ARTÍCULO

El sexo más débil

Little, Brown and Co., Londres
 

Steve Jones es un profesor de Genética de la Universidad de Londres que se vio obligado a renunciar a la investigación a causa de los recortes presupuestarios impuestos por el gobierno Thatcher, poco proclive a financiar proyectos que no redundaran en la obtención de ganancias tangibles a corto plazo. En esas adversas circunstancias optó por complementar su labor docente con la divulgadora, alcanzando en esta última un éxito rotundo que, quizás a su pesar, no dejará de proporcionar argumentos a quienes opinan que no hay mal que por bien no venga. A lo largo de la última década ha publicado cuatro excelentes obras: The Language of the Genes (1993), In the Blood (1996), única traducida al castellano (En la sangre, Madrid, Alianza 1998), Almost Like a Whale (1999) y la que es objeto de la presente recensiónLas dos anteriores han sido reseñadas en Revista de libros, núm. 25 (enero de 1999), págs. 17-18, y núm. 45 (septiembre de 2001), págs. 18-19.. En todas ellas ofrece una copiosísima información, expuesta de manera ágil y directa, analizada sin pérdida de rigor y aderezada con la chispeante ironía de la que tan buen uso suelen hacer los escritores británicos, sin hacer concesiones a la especulación desorbitada que tan a menudo inspira a la divulgación evolucionista, pero sin renunciar por ello al aquilatamiento de las secuelas plausibles del conocimiento científico; en sus propias palabras: «La biología tiene poco que decir sobre el afán humano por procurarse [...] un compañero de cama, pero al fin ha comenzado a entender lo que significa no ser mujer». En resumidas cuentas, la obra se propone explicar las consecuencias que tiene para la mitad de la población humana su condición de portadora de un cromosoma Y y otro X, frente a las que experimenta la otra mitad que se distingue por poseer una dosis doble del X.

El cromosoma Y es el que menos genes contiene de los cuarenta y seis donde se empaqueta el ADN humano y, al mismo tiempo, es el más cargado de secuencias redundantes (diez veces más que el X), carentes de utilidad al menos a la luz de las interpretaciones actuales. Su función principal inmediata es proporcionar cobijo en uno de sus extremos al gen SRY, cuya misión es impedir que se manifieste la naturaleza intrínsecamente femenina de la que disfruta inicialmente cualquier embrión, para conducirlo a partir de la cuarta semana de edad por la escabrosa senda de la virilidad. De esta manera se inicia un proceso cuya manifestación final precisa de la acción coordinada de centenares de otros genes dispersos por el resto del genoma, cuyo funcionamiento secuencial está regido por hormonas que, en cada sexo, los conectan y desconectan en las ocasiones precisas.

Así hace su aparición en escena el sexo biológicamente más débil desde el estado fetal al terminal, en el que los varones sólo representan alrededor de un tercio de la población de más de ochenta años, aunque sean tan jactanciosos que el 45 % de los norteamericanos de edades comprendidas entre ochenta y ochenta y cuatro años pretende hacernos creer que sigue copulando con entusiasmo. Sólo las más modernas tecnologías ofrecen paliativos a alguna de las múltiples carencias masculinas, desde las que permiten establecer la paternidad sin ambigüedades, inmemorial aspiración atestiguada por el hecho de que las búsquedas genealógicas sólo son superadas en número por las pornográficas en la totalidad de las consultas a Internet, hasta las que proporcionan cierto remedio físico a la impotencia, mediante la administración de un fármaco que, muy adecuadamente, también ayuda a mantener erguido el tallo de la flor cortada.

Desde el punto de vista evolutivo, la única misión del macho es engendrar con exorbitante despilfarro, ya que una sola eyaculación humana contiene espermatozoides suficientes para fecundar a todas las mujeres europeas, aunque de promedio sólo alrededor de dos de los miles de millones que un varón produce a lo largo de su vida darán lugar, cada uno de ellos, a una nueva criatura. La adquisición y mantenimiento del sexo tiene, además, un crecido costo evolutivo, puesto que en las especies dotadas de reproducción sexual la procreación precisa de una pareja, mientras que una hembra capaz de autofecundarse cumple por sí sola el mismo expediente, como ocurre en muchas especies vegetales y algunas animales. Por todo esto y algunas cosas más, la razón última de la existencia de machos es, al menos, oscura, aunque puede argumentarse que la reproducción sexual permite barajar los genes paternos y maternos a la hora de transmitirlos a la descendencia, promoviendo así una evolución más eficiente que la que tendría lugar con autofecundación, que es más operativa a corto plazo pero cuyas consecuencias pueden ser graves a la larga. Sea como fuere, recientes invenciones están a punto de dar al traste con la actual necesidad de contar con ambos sexos a efectos generativos. En este sentido, el macho humano puede acabar reducido a la condición de pura superfluidad biológica en un futuro no muy lejano, dado que ya contamos con un mamífero, el ratoncito Kaguya, que se ha originado fecundando un óvulo con el material genético de otroGretchen Vogel, «Japanese scientists create fatherless mouse», Science, núm. 304 (2004), págs. 501-503..

En términos evolutivos, cabe entender las diferencias entre sexos como consecuencia indirecta de las distintas presiones selectivas a que están sometidos cada uno de ellos, pero la explicación del presente en clave del pasado remoto es una operación con resultados múltiples y la elección de uno u otro es algo que, en buena medida, ha dependido más de la idiosincrasia del intérprete que de su rigor científico. Unos intérpretes manejan las observaciones a voluntad para dirigirlas hacia un desenlace ingenioso que justifique las preferencias del autor y de su público, mientras que otros desenredan la trama en un epílogo más ecléctico que a muchos puede resultar insípido. Parece evidente que la selección natural favorecerá a los machos que apareen con el máximo número de hembras posible, mientras que la mayor eficacia biológica de las últimas residirá en su capacidad de discriminación frente a un cúmulo de intentos copulativos. En las palabras algo menos prosaicas de un personaje novelesco, «la mujer siempre persigue el alma del hombre [...] pero éstos se conforman con desear sus cuerpos»John Galsworthy, Swan Song, Heinemann, 1928.. Este doble juego conduce inevitablemente al oportunismo total, con la adopción de estrategias extravagantes que varían enormemente de unas especies a otras. Incluso nuestros parientes cercanos siguen pautas muy diferentes y, a la hora de establecer paralelismos entre nuestros hábitos sexuales y los de los primates más próximos, uno no sabe a qué carta quedarse. Los chimpancés machos dominantes logran la paternidad de la mitad de las crías de las hembras de su entorno al precio de una corta vida continuamente amenazada por frecuentes luchas encaminadas a mantener su preeminencia, mientras que los bonobos o chimpancés enanos –que, en opinión de algunos, no pertenecen a una especie distinta– disfrutan de una vida sexual que, en términos antropocéntricos, sólo podríamos calificar de libidinosa y, en todo caso, de mucho menos competitiva. Tampoco cabe concluir con los sociobiólogos que la presente condición humana sea simplemente el producto de la acción de la selección natural en las sociedades de cazadores-recolectores del Pleistoceno y, aunque así fuera, ello no serviría de excusa para perpetuar unos hábitos ancestrales reprobables. Como puntualiza Jones: «Los genes dicen muchísimo del sexo pero muy poco del género».

El lector encontrará en Y un análisis muy preciso, perspicaz y crítico, donde se combina con destreza todo lo dicho hasta aquí y muchísimo más en un libro tan entretenido que le será difícil cerrar sin llegar al final de la historia. Sería deseable que alguna editorial emprendiera su traducción al castellano en fecha próxima.

01/11/2004

 
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