ARTÍCULO

Spleen en Caracas

Del Taller de Mario Muchnik,
584 pp. 29 euros
 

Sabemos que, más allá de su fase hormonal, el enamoramiento es una elaborada construcción literaria, un discurso asumido entre el arrojo y el miedo de personajes que se lanzan al vacío, luchan contra la adversidad, atraviesan interminables océanos con tal de alcanzar a la persona amada. En la escritura de ciertos autores, los lectores hemos encontrado palabras y expresiones adecuadas para circunscribir la insensatez que manifiestan los sentimientos de nuestro corazón. Y, si bien pensaríamos que el amor es armonía y concordia, en realidad lo que siempre aparece en el discurso amoroso es una discordancia. Ya lo decía Roland Barthes: el sujeto ena­morado está incómodo. Una y otra vez, las verdaderas historias de amor sacan a la luz un ine­vi­ta­ble desa­cuerdo con el mundo, desde Romeo y Julieta hasta Las desventuras del joven Werther. También en las páginas de Ifigenia, obra de la escritora venezolana Teresa de la Parra (París, 1889-Madrid, 1936), está presente cierta imposibilidad. Ya el título nos lo indica: Ifigenia es la hija que Agamenón debe sacrificar si desea la llegada de los vientos que permitan iniciar su heroica empresa.
Repleto de rasgos autobiográficos, este relato de interiores aparece publicado por primera vez en 1924. No tarda en ser traducido al francés y recibe el Premio de la Casa Editora Franco-Iberoamericana de París, el apoyo de la generación del 98 y los comentarios favorables de Miguel de Unamuno. Eso era una consagración. En Venezuela, en cambio, sumida en la dictadura conservadora de Juan Vicente Gómez, la visión sardónica sobre el papel ornamental de la mujer, la denuncia velada contra las costumbres matrimoniales y las prácticas de perpetuación de la clase alta, sirvieron para desatar una tormenta de críticas y condenas. Tal vez la aparición de este Diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba (es decir, que se aburría o, como sugiere Unamuno, que se hastiaba) no quería levantar tanto revuelo y era producto de un spleen importado de París junto con el amplio surtido de ropajes y afeites que acompañan a la protagonista. Lo cierto es que la propia Teresa de la Parra nunca asumió una postura del todo discernible: su familia era afín al caudillo en el poder y ella, aunque apoyó la causa femenina a través de conferencias, no quiso aceptar la ampliación del voto al electorado femenino ni la participación directa de la mujer en política. ¿Qué es lo que buscaba entonces?
Ifigenia es una novela netamen­te confesional en la que se describe con una prosa de transparente fluidez las impresiones de María Eugenia Alonso, una «señorita bien» que regresa a su país después de años de crianza en París. Es decir, el caso de la propia De la Parra, quien pasó toda su vida a caballo entre Europa y Venezuela. Nada más comenzar el relato en forma de carta a una amiga, deja bien sentado que «yo que sé mentir bastante bien cuando hablo, no sé mentir cuando escribo». A partir de esta señal el lector puede comenzar a intercambiar la voz de la protagonista y la de la autora, como si se tratara de un juego de heterónimos al estilo de Pessoa. La primera persona marcará el resto de la narración que, tras el fin de la larga carta, asume la forma de un diario íntimo. Con ella nos encerramos en esa casa de familia, en esos largos pasillos y recodos oscuros en los que el espíritu torturado de la joven protagonista comienza su drástico proceso de adaptación. Dada su edad y condición, María Eugenia Alonso debe encontrar marido. Lo que encuentra, sin embargo, es la confusión de su espíritu inocente.
«El enamorado –dice Barthes– es el semiólogo salvaje en estado puro. Pasa la vida leyendo signos. No hace otra cosa: signos de felicidad, signos de desgracia. En la cara de los demás, en sus comportamientos». Del mismo modo, María Eugenia Alonso se agota en impresiones, en elucubraciones, en tramas posibles. Su propio cuerpo es convertido en un carnaval de sugerencias, un cartel que anuncia a través de sus múltiples reacomodos la imposibilidad de dar con el objeto que bus­ca. Es posible que una señorita tan prendada de sus vestidos y de su lápiz labial no sea capaz de amar. Pero sí puede alhajarse para el ritual social que supuestamente debe despertar su corazón. Así avanzan las páginas, exigiendo del lector paciencia, paciencia ante la imagen de esta joven adolescente que se contradice hasta la esquizofrenia. Algo queda claro: al leer esta novela de amor puede estarse seguro de que la protagonista nunca sabe si está enamorada y su confesión, su larga carta y sus diarios, no son más que la búsqueda desesperada de un sentimiento que no termina de cuajar. «Laissez, laissez mon coeur s’enivrer d’un mensonge», dice el verso de Baudelaire.
¿Qué le queda al lector/a de hoy? Pareciera que la reaparición de este texto editado por partida doble (ninguna de las dos ediciones aparecidas ofrece un prólogo que contextualice la obra) responde a una urgencia. A más de ochenta años de distancia, se llega algo tarde a esta cita de amor. Sin duda, este libro es un souvenir de otros días, un retrato de época lleno de personajes que hoy pueden parecer estereotipos: la tía solterona, la querida criada de color, la matriarcal abuela de pelo albo, el tío calavera y liberal. Pero, más allá de las pinceladas pintorescas y de la lúcida perspicacia con la que escribe De la Parra, la lectura contemporánea debería detenerse en la voz, la voz íntima que permanece resonando, una voz característicamente femenina y clara, una voz que nombra con sensualidad y que, sin embargo, no logra restablecer del todo su vínculo con lo real. Un lúcido ejercicio de solipsismo curtido por la contradicción en el que, según el escritor Arturo Úslar Pietri, la narradora «ve, habla, describe y piensa como nunca podría hacerlo un hombre». 

01/03/2008

 
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