ARTÍCULO

Sobre cierta vida moderna

Plaza Janés, Barcelona, 1997
272 págs.
 

La novela es un género en el que la presunta perfección de una obra no lleva inexcusablemente parejo un gran valor y al revés. Bastaría pensar en el Quijote, con su dubitante trazado y con las reservas que el propio Cervantes advirtió y justificó. Hay novelas que despiertan reparos artísticos, pero logran gran eficacia; y otras, si no fortuna completa, sí revelan un generalizado acierto y un sólido interés. Esta es mi impresión de Amor, curiosidad, prozac y dudas, el libro que da a conocer a Lucía Etxebarría. Se halla en él una actitud de conflictiva observación del mundo, un enfrentamiento descarnado con la existencia y hasta una tesis. Aunque pudiera parecerlo, no es recreación mimética de unas experiencias características de nuestros días, y va bastante más allá de ese propósito documental, que no le resulta ajeno, por otra parte, a la autora. Y hay también una voluntad de estilo no siempre conseguida, pero patente y meritoria. De ello se obtiene un resultado muy positivo. Parte Etxebarría de lo que la fórmula acuñada llama rabiosa actualidad. Pequeños hechos, datos o nombres del día nos sitúan en una hora presente desde la que las tres hermanas narradoras se remontan a un pasado próximo e impreciso de unos veinte años. Ese es el período en el que ha discurrido su adolescencia y primera madurez y cuyos resultados se afrontan en un presente desdichado. El trío de protagonistas representan trayectorias vitales y caracteres contrapuestos dentro de las opciones disponibles a los vástagos de la mesocracia: Cristina ha optado por la conducta de mujer libre, en todos los sentidos, y trabaja de camarera en un bar; Ana, ejemplo de la frialdad abocada al triunfo profesional, ejerce de ejecutiva; Rosa se acerca al modelo luisiano de la perfecta casada.

Sería esperable que recorridos particulares tan distintos desembocaran en resultados diferentes, pero no ocurre así. La novela consta de tantos capítulos como letras del abecedario y cada una de ellas les sirve de encabezamiento, acompañadas de una mínima leyenda. Un muestreo al azar de estos epígrafes da idea del sentido del mundo sintetizado por la novela y que afecta por igual a las tres mujeres: d de deseo y destierro, f de frustrada, h de hastío, l de lágrimas, ll de llanto y llaga, m de melancolía y mustia, n de neurótica, r de rota, rencor y rendida... No merece la pena prolongar la enumeración porque todo el alfabeto sugiere voces concordantes en su valor negativo. Bajo ellas se alojan datos de una realidad desesperanzada. Cristina, el personaje mejor trazado del relato, el más hondo y desgarrado, y en cierta medida el que monopoliza la anécdota, muestra una sexualidad compulsiva a la postre poco gratificante y de elevado precio. Ana descubre la frustración producida por una meta equivocada. Rosa encarna la insatisfacción de una vida sin alicientes y el fracaso de buscar compensaciones por la vía del escapismo. En suma, un triple desastre.

Este fuerte existencialismo es producto de las peripecias de las narradoras, pero también de un primer enfrentamiento con el mundo y sus sinsentidos atribuible a la autora. Por lo cual el relato tiene algo de ejemplificación de unas posturas mediante casos modélicos que transitan los caminos que conducen al desvelamiento de Eros y al descubrimiento de Tanatos. Esta pulsión entre amor y muerte es la espina dorsal de la novela, que no se ahoga en la pasividad de un destino que parece insoslayable. Al revés, Etxebarría hace una apuesta de vitalismo juvenil: el mayor bien de la vida es la vida misma, viene a decir. Esta postura valdría como criterio universal, pero ya que el orbe novelesco tiene un acusado perfil femenino, le añade una apostilla militante: frente a la Eva cristiana, el futuro debe estar en la Lilith hebraica. Esta última afirmación, con la que se cierra la novela, y que, por más señas, lo hace con un punto y aparte, contiene una tesis quizás afortunada desde un punto de vista social, pero negativa en una perspectiva literaria porque añade una moralina que no hace falta. Aparte de que limita el alcance del libro, porque en él hay mucho más que una lucha de los sexos: reduce a un condicionamiento histórico –la Eva de ayer frente a la Lilith de mañana– la aguda mirada de la autora acerca de la condición humana.

Esta limitación no es la única. En el estilo se encuentra algún despiste léxico o reiteración y se conjuga mal el indefinido de desandar. Hay una tendencia a la verbosidad mal controlada que produce bastante palabrería innecesaria. Los capítulos tienen un fundamento muy apegado al costumbrismo descriptivo. Y hay una decisión técnica muy poco afortunada: la de hacer hablar en primera persona a las tres mujeres alternando sus intervenciones. Este planteamiento se hace monótono y mecánico y ello rebaja la intensidad de lo que se cuenta. Además, las tres, a pesar de sus grandes diferencias, hablan casi igual. Y, en fin, tiene algo de recurso gratuito porque alguna razón tendría que darse, pero no se encuentra, para que cada una contara sus tribulaciones por sí misma.

Estos despistes, achacables a la condición primeriza de la escritora, se compensan con buenas dosis de aciertos. Esa historia tan desgarrada se alivia con esporádico y excelente humor tanto verbal como de situaciones y adquiere plasticidad gracias a algunos diálogos ágiles, desenfadados y llenos de equívocos. Además, una retranca de ácida ironía recorre todo el relato. También ha de aplaudirse la prudente y eficaz tendencia al empleo de comparaciones e imágenes. Y asimismo debe resaltarse la incrustación esporádica de ideas y opiniones que dan enjundia al ir y venir de los personajes. La forma desinhibida de narrar, el empleo de un léxico directo y la ausencia de tabúes verbales (al follar se le llama follar), la abundancia de droga, las referencias a la música hardcore, las relaciones homosexuales, la minuciosidad fisiologista del sexo constituyen un escenario común a cierta narrativa última y forman parte de un modo natural de referir la realidad, que no suena a impostado, aunque no sea privativo de Etxebarría, pues ya constituye rasgo destacado de toda una oleada de nuevos narradores.

Con los mimbres de que dispone Etxebarría se puede hacer una obra muy atractiva, y la hace. Destaca en ella, junto a limitaciones, una pasión y una frescura de la que suelen surgir los buenos narradores. Y, sobre todo, sabe remontar la historia contada, en el fondo la de unas chicas soñadoras sorprendidas por la vida, hasta las fronteras de la tragedia.

01/06/1997

 
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