ARTÍCULO

Una novela universal

Ediciones B, Barcelona, 584 págs.
Trad. de Rhoda Henelde y Jacob Abecasis
 

He aquí una novela que suscitará el interés del lector desde las primeras páginas y cuya fascinación no remitirá hasta que la termine. Isaac Bashevis Singer la publicó por entregas en yidish en el periódico neoyorquino Der Forvets entre 1957 y 1958. Lo que cuenta en ella es el final de una raza o al menos su transformación definitiva a través de una inspirada batería de personajes, judíos desde luego, que sobrevivieron al genocidio nazi y ahora viven en Estados Unidos marcados por la escisión y la culpa. La escisión no puede ser más punzante: ahí les vemos, en Manhattan, asimilados o desplazados, ricos o pobres, negociantes o intelectuales, pero siempre con un pie perdido en el shtelt, la antigua comunidad judía rural agrupada en torno al mercado, la sinagoga y la imprescriptible ley de la Guemara. La culpa es todavía más próxima, la sal y el vinagre se derrama cada día por la herida abierta: estamos hablando de esa monstruosidad que para ellos no ha acabado de suceder. No hace ni un lustro que muchos, si no todos ellos –los Makaver, Grein, Luria, Margolin, Shrage– han perdido a sus padres, mujeres, hijos en un lodazal de sufrimiento insoportable mientras los nazis reían y el resto de los gentiles se encogían de hombros. ¿Cómo fue posible todo esto? ¿Por qué han tenido que sobrevivir ellos para heredar el zumbido enloquecedor de una saña inexplicable que se cebaba en unos cuerpos indefensos y aturdidos, en las cabezas de unos niños aplastadas como los de unos pobres cachorros? Sí, y además ahora Truman anuncia planes de ayuda para esos demonios alemanes cuya cultura y nombre deberían ser borrados para siempre. Ahora, no sólo han aniquilado el mundo judío fértil y vibrante asentado durante generaciones en Centroeuropa; ahora, por si fuera poco, los buenos judíos pierden a marchas forzadas el asidero racial (religioso) de la existencia. Si les muerde la lacerante pregunta de dónde estaba Yahve cuando los sibbuck arios asesinaban a sus hijos en los campos, tal vez después de oír una cantata de Bach, además están viendo cómo la decadente moral americana madura en los hijos nacidos en un suelo que jamás será la Tierra Prometida, cómo ellos mismos se enredan en esa maraña de trabajo sin Dios, de agitación sin horizonte ni consuelo.

¿Qué tienen que ver conmigo estos asuntos de judíos contados por Bashevis Singer en una lengua casi extinguida?, se preguntará usted. Pues más de lo que parece. La antigua magia de la novela vuelve de nuevo de la mano de este judío de Brooklyn para tocarnos la cara con su caricia a la vez gélida y tibia: sí, también habla de nosotros, del mismo modo que el Ivan Ilich de Tolstoi se parece mucho a alguien que conocemos, incluso a veces nos recuerda algo que nosotros llevamos dentro; de la misma manera que la voz de Pipp resuena en nuestro pecho dickensiano. Porque esta novela se aferra a lo concreto para revelar lo general, lo que todos los hombres, judíos y gentiles, tienen en común, sobre todo después de Auschwitz. Boris Makaver, polaco favorecido por los negocios, abandonó a tiempo aquel floreciente Berlín con su hija Anna. Tras pasar por Casablanca y Cuba, llegó a Nueva York donde no tuvo dificultad en rodearse de prestigio y crear en torno a su religiosa persona un corro de supervivientes judíos. Anna se había casado en segundas nupcias con Stanislaw Luria, quien había perdido a su mujer e hijos en la fosa común. La novela comienza una noche de diciembre en casa de Makaver. A muchos de los que le acompañan en esa velada, el patio interior del edificio les recuerda Varsovia, con los copos de nieve cayendo y la luz lechosa cubriendo el cuadrado de cielo. Entre los invitados están el escéptico y elegante doctor Margolin, el antiguo profesor de Talmud y ahora asesor de inversiones Hertz Grein, el filósofo Halperin, el atormentado e inútil Luria, que vive de su suegro, y con el cual Anna no es feliz, así como el profesor Shrage. El resultado de esta velada marcará el futuro de todos esos personajes: Grein, un hombre casado y con dos hijos, se fugará esa noche con Anna para vivir una destructiva pasión, parecida a la que lleva manteniendo con la neurótica Esther; Makaver recibirá el hecho como un oprobio contra la moral y la religión; Luria caerá en el definitivo ocaso iniciado con el terrible asesinato de su familia.

Singer explota el planteamiento dramático con gran finura y un sorprendente despliegue de medios narrativos. Las dudas de Grein, la dualidad de su conciencia culpable y su frenética búsqueda de aventura, de placer; la fuerza de la pasión amorosa de Anna Makaver y su recuerdo infantil de ese hombre que fue su maestro en Varsovia; el egoísmo de Esther, la dependencia de su veleidoso amante; la perplejidad de Makaver, modelo, como su gran amigo de la infancia Margolin, de una integración emocional al mundo americano sin abandonar los signos de la ancestral identidad: la lectura de los textos sagrados, el tacto de las filacterias en las manos y el birrete en la coronilla. Todo eso está contado de una manera convincente y profunda que ya resulta difícil encontrar en la novela de hoy. Singer no necesita la ayuda técnica de Faulkner, Proust o Joyce para dotar de densidad y modernidad a un relato clásico cuyo realismo, naturalismo si se quiere, está en la forma multidireccional de su estructura, pero no en su alcance y verdadero contenido. El autor yidish, que recibió el premio Nobel en 1978, retrata la sencilla complejidad de América con unos cuantos brochazos. La breve estancia de la pareja de amantes en Miami contrasta con el intento de huida de Grein y Esther en una granja de Maine. De la locura de Hollywood, que Singer compara con el estalinismo, sabremos gracias a la feliz introducción del actor Yasha Kotik, primer esposo de Anna Makaver, un vividor que carece del sentido de trascendencia de otros personajes. En el fondo, el autor de Sombras sobre elHudson nos viene a decir que la sopa de los gentiles es donde los judíos absorben la sustancia que les permite seguir siendo lo que son, aunque cada vez menos. Su homogeneidad se ha pervertido, pero ¿es que acaso ellos son mejores que el resto del mundo? Singer es tierno y a la par duro con los suyos. Es un judío hasta la médula porque, como Grein, un personaje fascinante, universal, se atreve a preguntarse la monstruosidad de si a la postre Hitler no estaría equivocado. La culpa, o la vergüenza racial en este caso, va dando tumbos del extremismo sionista al auto-odio. ¿Cuáles son las opciones que le quedan al judío en esos momentos de aturdimiento cósmico? Integrarse en un mundo que –los personajes de Singer lo repiten hasta la saciedad, es como esa campanilla de la que hablaba Nabokov-ha dejado morir a seis millones de los suyos y que ahora, en este mismo instante, tolera que Stalin haga lo propio con unos cuantos millones más, o refugiarse en una identidad mítica, mesiánica, una identidad casi inasible que ni siquiera se encuentra en el shtelt, sólo quizá en los caracteres inciertos de la Tora y se disuelve en las barbas, los largos tirabuzones y la intolerancia más férrea. Grein escoge lo segundo y su reencuentro con la identidad de sus antepasados será el germen de una nacionalidad beata, imposible.

No busquemos respuestas en las grandes novelas. Eso sí, incógnitas, hipótesis, ideas, emociones, aquí las hay para todos los paladares. Y una buena historia con sus meandros siempre precisos, sus reflexiones filosóficas, sus dilemas existenciales, su aguda sensibilidad para transmitir el amor y el fracaso, la experiencia de la vida y la turbulencia muda del más allá. Traducida al castellano con rigor inspirado, Sombras sobre el Hudson es quizá el canto de cisne de la diáspora. No encontraremos una obra que aborde con tal lucidez y amenidad el declive, ya iniciado según algunos historiadores antes del Holocausto, del judaísmo errante europeo, el final de su increíble vigor. Manhattan, la isla que encierra el río Hudson, acoge lo que queda de sus sombras en esas calles a las que apenas llegan los rayos del sol y en las que brillan los diamantes. ¿Una novela judía? Sí, pero igual que Ulises de Joyce es irlandesa, Ana Karenina rusa o El gatopardo siciliana. Es decir, una novela universal.

01/02/2001

 
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