ARTÍCULO

Un viaje a la Luna en globo submarino

Universitat de València, Valencia
170 pp. 16,50 €
 

No espere nadie una biografía. Ni un panegírico. Sueños de ciencia es un telescopio para ver a Verne. Mejor aún, para releer a Verne. Y su punto focal es el de un científico, físico por más señas. Esta condición se trasluce a lo largo de todas y cada una de las páginas de la obra. Es obvio que un científico no se enfrenta a una novela con los mismos ojos que un literato o que un músico, que lo hacen con los suyos. Pero el punto de vista de un científico es especialmente relevante en el caso de Verne, tan a menudo calificado de profeta, visionario y anticipador de la ciencia. Todos los que hemos leído, o releído, a Verne, pasmados ante su erudición y sus prolijas descripciones y explicaciones, nos hemos preguntado alguna vez: ¿y será verdad todo esto que cuenta? Jesús Navarro deshilacha a Verne y a su obra desde la admiración, pero también desde la desmitificación y desde la, en lo posible, aséptica objetividad del científico.
Se recorre aquí la peripecia personal de Verne, desde sus estudios de derecho hasta su dedicación a la literatura tras unos escarceos teatrales, su matrimonio y su trabajo como agente de bolsa, su éxito como escritor, su afición al mar y a sus sucesivos Saint-Michel. Su posterior opción por la política municipal en las filas republicanas, a pesar de sus evidentes ideas y posiciones conservadoras. Todo ello no con ánimo biográfico, sino para situar al lector mínimamente en Verne como metapersonaje. Muy a menudo, Verne se deja llevar y se transmuta en sus propios personajes. Los idealistas, los sanamente ambiciosos, los grandes viajeros, todos tienen algo del propio Verne, que quiere verse a sí mismo en Aronnax, en Nemo, en Barbicane o en Fogg.
La trayectoria vital de Verne nos revela sus ansias por triunfar en la literatura o sus anhelos de autor teatral, su rendida admiración por Victor Hugo y su amistad con los Dumas. Con una clara vocación literaria, ¿qué lugar ocupa la ciencia en la obra de Verne? ¿Es un pretexto para escribir? Así parece al principio, pero conforme publica, prospera y tiene éxito, la ciencia o, mejor, su difusión y divulgación, deja de ser el medio y se convierte poco a poco en el objetivo. La novela como forma literaria pasa a convertirse en vehículo para sus fines, y si bien Verne en cierto modo se resigna a su encasillamiento, que acepta de buen grado, no renuncia a su vocación primera y sigue escribiendo con entusiasmo, aunque los resultados editoriales de sus últimas obras son, por decirlo suavemente, discretos.
¿Qué ciencia conocía Verne? Para ser rigurosos, Verne expone la técnica antes que la ciencia. Le interesa la aplicación práctica del conocimiento a favor de la humanidad y su progreso. Por eso no hay mucha teoría en sus novelas ni en sus sabios. Éstos son gente práctica, y su arquetipo, como ha sabido ver bien Jesús Navarro, es el ingeniero Cirus Smith de La isla misteriosa. Los descubrimientos científicos puramente teó­ricos o sin una aplicación práctica inmediata no suelen tener cabida en sus textos. Sólo así se explican ciertas ausencias en su obra, sorprendentes en un autor que «tocaba todos los palos». Es especialmente significativo que las ideas de Darwin y Wallace sobre la evolución biológica, expuestas en 1859, y que causaron un gran revuelo en todo el mundo, trascendiendo los ámbitos científicos y siendo objeto de discusión acalorada en los periódicos, en los cafés y en las tertulias, no tengan un lugar en la obra de Verne. Incluso cuando tiene una oportunidad magnífica. En el curso de los acontecimientos de Viaje al centro de la Tierra, Verne lleva a sus personajes al encuentro de animales y plantas de épocas geológicas pasadas, y les hace contemplar dinosaurios, ictiosaurios y helechos gigantes. Conviven con ellos seres humanos primitivos. Pues bien, la esperable disertación erudita de Otto Lidenbrock sólo cita a Cuvier, paladín del antievolucionismo y no precisamente un autor actual en la época de la novela. No hay referencias a Darwin, ni a los restos de Neandertal, ni al fósil del Archaeoptheryx, ya conocidos y populares en 1864.
En otra nueva oportunidad, Veinte mil leguas de viaje submarino (1869-1870), Verne sigue centrado en la geo­gra­fía y la técnica sin decidirse abiertamente a explotar desde la literatura la enorme riqueza biológica de los mares. No encuentra utilidad práctica en esa forma de conocimiento que la haga merecedora de un lugar positivo en sus novelas. Pero va más lejos, y no duda en ridiculizar a los «sabios de gabinete»: un criado sin instrucción como Conseil puede memorizar toda la taxonomía animal y vegetal sin haber visto realmente los seres de los que habla. Es un esperpento más con el que la pluma de Verne fustiga a la ciencia teórica, la que «no sirve para nada». El sabio sólo adquiere la condición heroica que le hace merecedor de la admiración colectiva cuando desciende a comprobar sus teorías sobre el terreno. Lidenbrock, académico prototípico, sólo se siente completo al transmutarse en alpinista subterráneo.
En contra de las opiniones más extendidas, Verne no inventa: imagina y desarrolla, atisba caminos. Pero no inventa. No hace sino aplicar la fantasía a los adelantos de la Revolución Industrial. Y también al revés: reviste de explicaciones científicas lo que de otra manera sería un simple cuento de originalidad dudosa.
Verne centró su vida en tres ciudades y, aunque le gustaba viajar, son contadas sus salidas, dejando aparte sus paseos marítimos a bordo de los sucesivos Saint-Michel. Sí es inabarcable, en cambio, su mundo literario. La geografía ocupa un lugar preeminente en la obra verniana. No podría entenderse la serie de los Viajes extraordinarios sin descripciones geográficas. En este sentido, los periplos que Verne describe magistralmente son consecuencia y secuela lógica de los grandes viajes de investigación y descubrimiento que marcaron el siglo xix. Los grandes viajeros como Humboldt, Darwin, Stanley, Nansen, Lewis y Clark, o las expediciones científicas del Challenger o el Fram, o los cruentos intentos de conquista de las regiones polares son el antecedente directo y las fuentes en las que bebe Verne. Pero Verne da un paso más: sus novelas hacen protagonista al viaje en sí mismo y al propio lector, que, paradójicamente y a juzgar por el éxito editorial, se identifica mejor con los héroes ficticios de Verne que con los auténticos viajeros-autores. Es la magia de la literatura.
Uno de los polos del libro de Jesús Navarro es la figura de Hetzel, el editor de Verne, casi el «autor» de Verne. Es Hetzel quien anima, quien publica, quien da, quien quita, quien imprime carácter. Es Hetzel quien decide cuánto, cómo y cuándo se publica. Y Verne se pliega. A sus correcciones, a sus sugerencias, a sus plazos y a sus exigencias. Pero con ser importante, la mayor y mejor influencia de Hetzel sobre Verne es el carácter pedagógico que supo imbuir al escritor, el afán por enseñar, por mostrar, el ansia por conocer y por transmitir lo que se aprende, lo que se descubre y, mejor aún, lo que queda por descubrir. Siempre, además, con el espíritu positivista de contribuir, a través del conocimiento, al bienestar y al progreso de la humanidad. Navarro describe las vacilaciones y los miedos de Verne, contrarrestados por Hetzel, acerca de los posibles usos perversos de los adelantos científicos. No le falta razón a Verne. La Primera Guerra Mundial será el campo de experimentación y aplicación de muchos inventos de la época de Verne, que éste ya no llegará a conocer. Pero la ciencia no dejará nunca de avanzar por argumentos semejantes. En todas las épocas se ha predicho el fin del mundo debido al desarrollo de determinadas invenciones del hombre, que han horrorizado a los contemporáneos. La pólvora lo hizo en el Renacimiento, Alfred Nobel tuvo serios problemas de conciencia con la dinamita, lo que no le impidió obtener pingües beneficios, la energía nuclear lleva largos años convertida en el demonio de grandes sectores sociales, y el propio Verne, por boca de sus personajes en Cinco semanas en globo, predice el fin del mundo el día «en que alguna inmensa caldera, calentada a tres millones de atmósferas, hará explotar nuestro planeta».
¿Por qué elige Verne la ciencia y la técnica como eje de sus novelas? ¿Por qué no la historia, o la mitología, o el misterio, o el amor, o...? La razón inmediata es Hetzel, su editor, que ve en Verne el medio para conseguir sus fines pedagógicos y divulgadores. La razón más lejana es que Verne encuentra su nicho, como diría un ecólogo, su lugar en la literatura. Se siente pionero y hace suyos los ideales de su editor. Ambos intuyen que la ciencia, con sus avances en veloz progresión, corre el peligro de alejarse de la gente, de la sociedad, en suma. Se dan cuenta de que la progresiva complejidad de los temas y los estudios científicos pueden volverse contra la propia ciencia y los científicos, que acaban aislados o aislándose, como su Nemo. Por eso intentan acercar la ciencia al público, y lo hacen de la única manera posible: explicándola, haciéndola inteligible, asequible y, a la vez, atractiva. Por eso es la ciencia la auténtica protagonista de sus novelas, con los personajes a su servicio.
Su método de trabajo era minucioso, a la vez que moderno. El propio Verne lo describe, y Navarro lo recoge, como una labor callada y continua, en la que la documentación desempeñaba un papel primordial. En cierto modo podría decirse que su sistema es un primitivo precursor de los modernos programas de tratamiento de textos, algo que ni su más calenturienta imaginación llegó nunca a vislumbrar.
La técnica literaria de Verne también responde al esfuerzo. Está claro que no es Hugo. Ni Balzac. Ni Poe. Pero tiene muy buen oficio. Y pone su natural amenidad al servicio de su ­ideal pedagógico con todos los recursos de que dispone. Uno de ellos, y no el menor, es buscar el contrapunto de sus sabios, conformar una figura que equilibre sus personajes eruditos, para «quitar hierro» a las descripciones o disertaciones científicas más áridas. Nace así un Picaporte, un Miguel Ardan o un Ned Land, arponero simplón y noblote. Siempre habrá un Sancho para un Quijote. Incluso llega a fundir ambos caracteres en una sola persona, recreando el personaje del sabio despistado, especialista atolondrado en medio de su erudición. Es el delicioso Paganel de Los hijos del capitán Grant.
Verne está al día. Conoce los adelantos de su tiempo y se preocupa de mantenerse rigurosamente informado. Era el suyo un tiempo en que una sola persona podía aún aprehender y manejar un enorme caudal de conocimientos relativos a disciplinas dispares, como la geografía, la química, la astronomía, la mineralogía o distintas ramas de la ingeniería. Un saber enciclopédico hoy casi impensable, y más aún en alguien cuya formación académica no es científica. Pero el conocimiento que Verne tuvo de la ciencia no se redujo solamente a la mera acumulación de datos o a la prolija descripción de aparatos y adelantos técnicos. Como adoctrinaba Otto Lidenbrock a su sobrino: «La ciencia, hijo mío, está llena de errores, pero de errores que conviene conocer, porque conducen a la verdad».

01/08/2007

 
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