ARTÍCULO

El señor Pérez y el deslumbrante animal que lo mira

Pre-Textos, Valencia
72 págs. 11,98
 

Alguna vez ha señalado Jorge Eduardo Eielson (Lima, 1924) su encuentro en París con el maestro zen Taisen Deshimaru como uno de los más luminosos de su vida y, al recordarlo, evocaba el artista peruano la inicial sorpresa que una frase de Deshimaru le había producido: «Yo no tengo nada que enseñarte –le había dicho–, porque tú tienes ya la joie devivre». Sorpresa, aclaraba, porque siempre él se había tenido por hombre serio; sin embargo, poco a poco, mientras observaba la precisión y elegancia de los gestos de su interlocutor y la paz que transmitía su semblante a un tiempo divertido y adusto, aquellas palabras habían ido arraigando en él, de forma que al despedirse sentía en su interior una profunda alegría, la de saber ahora sencillamente que ella, la alegría, formaba parte de su naturaleza. Ese reconocimiento parece, en efecto, un don precioso: el don de ligereza que también Sin título, su último libro, nos entrega a los lectores.

Cincuenta y nueve poemas breves se centran en el generoso espacio de la página según un eje de simetría que dibuja limpios perfiles y sugiere cerámicas antiguas o siluetas de burbujas que un soplo caprichoso hubiera inflado. Precediendo a los textos, una cita del maestro Eckhart –«El ojo con que veo a Dios es el mismo con el que Dios me ve a mí»– enlaza el libro con la mística tradición quietista de Occidente, aquella que vivió lo divino como experiencia de dejación o abandono, como experiencia de vacío.

Imagen de reversible circularidad en el vacío es esa de la burbuja, pompa o cristalina esfera que no sólo se convoca con frecuencia en los poemas, sino que es por así decir el modo natural en que el poema mismo parece desprenderse de una quieta atención. Se propone, por ejemplo: «Es posible que la sombra / sea un animal que nos protege / del exceso de luz». Se hace girar un poco la pequeña esfera en nuestras manos: «O que tal vez / la verdadera sombra / sea un ciervo». La vemos girar aún un poco más: «Y que la única cosa / que nos acompaña en la vida / sea su sombra». Así, de la oscuridad protectora al destello, y luego, resonando, una oscura transparencia: ¿qué ciervo es ése?, ¿cuál, esa compañía? Eielson, en la ya larga trayectoria de lo que gusta llamar su poesía escrita, es un virtuoso de esos leves desplazamientos que no sólo limpian la percepción y el habla, sino que al dejarnos deslizar con ellos hacia otro lugar ensanchan nuestro conocimiento.

Uno de los mecanismos que potencian esa apertura es la observación de correspondencias. Se trata, en realidad, de un fenómeno de la visión y la vía es a veces temporal, un viaje en el tiempo. Así, el poema que comienza: «Excavo en mi dorado Perú / un reino puro y encuentro / una cuchara», en sucesivos y rápidos niveles de inmersión, va extrayendo primero «el rey con toda su joyería», y aun, «la reina mía enterrada», y luego: «es mi osamenta la que hallo ahora», para encontrar por fin «el trono ensangrentado / que allí me espera». Pero también a menudo la correspondencia resulta espacial, enlaza lo grande y lo pequeño, el macrocosmos y el microcosmos: levantar la cuchara sobre el plato que humea agrupa toda una serie de negaciones –no es la mano la que se mueve ni el pensamiento ni el plato ni el esqueleto–, para afirmar de pronto: es «todo el firmamento / que resplandece en mi cuchara», y concluir que precisamente ese resplandor constituye su verdadero alimento cada día. En los poemas de Eielson se oye latir un Vallejo que viniera de repente; se va convocando algo (por el sonido) que no parece que vaya a llegar, al principio no parece, y después llega, y se acaba (el poema) y queda resonando (lo que llega). Una suspensión, una pompa que estalla. Un cabo del decir vuelve sobre sí mismo, cierra la pompa y la hace estallar: un fulgor queda resonando. Recordamos entonces la cita que abría el libro, «El ojo con que veo a Dios es el mismo con el que Dios me ve a mí». Vacío y circularidad de la mirada que se hace así intransitiva. No ver algo, sino ver. No un punto de vista, una perspectiva, sino un campo de visión. La móvil ubicuidad del objeto contradice la idea misma de objeto. La visión tiende a lo cósmico, acelerando también hasta el vértigo la flecha de lo temporal. El universo es mágico, perfecto, incomprensible.

Dentro del conjunto de la obra de Eielson (pinturas, telas anudadas, instalaciones, acciones y performances, poemas y textos narrativos que manifiestan en diferentes lenguajes un único impulso creativo), los poemas de Sin título, fechados en Milán entre 1994 y 1998, hallan quizá su mayor eco en los trabajos que el artista ha venido realizando con nudos (Nudo, 1985, es de hecho la obra que ilustra la portada, que permanece por lo demás, sin nombre de autor ni denominación alguna, en un ahuesado y silencioso blanco). El poeta ha descrito el nudo, más allá de consideraciones de orden simbólico, como «la cristalización de un proceso interior todavía en acto». Energía que cristaliza y destella con la luz. Y si él alguna vez utilizó la imagen de un poema para caracterizar los encajes –esa red de sutiles nudos creados por los artistas de la costa central de Perú en épocas precolombinas y aun preincaicas (esos encajes delicadísimos, escribía Eielson, breves y luminosos como poemas, en los que «la sintaxis [la trama y la urdimbre] se adelgaza hasta lo inverosímil y, como la cáscara de huevo, alcanza su máxima fragilidad y resistencia para proteger su más palpitante tesoro»)–, si así podía hablar de esas telas que la aridez de las costas de su país de origen conservó milagrosamente intactas, la imagen revierte su nitidez descriptiva al aplicarla a los textos de Sin título, que van con sus reiteraciones y ritmos tramando y anudando los hilos de una red que protege su tesoro. El tesoro guarda humor y dolor, pero no pesadumbre. Guarda la vida y la muerte, hay contigüidad en él entre una rosa y la basura, hay gusanos: «De pronto la conversación / se volvió oscura / ninguno de los dos entendió / al otro». Hay payasos también y a menudo son figura de quien dice «todo el cielo es mío / porque soy un payaso», quien reconoce asimismo como su condición vital: «soy niño / todavía».

Levedad, luz de encaje, poesía como destello en un continuum de oscuridad; no otra cosa ese «deslumbrante animal» que mira al señor Pérez al salir de su casa, un animal de indecible belleza que trastoca el mundo y hace que el señor Pérez no encuentre ya su automóvil ni su casa. «Es posible que la sombra / sea un animal que nos protege / del exceso de luz», recordamos entonces. O quizás ese deslumbrante animal sea un ciervo. Quizá su sombra sea la única cosa que nos acompaña en la vida. Que nos despierta. John Cage contaba la historia de un incendio que Thoreau había provocado de modo involuntario en un bosque; lo que sintió entonces, lo que aprendió de sí mismo, de los otros y de los bosques durante el tiempo que se tardó en controlar el fuego; cómo ideó después un método para luchar con éxito contra los incendios, pero también, subrayaba Cage, cómo supo escuchar la música que hace el fuego rugiendo y crepitando, y luego había dicho que a veces esa música se oye a pequeña escala en el leño del corazón. Aprender a escuchar, aprender a ver. En el corazón y en el bosque. La poesía nos permite recorrer ese fluido trayecto entre lo grande y lo pequeño.

01/04/2002

 
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