ARTÍCULO

Una voz

 

Son pocas las memorias en que surge la Guerra Civil que hayan sabido conjugar elementos que llamen tan poderosamente la atención como Doble esplendor, cuyo subtítulo es Autobiografía de una mujer española. Con ello su autora quizás diese a entender que, siendo hija de familia adinerada, descendiente de don Antonio Maura, una de las primeras mujeres divorciadas en España, casada en segundas nupcias con quien llegó a ser el jefe de las Fuerzas Aéreas de la República, Ignacio Hidalgo de Cisneros, e infatigable propagandista de la causa republicana, se había limitado a hacer lo que habría hecho también cualquier otra española.
Tal autobiografía, escrita en inglés, se tradujo rápidamente y pronto circuló por entre los exiliados de la Guerra Civil. Con el paso de los años no perdió su tono mitad intimista, mitad heroico. Al menos así la recuerdo de cuando la leí por primera vez, hace ya muchos años, en Praga, en una edición barata cubana. Constancia no volvió a escribir. Puede que ello intensificara el halo de sus recuerdos. Era como si hubiese salido repentinamente de la nada literaria y regresado de nuevo a la misma.
Hasta el momento no se había acometido la doble tarea de someter a análisis crítico la trayectoria vital de Constancia de la Mora ni las circunstancias en que se generó su única gran obra. Es tal tarea la que aborda, brillantemente, Soledad Fox, profesora del Williams College, en este librito de poco más de doscientas páginas en que la autora asume dos papeles: el de biógrafa y el de analista literaria. En el primero engrana en su contexto histórico los hitos sucesivos del desarrollo intelectual, emocional, profesional y, en último término, político de su biografiada. Lo hace basándose, naturalmente, en las memorias, pero conectándolas con la evolución del entorno en que creció y se hizo mujer. Un entorno que en las clases altas y medio altas, apegadas a las tradiciones, relegaban a la mujer a papeles que no cuestionaran la división del trabajo y de la actividad entre los sexos, como si hubiera estado decretado por Dios. Como a tantos españoles de su tiempo, a Constancia le atrajo la postura comunista de defensa a ultranza de la República. Para ingresar en el Partido Comunista de España no necesitó leer las obras de Marx, Lenin o Stalin. Le bastó con ver la depauperación del Estado republicano que sólo podía combatirse con disciplina y una inyección de hierro. Como ésta la aireaba un partido que se oponía a los desmanes de la utopía revolucionaria, se topó con él de bruces, más o menos en paralelo a su propio esposo, a pesar de que hasta entonces ambos habían gravitado en torno al PSOE y, sobre todo, en torno a Indalecio Prieto.
Su conocimiento de idiomas la cualificó para ocuparse de temas de censura y de velar por los corresponsales extranjeros. Los recuerdos que dejó no son homogéneos. Próxima a Negrín, al final de la guerra pasó a Estados Unidos. Silenciando su adscripción ideológica, entró en rápido contacto con los variopintos círculos de la izquierda norteamericana que se habían entregado con fervor a una gran batalla propagandística en contra del embargo de armas aplicado por Washington, y a favor de la República. En el verano de 1939 escribió su autobiografía como dispositivo a fin de conseguir apoyos financieros e institucionales para quienes huían de la España de la Victoria.
Es, precisamente, en el estudio de la génesis de Doble esplendor donde radica la aportación más descollante de la autora de este libro en su segundo papel. Llama, desde luego, la atención que una española, aunque hablase buen inglés, pudiera escribir con tal rapidez una obra repleta de expresiones puramente norteamericanas y de fuerte calado simbólico. Fox ha rastreado las diversas pistas y ha llegado a la conclusión de que en gran medida la autoría de Doble esplendor corresponde a una novelista de izquierdas, que ya se había hecho un nombre en Estados Unidos, Ruth McKenney. Ésta actuó como «negro» al servicio de una causa más amplia: la de la República Española.
No es el propósito del libro desacreditar la memoria de Constancia de la Mora, sino examinar qué papel específico desempeñó su autobiografía en tan vasta empresa. Ello le permitió codearse durante un tiempo con la crème de la crème de la inteligencia norteamericana de izquierdas y entrevistarse con Eleanor Roosevelt. Siempre ocultó cuidadosamente su afiliación comunista. Al final, salió tarifando.
En la última parte se expone la vida de Constancia en el exilio mexicano. Se indispuso con alguno de sus compañeros de partido, por no decir que uno de ellos, Vicente Uribe, se indispuso con ella. Constancia pereció, víctima de un absurdo accidente de automóvil, en Guatemala, a finales de enero de 1950. Fue enterrada envuelta en las banderas de la República y del Partido Comunista.

Fox ha rendido un sentido homenaje a una mujer excepcional y pintado un cuadro de la fiebre anticomunista norteamericana entre la Guerra Civil y la segunda contienda mundial. El perfil de Constancia ha quedado difuminado en la historia. El libro de Soledad Fox lo recupera con gran empatía. Sería conveniente, en estos tiempos en que tanto se vuelven las miradas a una historia hurtada y al papel en ella de las mujeres, que se tradujese rápidamente al castellano.

01/08/2008

 
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