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Margarita, está linda la mar, de Sergio Ramírez, ha obtenido recientemente el Premio Alfaguara de novela.
 

Se entremezclan en Margarita... dos relatos principales: la llegada de Rubén Darío a León, su ciudad natal, en olor de multitudes en 1907 y su otro y definitivo regreso diez años más tarde para morir en su tierra, y los preparativos y posterior desarrollo del atentado que costó la vida al dictador Anastasio Somoza en 1956. Las historias se ligan por el vínculo del posible parentesco entre el poeta, la primera dama –aquella niña de otrora a la que Rubén escribiera unos versos en su abanico, hija del sabio Debayle, el estrafalario galeno que extrajo el cerebro de Rubén con su sangre todavía caliente-y los conspiradores, uno de los cuales se reclama nieto del poeta. Esta ligazón tiene lugar en las páginas de los cuadernos de un colaborador de prensa local, llamado Rigoberto, el más resuelto de los conspiradores, a quien se conoce por el remoquete de «el poeta». Él y sus contertulios de café gustan de investigar los sucesos relativos a Rubén, discutirlos en voz alta, recabar, llegado el caso, informaciones y reconstruir la historia de un entorno que les conmueve y con el que se sienten políticamente comprometidos; reconstrucción que no es ajena a las técnicas del cine, moviola incluida. Uno de los tertulianos, por ejemplo, a la hora de mostrar su incredulidad por lo recogido y narrado, pregunta: «¿Quién estaba allí filmando la película?», y se le contesta: «Son reconstrucciones históricas». Rigoberto y su cuaderno entran en la novela en el momento en que la esposa de Rubén señala en público con su bastón a la querida del poeta y grita: «¿Quién es esa puta?». La ofensa queda no obstante sin respuesta. Uno de los contertulios, solidario de la curiosidad del lector, es quien pregunta: «¿Qué hizo entonces Rubén?». Y por un momento nos parece que existe la intención de un homenaje a Vargas Llosa, no ya sólo por el título de su última novela Los cuadernos de donRigoberto, sino porque es precisamente en ella donde esta fusión de tiempos llega a la perfección. Pero, siendo tan distintos el asunto y el tratamiento, hedonistas los del peruano y dramáticos y comprometidos, en el más añejo y noble sentido, los de Ramírez, hay que pensar más bien en una curiosa coincidencia hija de la casualidad –o acaso de la fatalidad–, dado que este Rigoberto se nos presenta como un personaje histórico. Es magnífico el retrato que se hace de Rubén Darío y de su entorno más cercano, el pasmo y la admiración que producía en su tierra natal, su hetairismo, su afición a la bebida y su alma de salón, un dandy chorotega. Más que un héroe o un santo, parece un dios. Pero en la sedicente edad de la ciencia, a su muerte, se le abre sin contemplaciones el cerebro y se le pesa para comprobar con admiración que pesa medio kilo más que el del propio Víctor Hugo. Ni siquiera la alargada sombra de Macondo, o mejor del «macondismo», resta perfección a tal atmósfera de lo que debió suponer, en aquella remota ciudad orientada sobre los escombros de un imperio deshecho, recibir al emperador del Modernismo y señor de los poetas de la lengua española. Digo «macondismo» para referirme a esa apelación a una naturaleza prodigiosa de sucesos y personas que desde Cien añosde soledad hasta el presente contamina tantas páginas de excelente literatura latinoamericana. En Margarita... anotamos, entre varias otras, por ejemplo, las apariciones fugaces del centauro Quirón, ese imposible personaje que pasa de recitar de memoria bibliotecas enteras a correr con sus rudos cascos golpeando contra el empedrado, los lomos sudorosos... y tan poco visible que es capaz de burlar por dos veces el más férreo de los cercos; o las de esa prostituta de burdel que se mantenía milagrosamente virgen; o las de ese individuo con los genitales tan grandes que para enterrarlo tuvieron que excavar dos hoyos, uno para los testículos, otro para el resto del cuerpo. Pero estos pretendidos fulgores de «lo prodigioso», al estar tan extendidos entre la novelística latinoamericana, resultan ya casi medioambientales y apenas llegan a menoscabar el vigor del relato, muy por encima también, por paradójico que parezca, de la difícil ordenación de sus materiales. Porque Margarita... no ofrece sus claves sino con mucha resistencia y como vacilando en lo que ofrece. Sirva de prueba la voz narrativa, que durante mucho tiempo parecen ser dos, una de ellas coral, la que elabora, con ayuda de todos los contertulios, los cuadernos de Rigoberto; otra, la del narrador omnisciente, que se dirige al lector como a un auditorio a quien se le hace confidencias y a quien se le anticipan sucesos, como a impulsos de una tentadora indiscreción. Y mientras los episodios relativos a Rubén Darío presentan por sí solos una configuración más cuajada, los que se refieren a la conspiración y a sus protagonistas, parecen demasiado adelgazados o esquemáticos, sobre todo por lo que atañe a vidas y caracteres, de los que apenas sabemos nada, o mejor dicho, de los que quisiéramos saber bastante más. Pero probablemente no haya novela grande que no adolezca de cierta desmesura o desequilibrio. Y en Margarita... nunca llegan a perjudicar el interés por seguir leyendo y más en la parte final, ciertamente apasionante, en la que se cuenta la represión que subsigue al atentado que sufrió el dictador Anastasio Somoza en la ciudad de León el 21 de septiembre de 1956. Estas páginas, y en general toda la segunda parte, se erigen, si no como la verdadera novela, al menos como su médula, la que la justifica y la vertebra. Por eso algo más de carne, según lo comentado arriba, o, dicho de otra manera, algo menos de materia oscura, hubiera sido un acierto. Resulta inmejorable la evocación que se hace de la Primera Dama, doña Salvadorita, tras el atentado. Sus andares briosos sobre los tacones altos, su ansia vengadora, su odio caliente, llegan a estremecer. Aquí sí que, sin magia y sin prodigios, con la sola ayuda de una prosa rica, táctil, bien abierta a los sentidos, sin «macondismos» que valgan, todo el horror y la repulsión que inspiran las dictaduras latinoamericanas adquieren forma de gran literatura.

S e entremezclan en Margarita... dos relatos principales: la llegada de Rubén Darío a León, su ciudad natal, en olor de multitudes en 1907 y su otro y definitivo regreso diez años más tarde para morir en su tierra, y los preparativos y posterior desarrollo del atentado que costó la vida al dictador Anastasio Somoza en 1956. Las historias se ligan por el vínculo del posible parentesco entre el poeta, la primera dama –aquella niña de otrora a la que Rubén escribiera unos versos en su abanico, hija del sabio Debayle, el estrafalario galeno que extrajo el cerebro de Rubén con su sangre todavía caliente-y los conspiradores, uno de los cuales se reclama nieto del poeta. Esta ligazón tiene lugar en las páginas de los cuadernos de un colaborador de prensa local, llamado Rigoberto, el más resuelto de los conspiradores, a quien se conoce por el remoquete de «el poeta». Él y sus contertulios de café gustan de investigar los sucesos relativos a Rubén, discutirlos en voz alta, recabar, llegado el caso, informaciones y reconstruir la historia de un entorno que les conmueve y con el que se sienten políticamente comprometidos; reconstrucción que no es ajena a las técnicas del cine, moviola incluida. Uno de los tertulianos, por ejemplo, a la hora de mostrar su incredulidad por lo recogido y narrado, pregunta: «¿Quién estaba allí filmando la película?», y se le contesta: «Son reconstrucciones históricas». Rigoberto y su cuaderno entran en la novela en el momento en que la esposa de Rubén señala en público con su bastón a la querida del poeta y grita: «¿Quién es esa puta?». La ofensa queda no obstante sin respuesta. Uno de los contertulios, solidario de la curiosidad del lector, es quien pregunta: «¿Qué hizo entonces Rubén?». Y por un momento nos parece que existe la intención de un homenaje a Vargas Llosa, no ya sólo por el título de su última novela Los cuadernos de donRigoberto, sino porque es precisamente en ella donde esta fusión de tiempos llega a la perfección. Pero, siendo tan distintos el asunto y el tratamiento, hedonistas los del peruano y dramáticos y comprometidos, en el más añejo y noble sentido, los de Ramírez, hay que pensar más bien en una curiosa coincidencia hija de la casualidad –o acaso de la fatalidad–, dado que este Rigoberto se nos presenta como un personaje histórico. Es magnífico el retrato que se hace de Rubén Darío y de su entorno más cercano, el pasmo y la admiración que producía en su tierra natal, su hetairismo, su afición a la bebida y su alma de salón, un dandy chorotega. Más que un héroe o un santo, parece un dios. Pero en la sedicente edad de la ciencia, a su muerte, se le abre sin contemplaciones el cerebro y se le pesa para comprobar con admiración que pesa medio kilo más que el del propio Víctor Hugo. Ni siquiera la alargada sombra de Macondo, o mejor del «macondismo», resta perfección a tal atmósfera de lo que debió suponer, en aquella remota ciudad orientada sobre los escombros de un imperio deshecho, recibir al emperador del Modernismo y señor de los poetas de la lengua española. Digo «macondismo» para referirme a esa apelación a una naturaleza prodigiosa de sucesos y personas que desde Cien añosde soledad hasta el presente contamina tantas páginas de excelente literatura latinoamericana. En Margarita... anotamos, entre varias otras, por ejemplo, las apariciones fugaces del centauro Quirón, ese imposible personaje que pasa de recitar de memoria bibliotecas enteras a correr con sus rudos cascos golpeando contra el empedrado, los lomos sudorosos... y tan poco visible que es capaz de burlar por dos veces el más férreo de los cercos; o las de esa prostituta de burdel que se mantenía milagrosamente virgen; o las de ese individuo con los genitales tan grandes que para enterrarlo tuvieron que excavar dos hoyos, uno para los testículos, otro para el resto del cuerpo. Pero estos pretendidos fulgores de «lo prodigioso», al estar tan extendidos entre la novelística latinoamericana, resultan ya casi medioambientales y apenas llegan a menoscabar el vigor del relato, muy por encima también, por paradójico que parezca, de la difícil ordenación de sus materiales. Porque Margarita... no ofrece sus claves sino con mucha resistencia y como vacilando en lo que ofrece. Sirva de prueba la voz narrativa, que durante mucho tiempo parecen ser dos, una de ellas coral, la que elabora, con ayuda de todos los contertulios, los cuadernos de Rigoberto; otra, la del narrador omnisciente, que se dirige al lector como a un auditorio a quien se le hace confidencias y a quien se le anticipan sucesos, como a impulsos de una tentadora indiscreción. Y mientras los episodios relativos a Rubén Darío presentan por sí solos una configuración más cuajada, los que se refieren a la conspiración y a sus protagonistas, parecen demasiado adelgazados o esquemáticos, sobre todo por lo que atañe a vidas y caracteres, de los que apenas sabemos nada, o mejor dicho, de los que quisiéramos saber bastante más. Pero probablemente no haya novela grande que no adolezca de cierta desmesura o desequilibrio. Y en Margarita... nunca llegan a perjudicar el interés por seguir leyendo y más en la parte final, ciertamente apasionante, en la que se cuenta la represión que subsigue al atentado que sufrió el dictador Anastasio Somoza en la ciudad de León el 21 de septiembre de 1956. Estas páginas, y en general toda la segunda parte, se erigen, si no como la verdadera novela, al menos como su médula, la que la justifica y la vertebra. Por eso algo más de carne, según lo comentado arriba, o, dicho de otra manera, algo menos de materia oscura, hubiera sido un acierto. Resulta inmejorable la evocación que se hace de la Primera Dama, doña Salvadorita, tras el atentado. Sus andares briosos sobre los tacones altos, su ansia vengadora, su odio caliente, llegan a estremecer. Aquí sí que, sin magia y sin prodigios, con la sola ayuda de una prosa rica, táctil, bien abierta a los sentidos, sin «macondismos» que valgan, todo el horror y la repulsión que inspiran las dictaduras latinoamericanas adquieren forma de gran literatura.

Se entremezclan en Margarita... dos relatos principales: la llegada de Rubén Darío a León, su ciudad natal, en olor de multitudes en 1907 y su otro y definitivo regreso diez años más tarde para morir en su tierra, y los preparativos y posterior desarrollo del atentado que costó la vida al dictador Anastasio Somoza en 1956. Las historias se ligan por el vínculo del posible parentesco entre el poeta, la primera dama –aquella niña de otrora a la que Rubén escribiera unos versos en su abanico, hija del sabio Debayle, el estrafalario galeno que extrajo el cerebro de Rubén con su sangre todavía caliente-y los conspiradores, uno de los cuales se reclama nieto del poeta. Esta ligazón tiene lugar en las páginas de los cuadernos de un colaborador de prensa local, llamado Rigoberto, el más resuelto de los conspiradores, a quien se conoce por el remoquete de «el poeta». Él y sus contertulios de café gustan de investigar los sucesos relativos a Rubén, discutirlos en voz alta, recabar, llegado el caso, informaciones y reconstruir la historia de un entorno que les conmueve y con el que se sienten políticamente comprometidos; reconstrucción que no es ajena a las técnicas del cine, moviola incluida. Uno de los tertulianos, por ejemplo, a la hora de mostrar su incredulidad por lo recogido y narrado, pregunta: «¿Quién estaba allí filmando la película?», y se le contesta: «Son reconstrucciones históricas». Rigoberto y su cuaderno entran en la novela en el momento en que la esposa de Rubén señala en público con su bastón a la querida del poeta y grita: «¿Quién es esa puta?». La ofensa queda no obstante sin respuesta. Uno de los contertulios, solidario de la curiosidad del lector, es quien pregunta: «¿Qué hizo entonces Rubén?». Y por un momento nos parece que existe la intención de un homenaje a Vargas Llosa, no ya sólo por el título de su última novela Los cuadernos de donRigoberto, sino porque es precisamente en ella donde esta fusión de tiempos llega a la perfección. Pero, siendo tan distintos el asunto y el tratamiento, hedonistas los del peruano y dramáticos y comprometidos, en el más añejo y noble sentido, los de Ramírez, hay que pensar más bien en una curiosa coincidencia hija de la casualidad –o acaso de la fatalidad–, dado que este Rigoberto se nos presenta como un personaje histórico. Es magnífico el retrato que se hace de Rubén Darío y de su entorno más cercano, el pasmo y la admiración que producía en su tierra natal, su hetairismo, su afición a la bebida y su alma de salón, un dandy chorotega. Más que un héroe o un santo, parece un dios. Pero en la sedicente edad de la ciencia, a su muerte, se le abre sin contemplaciones el cerebro y se le pesa para comprobar con admiración que pesa medio kilo más que el del propio Víctor Hugo. Ni siquiera la alargada sombra de Macondo, o mejor del «macondismo», resta perfección a tal atmósfera de lo que debió suponer, en aquella remota ciudad orientada sobre los escombros de un imperio deshecho, recibir al emperador del Modernismo y señor de los poetas de la lengua española. Digo «macondismo» para referirme a esa apelación a una naturaleza prodigiosa de sucesos y personas que desde Cien añosde soledad hasta el presente contamina tantas páginas de excelente literatura latinoamericana. En Margarita... anotamos, entre varias otras, por ejemplo, las apariciones fugaces del centauro Quirón, ese imposible personaje que pasa de recitar de memoria bibliotecas enteras a correr con sus rudos cascos golpeando contra el empedrado, los lomos sudorosos... y tan poco visible que es capaz de burlar por dos veces el más férreo de los cercos; o las de esa prostituta de burdel que se mantenía milagrosamente virgen; o las de ese individuo con los genitales tan grandes que para enterrarlo tuvieron que excavar dos hoyos, uno para los testículos, otro para el resto del cuerpo. Pero estos pretendidos fulgores de «lo prodigioso», al estar tan extendidos entre la novelística latinoamericana, resultan ya casi medioambientales y apenas llegan a menoscabar el vigor del relato, muy por encima también, por paradójico que parezca, de la difícil ordenación de sus materiales. Porque Margarita... no ofrece sus claves sino con mucha resistencia y como vacilando en lo que ofrece. Sirva de prueba la voz narrativa, que durante mucho tiempo parecen ser dos, una de ellas coral, la que elabora, con ayuda de todos los contertulios, los cuadernos de Rigoberto; otra, la del narrador omnisciente, que se dirige al lector como a un auditorio a quien se le hace confidencias y a quien se le anticipan sucesos, como a impulsos de una tentadora indiscreción. Y mientras los episodios relativos a Rubén Darío presentan por sí solos una configuración más cuajada, los que se refieren a la conspiración y a sus protagonistas, parecen demasiado adelgazados o esquemáticos, sobre todo por lo que atañe a vidas y caracteres, de los que apenas sabemos nada, o mejor dicho, de los que quisiéramos saber bastante más. Pero probablemente no haya novela grande que no adolezca de cierta desmesura o desequilibrio. Y en Margarita... nunca llegan a perjudicar el interés por seguir leyendo y más en la parte final, ciertamente apasionante, en la que se cuenta la represión que subsigue al atentado que sufrió el dictador Anastasio Somoza en la ciudad de León el 21 de septiembre de 1956. Estas páginas, y en general toda la segunda parte, se erigen, si no como la verdadera novela, al menos como su médula, la que la justifica y la vertebra. Por eso algo más de carne, según lo comentado arriba, o, dicho de otra manera, algo menos de materia oscura, hubiera sido un acierto. Resulta inmejorable la evocación que se hace de la Primera Dama, doña Salvadorita, tras el atentado. Sus andares briosos sobre los tacones altos, su ansia vengadora, su odio caliente, llegan a estremecer. Aquí sí que, sin magia y sin prodigios, con la sola ayuda de una prosa rica, táctil, bien abierta a los sentidos, sin «macondismos» que valgan, todo el horror y la repulsión que inspiran las dictaduras latinoamericanas adquieren forma de gran literatura.

01/06/1998

 
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