposible, lo cual no es sino un paso más, tal vez el último, de un hombre de torpe existencia a la que ahora ha arrastrado, además, al hijo.
Cuando por fin reaparece el hidroavión con provisiones, y extrañado de no haber tenido noticias (recordemos que la radio está rota), surge la primera sospecha en Roy de que su padre se ha encerrado definitivamente en sí mismo. Corre hasta el hidroavión al que ha oído llegar con la intuición de que su padre va a despedirlo, aunque no quiera admitirlo. «¿Existía la posibilidad de que dijese que todo iba bien y despidiera al piloto para que no volviera? No parecía improbable, y Roy necesitaba marcharse, tenía que irse. Roy soltó los peces y su caña y corrió más deprisa». Desde ese momento, Roy se debate entre el deseo de no herir a su padre y el deseo de escapar de lo que para él es una trampa que se cierra sin remedio. Poco a poco, el padre empezará a manipular la situación al percatarse de la desazón de su hijo. Además, empieza a resquebrajarse la propia situación que el padre ha creado porque empieza a obsesionarse con su segunda mujer, Rhoda, con la que consigue conectar por radio y a la que confiesa sin ambages que quiere volver con ella, por más que ella lo rechaza: este es el punto de no retorno en la conciencia del padre y donde empieza a perder su sentido la aventura en que se ha metido: la nostalgia del pasado, la nostalgia de una mujer (que va a ser poco a poco obsesiva) y la evidencia de que el hijo está rompiéndose y, en consecuencia, ya no va a ser un apoyo ilusionante sino un problema añadido, lo convierten en un manipulador que comienza gradualmente a perder la noción de la realidad. La claustrofobia es absoluta y cada uno va a buscar una salida. El drama va a estallar.
La novela se divide en dos partes. La primera termina de un modo impactante como pocos que yo haya leído, pero no deja de ser un tanto forzada, en el sentido de que requeriría aún más preparación psicológica; sin embargo, está planteada con tal habilidad que el lector queda noqueado y permítaseme no dar un paso más para preservar la lectura. La segunda parte, más breve, es el relato, minucioso, admirable, preciso, sumamente inteligente y expresivo, del deterioro de una mente en la que se apaga la lucidez.
El padre lo hace todo mal porque no piensa en las consecuencias de sus actos y esa es, al parecer, la línea de conducta que ha guiado su vida. Nunca se ha sentido bien consigo mismo y carga con ello como un penitente. Hay un momento en el que el hijo, tras una ocasión en la que el padre intenta hablar con Rhoda por radio sin conseguirlo y percatarse de que está deseándola, le pregunta: «Si hablaras con ella y ella quisiera, ¿te marcharías de aquí inmediatamente para estar con ella?». El padre contesta: «No sé. No sé qué estoy haciendo. Solo la echo de menos». El padre contesta así porque está confuso, pero también porque no quiere contestar. Todo ha evolucionado de modo que vuelve a sentirse atrapado por su vida y sus actos y el hecho de constatarlo le desmoraliza; sabe que se encuentran metidos en un lío en el que ha involucrado a su hijo y, una vez más, actúa con indecisión, con cobardía, con imprudencia, como siempre; y ambos, padre e hijo, se dan cuenta, aunque cada uno a su modo. ¿Qué puede salir de ahí? El padre está atrapado en su pasado, el hijo en su confusión; y ambos están atrapados en una isla y una situación que los inmoviliza. No hay salida.
En la segunda parte, apenas empezada, hay un «nos», un plural que muestra la habilidad de Vann para hacer circular bajo texto la verdad de las cosas (en este caso, el estado del padre) y hacerlas asomar apenas lo justo para que la intuición y la imaginación del lector entren en acción; porque Vann es de esos escritores privilegiados que dejan espacio en el texto para que el lector pueda entrar y respirar dentro de él. Ese plural aparentemente inofensivo (página 136, comienzo del segundo párrafo) va a ser el que guíe la conciencia del padre hasta el final de la novela. «Siento que las cosas hayan ido tan mal hasta ahora, pero voy a solucionarlo», dice una vez más, ahora ya en caída libre. Sin embargo, también ahora empiezan a apareces ráfagas de realidad: «Roy no quería ir. Ahora Jim se daba cuenta. Roy había ido a salvarlo; había ido porque tenía miedo de que su padre se suicidara. Pero a Roy no le interesaban ese lugar, ni el campo de trabajo. Jim había imaginado que cualquier chico querría trabajar en el campo en Alaska, con su padre, como un pionero». Jim nunca ha pensado en otra cosa que en sí mismo, de ahí su impremeditación, su hacer las cosas sin pensar en las consecuencias, sus repetidos fracasos. En la derrota, la lucidez se recupera a ráfagas, pero solo a ráfagas: «Era una locura la cantidad de comida que habían almacenado. Suficiente como para alimentar a una colonia pequeña durante el invierno. Pero la estancia se había convertido en eso para él. En vez de relajarse y llegar a conocer a su hijo, solo se había preocupado por sobrevivir. Y cuando finalmente había llegado el momento de dejar de almacenar comida, se había sentido aterrorizado; no sabía cómo pasar el tiempo, cómo superar el invierno. Así que había empezado a llamar a Rhoda por la radio. En un mes se habría marchado, estaba seguro. No habría podido quedarse. Pero Roy pensaba que iban a quedarse».
David Vann establece tan bien la madeja de nervios, venas y arterias de la novela que parece increíble que se trate de una primera novela. Se hace difícil pensar que tan magistral dominio del relato provenga solo de una técnica admirable, por lo que es evidente que la intensidad del relato lo invadió de tal modo mientras lo escribía que una parte del magisterio proviene de la intensidad misma. En mi opinión, además de ser tan impactante el momento central de la novela, que parece no necesitar de más justificación, sí que la necesita, como apunté antes. Creo que también debería haber estado presente un mayor conocimiento de la vida del padre mientras duró su primer matrimonio, del que es fruto Roy. Y también deberíamos saber algo más de los términos de aquel divorcio. Pero también es cierto que el seguimiento de la novela no se resiente especialmente de ello, porque la capacidad de sugerencia que el texto posee da cumplida satisfacción a la historia. El gran personaje es el padre, que queda como uno de los más inolvidables tipos de hombre medio de la literatura reciente. Y a favor de la habilidad literaria del autor, digamos, para terminar, que toda esta historia, cuando cae sobre la frase final, hace aún más grande el logro de David Vann. Esa frase tan sencilla, por otra parte, y tan terriblemente desoladora allí donde está colocada: «Y supo que Roy lo había querido y que eso debería haberle bastado. Simplemente no había entendido nada a tiempo». 

01/07/2011

 
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