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La película Salvar al soldado Ryan está distribuida por U.I.P. 50 Diciembre, 1998.
 

Le es tan abrumadoramente favorable la opinión que poco lugar queda para el debate. Porque Salvar al soldado Ryan es una película excelente, si bien con esa excelencia a que nos tiene acostumbrados Spielberg que parece construirse de fuera adentro, tal ese tendero que saca brillo a su fruta preocupándose de que tenga apariencia lozana, como si las cualidades del epitelio se correspondieran siempre con la vitalidad que hay bajo la piel. Y ciertamente que suele ser así, porque ya se sabe que la forma es la apariencia del fondo o sea que una y otra son la misma cosa. La maestría de Spielberg se hace notar de continuo. Baste como muestra la breve secuencia de notificación a la madre de los Ryan del fallecimiento de tres de sus hijos en combate, digna del mejor Ford. La madre friega los platos en su casa rural y ve cómo se acerca un coche oficial, se quita el delantal, abre la puerta y espera. Bajan del coche un militar y un cura. La mujer se desploma sobre el umbral y el espectador casi cae con ella. Sin necesidad de palabras, la intensidad emocional es difícilmente superable. Hay cineastas cuyas películas señalan un rastro de lecturas determinadas que van desde la novela negra al mismísimo Proust, la mayoría de las películas de Spielberg, muy notables todas ellas, revelan, sin embargo, una formación eminentemente visual, cinematográfica naturalmente, pero también muy marcada por los cómics y por esa su forma cibernética que son los juegos de ordenador. La pregunta es hasta dónde se puede llegar a partir de ahí. Y Spielberg demuestra que muy lejos, aunque casi siempre deje, en mi opinión, la impresión de algo superficial, externo, de poco calado en sus películas, tocadas de esa naturaleza festiva que presentan los cómics, aun los más dramáticos. Salvar al soldado Ryan aparentemente supone un cambio. Quiere Spielberg narrar la guerra como antes narró el holocausto en la Lista de Schindler, acaso la película más cercana a ésta de las suyas. Y se diría que lo ha logrado a tenor de que ya está siendo considerada como una de las más antibelicistas de la historia del cine. El argumento es de sobra conocido. Tras el desembarco en Normandía un pelotón al mando de un capitán se infiltra en territorio enemigo para tratar de devolver a casa al único superviviente de los hermanos Ryan, puesto que el mando considera que la contribución de esa familia a la guerra ya ha sido más que suficiente. Y aunque la película empieza y termina con la bandera norteamericana desplegada a todo trapo, lo que el espectador va a recordar es la larga secuencia del desembarco en la playa de Omaha durante la invasión de Normandía, rodada con técnicas de corresponsal de guerra –planos cortos, fragmentados, vacilantes al ritmo de los avatares de la batalla– y gran apoyo acústico. Media hora de cine extraordinario que convierte al espectador en protagonista virtual de la batalla, que puede verse a sí mismo como uno de aquellos soldados hundidos en el agua, sometido a una constante lluvia de fuego y acosado por sus propias máquinas de guerra que aplastaban a quienes de los suyos yacían gimoteantes en medio de terribles sufrimientos para poner más hombres y más medios en combate. Bien, así es la guerra. Y cualquier persona con dos dedos de frente no necesita que nadie se lo diga o se lo recuerde para saberlo, aunque los responsables de la inmensa mayoría del cine bélico parezcan haberlo ignorado siempre, porque si Salvar... rompe con algo es precisamente con esa tradición cinematográfica que hacía de los enfrentamientos bélicos poco menos que encuentros deportivos, algo así como partidos de rugby o de fútbol americano en los que jóvenes atletas competían con los atletas rivales para destruirse mutua y jovialmente al servicio de una bandera. Pero para ser una película antibelicista se necesita no sólo más madera sino muy otras circunstancias, porque yo no veo que se pueda estar contra la guerra teniendo como oponente en los campos de batalla nada menos que al nazismo. Salvar..., lejos de escurrir el bulto, mantiene la obligación de la lucha, y rinde homenaje al ciudadano que es capaz de combatir superando los horrores de la guerra, lo que se enfatiza más de una vez, incluso con leves caídas en lo discursivo, sobre todo al final y, naturalmente, en las antedichas tomas de bandera. Claro que eso importa poco, en esta sección al menos. Aquí nos interesa el fluir de la narración que es excelente y que está siempre al servicio de una sola idea, la de la misión, con la simplicidad fatal de la aguja imantada que señala siempre al norte. No es extraño, pues, que la película guste a todo el mundo y que todo el mundo la entienda. En su sencillez están los rasgos de la perfección. Cada componente de la patrulla, por ejemplo, es un individuo identificable por su carácter, sin necesidad de que sea un excéntrico como es tan frecuente en el cine español. Y ya se sabe que los individuos están hechos de cualidades e imperfecciones en desigual mezcla. Algo que también atañe al capitán, al menos en lo que se refiere a su imperturbabilidad, puesto que no puede contener el temblor de una de sus manos. Probablemente Spielberg no haya leído a Proust, tal vez sí su personaje, ese maestro metido a capitán, interpretado por Tom Hanks, el hombre que distribuye vida y muerte entre sus hombres. Poco importa para el caso. El miedo y la responsabilidad son conceptos elementales fácilmente perceptibles por todo el mundo y la guerra es una situación tan límite que sesga los comportamientos de modo que buena parte del patrimonio íntimo de cada soldado queda sepultado por el acontecer externo. Y ése, habíamos quedado, era el terreno más propicio de Spielberg.

01/12/1998

 
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