ARTÍCULO

Sobre el pueblo más inteligente de la tierra

Urano, Barcelona, 248 págs.
Trad. de Carlos Manzano Frutos
 

El título del último libro de Revel no debe confundirnos. El argumento es América, la visión de América. Pero el tema de su discurso es Francia. Su excusa metodológica suena irónica: «Tomo a Francia como ejemplo tantas veces –escribe–, porque es, a mi juicio, el laboratorio privilegiado en el que confluyen en grado máximo y más marcado ideas sobre los Estados Unidos que en forma menos polémica y más atenuada están extendidas prácticamente por toda Europa». Bien está. Hay muy pocos intelectuales capaces de hablar de su país como Revel habla de Francia. Desde luego, en América, muy pocos. Pero también hay muy pocos en Europa. Y en Francia. Y en España. Pienso en España. ¿Quién habla así de España, con tal libertad e intransigencia? ¿Quién se atrevería en España a hablar de la izquierda y de la derecha en los términos en que lo hace el viejo francés? Es verdad que hay nacionalistas que hablan de España con la suma libertad que otorga el desprecio; pero sólo es para, acto seguido, rendir vasallaje a Cataluña o el País Vasco. De España, de su clase dirigente, de su cultura, no habla aquí la razón, sino las idolatrías cruzadas. El impresionante bloqueo intelectual español también tiene que ver con esto. Étiemble, en su prólogo a las extraordinarias memorias de Jules Benda, habla de Revel. Benda y Revel tienen algo que ver. La soledad intelectual, por ejemplo. Esta frase de las memorias de Benda, exactamente: «C'est la rançon d'une éducation rationaliste de nous rendre étrangère à peu près toute l'espèce humaine» «El precio de una educación racionalista es que casi toda la especie humana se le vuelva a uno extraña» (Traducción: Xavier Pericay)..

Étiemble escribe en este prólogo que Francia necesita emmerdeurs. Añora a Benda. Y entre sus contemporáneos sólo se acuerda de Revel, superviviente de nouvelles (vague, roman, critique),emmerdeur en chef del periodismo y la vida intelectual de Francia durante las últimas décadas.

La obsesión antiamericana es la obsesión de Francia. Y es la claudicación intelectual de Francia lo que realmente este libro analiza con ferocidad. Una claudicación consistente, sobre todo, en la negación de los hechos y su sustitución por cualquiera de las nouvelles. En este sentido, y por lo que respecta al concreto punto del antiamericanismo, bastará con reproducir lo que escribió el legendario fundador de Le Monde, Hubert Beuve-Méry, justo un mes antes del día D, cuando cerca de doscientos cincuenta mil americanos empezaron a morir en Europa. Dijo Beuve-Méry: «Los americanos son un peligro verdadero para Francia, un peligro que es bastante diferente al que representan las amenazas de la Alemania nazi o al peligro con que los rusos podrían amenazarnos. Los americanos podrían impedirnos comenzar una revolución tan necesaria. Y ni siquiera su materialismo tiene el trágico esplendor del materialismo de los regímenes totalitarios».

Revel escribe, pensando en el fundador de Le Monde y en muchos otros, que lo peor no es que los franceses estén tan desinformados sobre América, sino que pretendan seguir estándolo. Es decir, su problema no es tanto que les falten datos sobre el protocolo de Kioto, la fiscalidad en la era Reagan, los escudos antimisiles, la violencia, la extinción cultural, la desintegración familiar o cualquiera de los miles de ítems en que se vuelca la crítica antiamericana en el mundo y que este libro repasa; el problema es que no se molestan en obtener los datos. Hay algunas hipótesis que pudieran explicar este desinterés. Y todas se vinculan con el orgullo herido de la capital que dejó de ser la capital del mundo al mismo tiempo (o a causa de) que los americanos la liberaban de los nazis. El orgullo herido es una vieja causa. Y como todas ellas, perladas por el tiempo, noble. Pero Revel va más allá. En un momento, casi de exasperación, se fija en el éxito del libro del tal Thierry Meyssan, que ha vendido en Francia alrededor de un millón de ejemplares. En ese libro, traducido en España con el título de La gran impostura –y bien vendido, asimismo–, se afirma que nunca existió el avión que se estrelló contra el Pentágono. Se afirma eso y mucho más, todo (des)centrado en los sucesos del 11 de septiembre. Un libro tan sumamente desvergonzado –ni siquiera se preocupa de describir cómo murieron los pasajeros del avión inexistente–, que yo he llegado a pensar si, en realidad, no era una broma pesada, de una inteligente y effroyable imposture al estilo de la de Sokal, escrito para demostrar con qué impunidad intelectual, y a qué bajo precio, uno puede hacerse multimillonario con un libro. A la vista de lo de Meyssan, Revel, el empírico, el que apoya todas y cada una de las afirmaciones clave de su libro en pies de página muy firmes, ironiza sobre la inteligencia francesa: «Esto es lo que ocurrió en Francia frente a las elucubraciones del señor Meyssan. No sólo nuestros medios de comunicación audiovisuales se transformaron con gusto en cajas de resonancia de sus chifladuras, sino que, además, su libro fue un inmediato y gigantesco éxito de ventas. Esa multitudinaria carrera hacia el absurdo resulta muy reveladora de la credulidad de los franceses e inspira perplejidades dolorosas sobre el nivel intelectual del pueblo "más inteligente de la Tierra"». Más al fondo no podía llegar su puñalada.

Como se entiende con rapidez, la claudicación de Francia va, según Revel, mucho más allá del antiamericanismo. Se asienta en algo que John Weightman, catedrático de francés en la Universidad de Londres, escribió en 1989, en un artículo titulado On not Understanding Michel Foucault. Saco la cita de Steven Weinberg, de su libro Plantar cara : «Weightman, un francófilo veterano lamentaba la sustitución de la antigua tradición de claridad en la escritura francesa –"Ce qui n'est pas clair n'est pas français"– por una que era deliberadamente arcana –"C'est qui n'est pas un peu obscur n'est plus vraiment parisien"–. Es la oscuridad parisiense, la de Derrida, Lacan, Kristeva y compañía, la que ha inundado de superstición la cultura francesa. Entre las supersticiones, ésta del antiamericanismo. Es una lástima que Revel no retuerza aquí su razonamiento. Porque la penetración infamante del discurso parisién –constructivista, deconstructivista, posmo al fin– en los departamentos de ciencias sociales de las universidades americanas es un motivo muy honorable –éste sí– para combatir a América.

Por lo demás, La obsesión antiamericana tiene poca discusión. Los ejemplos, hábilmente seleccionados por el autor y documentados de forma que suele ser contundente, más que hablar por sí solos, gritan. Además, la competencia facilita las cosas. Paralelamente al de Revel se ha publicado en España, por ejemplo, un libro del periodista canadiense Peter Scowen, titulado con originalidad El libro negro de América. El mayor problema de este libro –mero catálogo del prêt-àporter del antiamericanismo– no es que haya sido escrito en tres meses, como explica su autor, dándose más mérito que quitándoselo, sino que parece pensado en no más de tres horas. Especialmente instructivo es su arranque. Scowen tiene una hermana que estaba en una de las torres gemelas el día de los atentados. Su hermano nos explica que nada más llegar al trabajo aquella mañana «ella recordó haber sentido un inexplicable deseo de ponerse en contacto con sus amigos lejanos por correo electrónico». Luego añade que una vez hubo estallado el primer avión en una torre distinta a la que estaba («supo al momento que algo terrible había ocurrido») su hermana tomó una decisión: «Por razones que siguen siendo en gran parte un misterio para ellos, Amy y sus compañeros decidieron abandonar inmediatamente su edificio, todavía intacto». Respecto a cuestiones epistemológicas, banales o no, ya se ve que Scowen es un firme partidario del presagio, del misterio (¡del misterio inextricable que supone la decisión de huir de una torre cuando uno ve que estalla su gemela!), aunque no aluda al principal, que es el misterio de ser capaz de escribir párrafos como éste. Otro de los libros de la temporada lo ha escrito el periodista norteamericano Mark Hertsgaard. La sombra del águila. Tiene más dignidad que el de Scowen e, incluso, un capítulo apreciable sobre los medios de comunicación americanos. No le falta candidez, sin embargo. Aunque la candidez sea, a veces, muy significativa. Nada más comenzar, Hertsgaard pide perdón: «Yo, personalmente, creo que nuestro país es suficientemente fuerte como para sacar provecho de una consideración detenida tanto de sus virtudes como de sus vicios. Para quien, a pesar de todo, insista en acusarme de despotricar contra Estados Unidos, permítaseme responder rotundamente, aunque sólo sea para desbaratar una calumnia que, si no lo hago, podría ser utilizada para descalificar este libro: no odio a América. Amo a América».

Nadie puede imaginar a Revel haciendo una proclamación semejante en las primeras páginas de su libro. Desde luego, la inteligencia suele ir asociada a un cierto sentido del ridículo, intelectual al menos. Pero al margen de esto, sobresale una evidencia: las dulzonas confesiones de Hertsgaard son la exhibición inesperada de un problema más vasto. Revel, zorro viejo, se pasa medio libro asegurando que «los Estados Unidos merecen ser criticados en muchas cosas», sin que en ningún momento aclare cuáles son esas cosas. La principal, entre ellas, fuente y caudal, está en la ridícula imploración de Hertsgaard, en el orgullo herido de Francia y en la más valiosa de las inmunizaciones de Revel. Y es el nacionalismo, por si hiciera falta señalar.

01/11/2003

 
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