ARTÍCULO

Sobre la tendencia de lo moderno

Akal, Madrid 1996
Trad. de Berta Raposo
168 págs.
 

La publicación del ensayo de Friedrich Schlegel Sobre el estudio de la poesía griega en una colección llamada «Clásicos del pensamiento» nos advierte ya sobre las dimensiones de la obra. Publicada el año 1797 y escrita cuando el autor tenía veintidós años, la obra es una aportación a la disputa que se produjo a lo largo del siglo XVII en torno a la cuestión de los clásicos y los modernos: un debate literario que constituye un momento clave y fundamental en la formación de la conciencia moderna. Esta obra, además, se sitúa en una rica e importante tradición dentro de la cultura alemana que parte de una apasionante dedicación al mundo antiguo para hacer un salto más allá de la filología a secas. Un salto que conduce a la reflexión filosófica sobre la Modernidad y, en alguna ocasión, incluso a la metafísica. Este es el caso –tal vez el más conocido de esta peculiar tradición-de Nietzsche y su famosa obra sobre el origen de la tragedia, que fue tan ferozmente criticada por los filólogos de su tiempo.

Quien al leer o consultar alguna obra de esta tradición quiera informarse sobre la Antigüedad topará con no pocas dificultades y, probablemente, saldrá decepcionado de la empresa. Pues en ellas, como decía, de lo que se habla es, principalmente, de otra cosa. De una cosa que está surgiendo en la conciencia de la época y que busca su articulación. Como muy bien formuló Novalis, amigo de Schlegel y compañero de discusiones no exentas de tensión, la Antigüedad clásica nunca existió, sino que más bien se crea en la actualidad. Una afirmación, la de Novalis, básica y casi obvia que conviene, sin embargo, no olvidar: cuando se intenta entender una cosa siempre, y al mismo tiempo, nos entendemos a nosotros mismos. La Antigüedad, pues, es un espacio de reflexión, un punto de referencia, un modelo y un espejo en el que poder reflejar las novedades y las ausencias del propio tiempo. La Antigüedad clásica surge y se construye a partir del momento en que se empieza a hablar de ella y eso sucede cuando definitivamente se instala en Europa la conciencia de un corte histórico, la conciencia de que alguna cosa ha quedado irremisiblemente atrás, perdida. Desde esta conciencia de pérdida se construye la Antigüedad, como una época dominada por la unidad, una época caracterizada por la posibilidad de una formación natural, es decir, una formación de la naturaleza humana en su totalidad. Formación que quedaba reflejada en la belleza de sus obras, que a su vez constituían el mundo espiritual en el que era posible habitar sintiéndolo como algo propio y natural. Schlegel llamaba a esta belleza que es manifestación de un mundo sin pérdida ni escisión «poesía objetiva». Lo moderno, en cambio, como es propio del pensar experimental y ensayístico de Schlegel, recibe nombres diversos y en ocasiones llamativos como lo interesante, lo subjetivo, lo artificioso o característico. Pero Schlegel no sólo pretende contraponer dos épocas o alentar la simple imitación de lo clásico, sino pensar, siguiendo su idea de perfectibilidad, la fusión de lo clásico y lo moderno, ya que lo moderno no sólo es un desierto estético y político que sea necesario superar. Es el tiempo de la reflexión y la artificiosidad, pero también, a la vez, tiempo de autonomía y libertad. Por tanto, de nostalgia y de alegría. Tanto la determinación de lo que es, como los sentimientos que suscita lo moderno o lo romántico son ambiguos y complejos, de ahí también la tortuosidad de la tentativa de Schlegel a la hora de iluminar los entresijos de sus manifestaciones.

El lector deberá enfrentarse a un texto sugerente pero complejo que, sin embargo, gracias a la traducción de Berta Raposo, podrá leer de una forma fluida. Cabe destacar también la acertada decisión de presentar este denso texto acompañado de un estudio introductorio que ayuda a superar dos dificultades: primero, situar la obra en el entramado del intenso debate que se producía en la época de su publicación y, segundo, hablar de una época en la que todavía estamos, es decir, distanciarse de aquello con respecto a lo cual no hay distancia posible. Y no sólo no hay distancia sino que al buscar la verdad de esta época descubrimos que su verdad reside precisamente en la falta de una verdad única. Lo que da unidad a la época es la completa disgregación en infinitos individuos interesantes y característicos que buscan, con todos los medios disponibles al alcance de la originalidad, un momento de belleza que ordene el mundo y permita orientarse en él. Esta es la herida de la época. La tendencia o el anhelo de lo moderno queda reflejado en esa imagen de Shakespeare que «escarba como con un cuchillo anatómico en la asquerosa descomposición de los cadáveres morales» (pág. 80), con la que Schlegel describe la desesperada búsqueda de lo bello ya irremisiblemente mezclado e inseperable de lo feo. Imagen muy cercana a los crueles poemas de Benn y a la terrible frase de Kafka que en una carta a Milena describe su amor como el cuchillo con el que él escarba en su propia herida.

01/09/1997

 
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