ARTÍCULO

Sudores épicos y susurros líricos

Anagrama, Barcelona, 232 págs.
 

Esta frase, que extraigo de la propia novela de Luis Magrinyà, puede servir como síntesis expresiva del movimiento pendular que recorre el narrador de Intrusos y huéspedes, un hombre de mediana edad, famoso actor de televisión y ahora profesor en una academia de teatro, que de pronto ha de ocuparse –y convivir– con un hijo adolescente al que no ve desde hace muchos años debido a la «ridícula peregrinación mundial» que emprende la madre-esposa tras la separación matrimonial. Para describir el oscilante vaivén existencial que agita al protagonista podrían igualmente servir otras antinomias o parejas de opuestos tales como desesperación-felicidad, pensamiento-acción o la sugerida en el título mismo, ya que estamos ante una novela concebida como un díptico o medalla de doble cara, dividida formalmente en dos partes que se presentan como dos diarios, independientes y muy distintos entre sí.

El primero arranca con la llegada del hijo y al escribir en él su autor intenta poner un poco de orden en sus pensamientos o, al menos, «conseguir cierta regulación de mi actitud». Empieza con la puntual anotación del día a día –aun por anodinas y vacías que resulten algunas jornadas–, cubriendo las variadas facetas de la cotidianeidad del personaje, entre las que destacan la relación paterno-filial, la tarea docente y la introspección íntima.Apenas hay progresión en los cuatro meses que abarca y en esas páginas la vida queda reflejada como un puro agolpamiento de hechos, a veces deslavazados, sin continuidad alguna pese a la contigüidad, absurdos y extraños, opresivos e indeseados. Hasta que uno de esos hechos lo rompe todo y precipita la gran crisis de un hombre que se nos va revelando como un neurótico solitario y de humor sombrío, abúlico y aburrido de sí mismo, anímicamente inestable pero crítico con su entorno (las empresas culturales), envidiablemente lúcido en sus análisis y capaz de un soberbio ejercicio intelectual, como se aprecia en el examen de la tragedia de Venturi, Gualterio, que prepara con sus alumnos.

Estamos ante una criatura que por momentos nos hace evocar una fecunda estirpe literaria, la de los agonistas, con destellos que abarcan desde el dostoievskiano hombre del subsuelo al hombre sin atributos de Musil: el narrador es un posmoderno uomo qualumque, cuya neurosis, que culmina bartlebyanamente –las palabras mienten, son inútiles, no sirven: «Esto de escribir es un asco»–, Magrinyà trata a ratos con refrescante humor.Y dicho esto, no parece necesario argumentar sobre el atractivo y poderío literario de criatura tan voluble y abismática que, tras la crisis, renace como hombre nuevo que reniega del anterior: «Soy otra persona, muy distinta... soy otro mejor. Más lúcido, más sereno conmigo mismo. Más abierto, más atento, más sensible a los demás. Más feliz».

Diez meses transcurren entre el primer diario y el segundo, enlazados por una especie de entreacto donde el narrador explica las causas del silencio y su transformación en un hombre nuevo que empieza interrogándose por la forma de relacionarse con la otra persona que él fue. El segundo diario será el instrumento para hacerlo, convirtiéndose así no en prolongación sino en rectificación del anterior. Empieza la víspera del regreso del hijo, y varía en contenidos y organización formal porque elude en lo posible la reconstrucción de la crisis dado que al narrador la mayoría de las retrospectivas le parecen llenas de cuadros falsos: «Cuadros falseados por la memoria que desde el sentido de hoy trata de encajar todo lo que no encajaba ayer, falseados por el inevitable triunfalismo que el sentido impone a un recuerdo que se hace desde el final y no desde el principio, cuando aún se ignora el resultado, y falseados por el propio carácter de gran evento ejemplar que adquiere una exposición que es ante todo una explicación».

Este hombre nuevo es ante todo un héroe en el sentido clásico, un hombre de acción que ha aprendido que los hechos son independientes de uno y que lo importante es no dejarlos escapar ni tratar de incorporarlos sino incorporarse uno a ellos: «Qué bendición verse libre de objetos, de causas. Qué bendición, por una vez, pegarse a lo que ocurre, a las cosas, a los hechos, confundirse con ellos, transcurrir con ellos, sin que le detenga a uno todo lo que los rodea, impulsa, determina, modifica o crea». Este hombre nuevo ya no verá a su hijo y a los amigos de éste como intrusos sino como huéspedes y con éstos emprenderá la aventura de fabricar éxtasis puro. El segundo diario narra paso a paso el entero proceso de tal empresa, desde los preparativos iniciales y la costosa adquisición de las sustancias necesarias hasta la llegada del día D, en que el narrador toma su dosis y describe detalladamente una experiencia en que «las cosas, los sentimientos, las palabras aparecían, sin violencia, sin psicosíncopes».

Este último tramo del relato, naturalmente, está lleno de información científica y la prosa es de una aridez catastral, de modo que, si uno no es entusiasta de la «estereoquímica», el entusiasmo del lector se enfría. Por otra parte, y aun cuando la anteposición del final amortigua un tanto el impacto que todo happy end produce, no se deja de percibir en Intrusos y huéspedes cierto aleccionamiento y una moderada moraleja sentimental de sentido discutible. Aparte, narrativamente hablando, la irrupción de Samantha –una investigadora universitaria de veintisiete años– en el círculo de los adolescentes queda por justificar, pues parece caída del aire (y ya entiendo la necesidad del personaje en la historia, tratándose de lo que se trata), aunque hay que reconocer que el propio círculo juvenil es muy variopinto, como si el autor pretendiese dar un retablo social que va del currante castizo al esteta cosmopolita.

Luis Magrinyà ha presentado esta obra como una «novela experimental», pero si bien es indiscutible el experimento psicológico y el experimento con las drogas, en la forma narrativa no hay tal. Sí lo hay si nos reducimos a la trayectoria del escritor, pero no considerando la evolución del género. Sí hay (aparte de la buena escritura del autor) un divertido juego literario que puede tomarse por sesgado homenaje a la literatura en lo que Intrusos y huéspedes tiene de articulación y combinatoria de modos y discursos narrativos muy diversos –desde lo detectivesco a la psicodelia– y de aclimatación o incorporación a los tiempos que corren de un personaje de legendaria estirpe.

01/11/2005

 
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