ARTÍCULO

Cuando menos... divertida

Editorial Crítica, Colección Libros de Historia, Barcelona, 1998
Traducción de Jordi Beltrán y Josefina Ruiz
 

La traducción del último libro de Eric Hobsbawm al castellano no podía ser menos que bienvenida. Sobre la Historia viene tanto a subrayar la importancia de la labor social que debe cumplir todo historiador como a advertir contra los abusos más comunes que ésta padece. Es este un conjunto misceláneo de reflexiones historiográficas que ponen en primer plano las inquietudes profesionales y humanas de un octogenario, aunque lúcido y fértil, historiador británico perteneciente a la escuela marxista. No sorprenderá a nadie, pues, que el autor se plantee si Marx tiene aún algo que aportar a los duelos en los que se siguen batiendo los historiadores y otros científicos sociales. Hobsbawm contesta con una rotunda afirmación a esa pregunta, en principio no retórica: el marxismo, siguiendo su planteamiento, habría nacido para ser la punta de lanza de la reacción anti-rankeana en el siglo pasado y para luchar por la erradicación de los excesos del positivismo. Sin embargo, eso no explicaría su actual predicamento. Por ello, el autor encuentra la principal causa de la permanencia de análisis de inspiración marxista a finales de nuestro siglo en su alta aplicabilidad en todas las ciencias sociales. De ese modo, actuaría como agente transformador de los presupuestos epistemológicos y de los contenidos heurísticos que las sustentan.

En las páginas de este libro se abordan temas tan diversos como la relación entre historiadores y economistas, la singular historia europea y las características de los estudios históricos en clave posmoderna. Desgraciadamente, no siempre la claridad expositiva y la brillantez de los escritos se ven acompañadas de la unidad temática necesaria.

La naturaleza del tiempo histórico, así como la percepción social del mismo, constituye un hilo conductor que enlaza varios de los artículos que componen el libro. Pasado, presente y futuro se encarnan en las distintas generaciones que componen cada comunidad humana. Mediante la interacción con nuestros mayores entramos en el mundo de la costumbre, de lo atávico, de aquello cuyos concretos perfiles temporales pasan a ser menos importantes que la existencia de su recuerdo. Ese tiempo pasado, y mejor a decir de los que recuerdan, sigue teniendo un enorme peso específico en nuestras sociedades contemporáneas. A su vez, el autor declara que todo hecho pasado, tanto la victoria del partido laborista en el Reino Unido en mayo de 1997 como la revolución neolítica, es objeto de estudio para el historiador.

Como portavoz y uno de los más veteranos miembros de la escuela historiográfica marxista, Hobsbawm dedica un capítulo a esclarecer el tipo de relaciones que estableció ésta con la mítica escuela francesa de los Annales. Recuerda y afirma que la recepción de las enseñanzas de dicha corriente tuvo lugar en Cambridge hacia los años treinta, pese a que Inmanuel Wallerstein considera que su influencia efectiva comenzó sólo tras la Segunda Guerra MundialI. Wallerstein, Unthinking Social Sciencies.The Limits of Nineteenth-Century Paradigms, . Los estudios en historia social y en historia económica fueron los más afectados por el influjo de Annales en la historiografía inglesa. Especialmente afectados por él, como se reflejaría más tarde en los primeros números de Past and Present, se mostraron gran parte de los estudios centrados en los siglos XVI y XVII . De este modo, los productos típicos de la experiencia fueron los trabajos de Peter Burke, Rodney Hilton y el propio Hobsbawm. Siguiendo los recuerdos de éste, el papel reservado a Fernand Braudel habría sido el de puente sobre el Canal de la Mancha...

El desarrollo de la llamada historiadesde abajo, al que el autor tanto ha colaborado, recibe en el libro tratamiento detallado. Hobsbawm ofrece en este capítulo («Sobre la historia desde abajo», págs. 205-220) una valoración positiva de la práctica de este tipo de estudios. Para la creación o recreación de sistemas coherentes y consistentes de conducta y/o de creencias, el autor recomienda no sólo el disponer de una información suficiente, un amplio conocimiento de las fuentes e imaginación, sino, y sobre todo, el ignorar las respuestas a los problemas planteados en un gabinete. Posiblemente sea esta última la gran aportación que George Rudé hizo a la creación de esta exitosa corriente historiográfica, cuando, en los años cincuenta comenzó a preguntarse acerca de las condiciones vitales y culturales de la multitud.

El compromiso con la tradición racionalista y de progreso, nacida supuestamente de la Ilustración, llega al final de la obra. En «La barbarie: guía del usuario» (págs. 253-266), Hobsbawm se adentra en el pantanoso territorio de las generalizaciones. La ruptura de las éticas colectivas tradicionales junto a los avances del descreimiento y del relativismo moral que se producen en Europa desde hace ciento cincuenta años ponen en peligro esa herencia ilustrada. Las diversas catástrofes bélicas que jalonan la reciente historia del «mundo civilizado» aún constituyen el origen de las violaciones de los derechos humanos en muchos países de nuestro entorno. Tras los campos de concentración y las explosiones atómicas, ¿quién se puede extrañar de que las torturas y el recurso a procedimientos extralegales, por parte de algunos cuerpos militares y de seguridad, sea desgraciadamente común todavía hoy? Chiapas, Argelia, Tíbet y otros ejemplo sorprendentemente más cercanos... confirman los temores del historiador británico. Sin embargo, cabría preguntarse si la recuperación de la lógica ilustrada, de la fe en la razón y en el progreso que caracterizan a ésta, será capaz de frenar lo que llamamos «barbarie». Quizá estemos presenciando el colapso final de ese estado existencial de nuestra civilización. El más audaz de los visionarios podría arriesgarse a decir que al hombre sólo le queda degenerar aún más deprisa. Hobsbawm, por su parte, hace una llamada al respeto del marco desgastado, pero aún insuperable, de convivencia pacífica dentro de los límites marcados por los derechos humanos. Ante este panorama, consuela saber que, respecto a la historia, al menos la diversión está asegurada.

01/09/1998

 
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