ARTÍCULO

El efecto "Mortadelo"

Finalista del Premio Nadal 2004 Ediciones Destino, Barcelona
221 págs. 19
 

El mercenario de oscuro pasado Frederic Traum se encuentra en una calle de Beirut con un cónsul español moribundo, Alberto Delgado. Traum auxilia al desconocido a cambio de que éste, una vez muerto, le permita suplantar su identidad. Como pago se compromete a asesinar a una antigua novia de Delgado, a quien el diplomático acusa de haberle destrozado la vida.

Esta trama, que recuerda inexcusablemente a la primera novela de Patricia Highsmith, Extraños en un tren (1941), permite a Javier Puebla revisar uno de los argumentos más recurrentes de la literatura, el mito de la doble personalidad. Kafka describe en La transformación (1915) –más conocida hasta ahora como La metamorfosis– la angustia que padeció Gregor Samsa cuando una mañana se «encontró en su cama convertido en un monstruoso bicho». Max Frisch plantea en Nosoy Stiller (1954) los esfuerzos del escultor suizo Anatol Stiller por huir de sí mismo y romper con su pasado y su cultura suplantando la identidad del ciudadano norteamericano Sam White.

Javier Puebla, que en la actualidad es profesor de escritura creativa y microrrelatos –género en boga–, conoce sin duda estos precedentes literarios. Su mercenario Traum, que vive como una cucaracha o una rata («La guerra había transformado [mi cubil] en un refugio de ratas. Yo era una de ellas»), quiere detener esa degradación y, como el Stiller de Frisch, encuentra en otro yo –el que le ofrece la ordenada vida del diplomático Delgado– un camino idóneo para intentar romper con su trayectoria vital, en este caso marcada por la violencia y el fracaso.

Sin embargo, en esta novela, finalista del último Premio Nadal, Javier Puebla se desvía de la indagación metafísica presente en Kafka, Frisch y otros autores españoles que han abordado el fenómeno del doble –Juan Pedro Aparicio, José María Merino, Juan José Millás...– y se decanta por el atrezo de máscaras utilizado por su personaje para asumir diferentes identidades. Con ellas el mercenario teje una coartada que le libre de la policía cuando cumpla su promesa de asesinar a la antigua novia del diplomático muerto: se afeita la cabeza para convertirse en el marchante de arte tartamudo Federico Bueno, adquiere un pasaporte falsificado a nombre de Anthony Marín para alquilar un coche sin dejar pistas, encarga una peluca con la que volver a disfrazarse de Alberto Delgado. Traum ensaya andares y gestos para interpretar a Bueno, Marín, Delgado...

Tanta audacia, tanto maquillaje y actuación teatral remiten a una literatura de género más frívola, dominada por el disfraz con el que el héroe oculta su personalidad justiciera, que ha dado series tan populares como Rocambole, ArsenioLupin, La Pimpinela Escarlata, el Zorro y, más recientemente Mortadelo y Filemón, tebeo en el que el enlutado Mortadelo es capaz de transformarse en segundos en un indio, un rockero o una farola.

El hecho de que Sonríe Delgado esté contada en primera persona por Frederic Traum, individuo de personalidad excesiva, incluso esquizofrénica, fortalece aún más esa sensación mortadelesca. Locos insignes de ficción, como El Quijote de Cervantes, el profesor Kien de Elias Canetti en Auto de fe o Ignatius J. Reilly en La conjura de los necios de John Kennedy Toole, sirven de contrapuntos absurdos a la realidad que les tortura y son contestados por otros personajes cuerdos, que interactúan en su mismo plano. La voz del narrador, en tercera persona, establece la línea del horizonte entre dos mundos opuestos, el de la demencia y el de la cordura.

En Sonríe Delgado esa objetividad se pierde, porque todo se narra desde la perspectiva del protagonista, siempre escorada hacia la visión pretendidamente alocada y marginal con la que él se enfrenta a la vida. Los demás personajes apenas pueden evolucionar y cobrar vida propia, porque sus frases, los diálogos en los que intervienen, siempre están en función de potenciar la demencia de Traum.

Para construir esa voz impulsiva, Javier Puebla emplea un lenguaje directo apoyado en frases cortas, interrumpidas continuamente por puntos: «Todo era limpio. Como el propio Delgado. Por eso determiné pagar en la misma moneda. En el trabajo. Por ejemplo».

La locura que impera en la novela consigue las mejores páginas en los ambientes extremos. Como los psicodélicos y marginales del viaje en taxi que realizan el protagonista y su víctima por los alrededores del Nou Camp de Barcelona, poblado de vendedores de drogas, prostitutas y travestis. Es entonces cuando Puebla logra construir una verosimilitud inquietante y muscula toda su potencia de narrador para describirnos una realidad perturbadora.

01/04/2004

 
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