ARTÍCULO

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No hay novelista que no haya hablado alguna vez del tono, sobre todo a la hora de rellenar las primeras cuartillas de una novela, de las que no logrará pasar si previamente no cree haberlo encontrado. El tono, ahí es nada. ¿Pero qué es el tono y dónde se le encuentra? Ricardo Gullón decía que es como la nota que el concertino da en el violín antes de comenzar el concierto y a la que ha de ajustarse la orquesta. En la novela, añadía el maestro, un novelista invisible emite la señal que sugiere el tono. A partir de ese momento todo debe sonar en perfecto acorde (o con calculadas disonancias): triunfos y caídas, singularidades y monotonías, afirmaciones y balbuceos quedan sometidos a la ley de esa congruencia en la transmisión del pensamiento-sentimiento que llamamos tono. Pues bien, esa primera señal, entre otras cosas, es lo que yo he estado intentando encontrar en esta novela, Mañana la víspera de Jean-Marie Laclavetine (Editorial Thassalia), para poder dejarme llevar luego por su lectura con sosiego, pero me he distraído enseguida con las disonancias, acaso calculadas, pero tan fuera de cauce que venían a poner en entredicho el fluir armónico del texto. La novela empieza con un olorcillo (sic) de guiso de pterodáctilo que a Noah, el protagonista, un troglodita del Paleolítico, le parece muy agradable y que a uno le sugiere ya el tono, lo que se reafirma enseguida con anotaciones de este tenor literal: «en el terreno gastronómico el fuego constituía un hallazgo estupendo», o «ya se había vuelto de buen tono renovar regularmente el vestuario incluso tener una panoplia de pieles y cueros adaptados a todas las circunstancias de la vida mundana...», o «Noah vivía en dos grutas». Hay pues un tono inicial, sí, que nos es de sobra conocido, el mismo que el de esa serie norteamericana de dibujos animados «Los Picapiedra», con Vilma y Pablo Picapiedra como «consumidores» del Paleolítico que van a la oficina y al supermercado en troncomóvil. Lo que en sí mismo no es malo ni bueno, puesto que como muy bien sabemos desde que Cervantes se propuso parodiar a los libros de caballería, en la novela vale todo, siempre naturalmente que no se falte a la ley de esa congruencia de la que hablábamos más arriba. Pero ese no es todavía el tono, porque cuando Noah, por ejemplo, recapacita sobre el destino de la Humanidad recuerda con melancolía el rebuzno (sic) de respuesta que en su día le dio su compañera de caverna y que él tradujo a palabras de la siguiente manera: ¿Por qué, pobre y querido amigo, os sumís en una contemplación inmóvil? ¿No veis acaso que el mundo se mueve y que nada podrá detener, ya, la larga marcha hacia el bronce, el motor de explosión, la cremallera, la semiótica, el carbono 14, la salsa mahonesa y el seguro de enfermedad? Con lo que nos damos de bruces con otro registro, evocador ahora de una especie de Gulliver en el Paleolítico o, por seguir con la referencia cinematográfica, con esa serie de «Retorno al pasado», que en este caso sería «Retorno al futuro», algo sugerido de manera clara por la vocación paradójica del propio título de la novela. Digamos enseguida que este Noah, nuestro protagonista, es mucho más que un sabio de primera línea, como se le denomina en la novela. Nada menos que acaba de poner a disposición de su comunidad el fuego, ha inventado el hacha con mango y ahora, hastiado de los suyos y de la torpe y egoísta humanidad, se recluye en una caverna para inventar el arte. Cuando da por finalizada su obra, él mismo se admira: es un creador. Y tanto se entusiasma que sale fuera de la caverna e interrumpe la cópula de dos congéneres para enseñarles lo que ha pintado. (Aquí la ironía del autor no es tan evidente como la del lector. Pues no serían tan bestias –se dice éste– cuando los forzados practicantes del interruptus reaccionan con tal delicadeza.) Más significativo es, sin embargo, que Noah sueñe con el futuro y que sus sueños sean un viaje por las grutas del espacio-tiempo (sic) Noah no sólo viaja, aprende el lenguaje del futuro y también se lo dona a su comunidad, además hace de lanzadera en esas grutas del espacio-tiempo y así envía al futuro el feto de una troglodita para que salga a la vida de las entrañas de una francesita de nuestros días. Una lanzadera capaz, si la ocasión lo requiere, de la operación contraria o sea de enviar un feto desde el futuro al pasado como ocurre al final de la novela. Naturalmente aquí nos importa mucho menos la historia que las dificultades técnicas que plantean sus singularidades argumentales. Olvidémonos por un momento del tono y hagamos el esfuerzo de ver con los ojos de un troglodita una habitación moderna. Laclavetine escribe que es una caverna cúbica, que el teléfono es un objeto brillante del que salía una retorcida liana. Previsible, pero poco objetable, al fin y al cabo Noah se ajusta a sus conocimientos para contarnos lo que ve. Es posible describir un árbol diciendo cómo son sus hojas y el color de su tronco, o simplemente diciendo que se trata de un arce. Lo que encuentra difícil justificación es que se diga que es un acer pseudoplatanoides. Y algo de eso ocurre en bastantes pasajes de Mañana la víspera, salpicada de expresiones como ésta: el grupo avanza en fila magdaleniense. O como ésta: la ve como nunca antes, perdido su tosco hechizo magdaleniense, sus rústicos encantos de cromañona, etc. Puestos a hablar de técnica, hay que indicar que en el capítulo siete se ensaya algo que no habíamos visto antes, ni siquiera en el cine, a la hora de presentar un diálogo telefónico, en que las opciones se limitan a oír sólo la voz de la persona que sale en pantalla o la voz de los dos. Laclavetine propone una nueva. Primero se oye toda la parte de la conversación de una de ellas, y luego la de la otra. Mañana la víspera parece que ha sido muy elogiada en Francia por su potente carga irónica. Un ejemplo de esto se concentra en las pocas líneas en las que Noah evoca a sus diecisiete hijos, al primero, robado por una pareja de gastrónomos para acompañar una comida de fin de temporada, y así, uno a uno, hasta el decimoséptimo que se suicidó al no soportar ser hijo único. Pero, claro, otra vez tenemos que volver al tono, porque hay humor, sí, un poco a la manera de «La Codorniz», y también ensueños y ciencia ficción, pero en un totum revolutum, sin la forma adecuada o, si lo prefieren, con deficiencias de tono. Ocurre, sin embargo, que mediada la novela, prende en el lector la sospecha de que en sus páginas se contiene un mensaje, con lo que el entretenimiento está garantizado. Si la primera parte se la ha pasado a la búsqueda del tono, la segunda se la pasará a la búsqueda del mensaje. Lo que no es poco hoy día.

01/01/1997

 
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