ARTÍCULO

Argonautas del amor

Alfaguara, Madrid, 1999
344 págs.
 

Manuel Vicent se entrega de tarde en tarde, con menos frecuencia de lo que a uno le gustaría, a la novela. Hay en él como una resistencia hacia este género que descansa, sospecho, en una doble causa. Se ve más a gusto en las medidas cortas, adecuadas para su visión sintética, de corte metafórico, de la realidad. Además, la técnica de composición de un artículo y de un relatoreportaje permite la escritura todo seguida, de un solo impulso, mientras que la novela exige un trabajo a largo plazo, con labores demoradas de diseño de la trama que, a la vista de sus ficciones largas, no deben de ser de su agrado. Recientemente, conseguía excelentes resultados con un tipo de relato de soporte memorialístico (Tranvía a la Malvarrosa o Jardín de Villa Valeria) porque en esta forma dichas inclinaciones no constituyen rémoras importantes.

No ha querido Vicent explotar este último camino y en Son de mar se entrega a una novela canónica, entendiendo por tal la que traza una nítida trama anecdótica y pone a su servicio unos personajes, sujetos de un conflicto central. Son de mar tiene una estructura circular: arranca y se cierra con un suceso que, en su comienzo, plantea un enigma y deja una huella de suspense extendida por toda la narración. A la playa de una pequeña ciudad levantina, Circea, llegan, por separado, dos cadáveres. Uno parece pertenecer a Ulises Adsuara, antiguo profesor de letras clásicas en el instituto local, desaparecido en un naufragio hacía ya una década. El otro ahogado, Martina, una joven y bella lugareña, presunta viuda de Ulises, está casada ahora con un acaudalado especulador inmobiliario. El trecho inicial nos desvela parte del secreto: nadie sospecha, dice, que esta «pareja de argonautas» acababa de vivir una maravillosa historia de amor.

El grueso de la novela se destina a desvelar esa parte del misterio. Dos líneas confluyen en el centro de la narración. Una de las líneas es de carácter testimonial y documenta el paso de la vida primitiva y natural de un hermoso y tranquilo rincón de pescadores a los tiempos de destrucción de la naturaleza y de turismo masivo. Parece sedundaria esta sección y, sin embargo, con lo que significa de victoria de la vulgaridad sobre la hermosura, refuerza por contraste la otra línea, una historia de amores elevada a la categoría de tragedia clásica, pasión absorbente y total, celebración de la entrega de los cuerpos; amor enajenante, por encima de barreras, magia y rito, síntesis entre Eros y la fuerza destructiva de Tánatos. Enlaza así Vicent su historia con la tradición de amores fatales y traslada el impulso pasional en la ciudad o el palacio, al estilo de Romeo y Julieta, al marco sensorial y hedonista de un Mediterráneo inundado de olores que excitan o enervan, de sabores exquisitos, de estímulos para la vista y para el tacto.

Toda la historia real y plástica, tiende, sin embargo hacia el mito o, si no queremos emplear término tan sacralizado, hacia la parábola. Hay excursiones a la caverna, y una vuelta al mundo en búsqueda del trofeo que rendir ante una Penélope menos fiel que la originaria, y visitas al reducto de la soledad (un sanatorio cercano a la playa) y encerramiento del amante en la fortaleza de un edificio abandonado de apartamentos (¿habrá leído Vicent Cárcel de amor, de Diego de San Pedro?). Y hay, además, una realidad prosaica redimida por un rosario de historias, de mitos, de cuentos. Por eso la novela se abre con cierta frecuencia a la interpolación de mínimos relatos, llenos de sugerencias y con los cuales alcanza el autor los mejore aciertos de su obra.

Un conjunto, pues, de materiales que, en su variedad y originalidad, permiten levantar una historia singular. No acaba, sin embargo, todo ello de cuajar en una narración por completo satisfactoria. El problema principal de Son de mar radica en la técnica compositiva a la que aludía líneas arriba. Vicent no ha puesto el esfuerzo o el interés necesario para que una fábula (en el sentido de narración alegórica) se transforme en novela. Dicho coloquialmente: no ha trabajado lo suficiente el diseño del elemento central de su historia, los personajes. Los dos protagonistas, al igual que otras figuras complementarias, tienden al estereotipo, son el pretexto al que se añade un asunto y no poseen toda la hondura ni individualidad deseables. Lo mismo sucede, aunque menos marcado, con la propia anécdota: ésta tiene mucho de situaciones sueltas, algo reiterativas u ocasionales, de modo que el argumento se basa en la agregación de instantáneas.

Hace ya más de treinta años, cuando Vicent ganó por primera vez el Premio Alfaguara con Pascua ynaranjas (1967), declaraba en la autocrítica de la obra que: «Un buen escritor no lo es tanto por lo que dice como por su capacidad de sugerir». Creo que sigue pensando igual, pero la configuración novelesca de Son de mar viene, en buena medida, a traicionar esta poética suya, quizás por ese deseo de alcanzar gran difusión que tanto preocupa a nuestros autores de este momento, y de ello se resiente el resultado final. En esta fábula de amor y mar son más sus aciertos parciales que los generales. Lo más valioso de ella está en momentos aislados, felices en sí mismos, con independencia de su papel en la trama en las mencionadas historias intercaladas; en la poderosa imaginería sensorial, y en hallazgos expresivos, adjetivales o metafóricos, que nunca faltan en la prosa impresionista y creativa de Manuel Vicent.

01/08/1999

 
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