ARTÍCULO

Símbolo cultural

Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia, Tenerife
José Romo, Departamento de Lógica, Historia y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Barcelona.
992 págs. 38 €
 

Este elegante volumen recoge todas las contribuciones (54) al simposio que tuvo lugar en el Puerto de la Cruz en 2001. El libro está dividido en tres partes: «La ciencia de Galileo», «Galileo y la Iglesia» y «El siglo de Galileo». Las contribuciones a la primera parte abarcan la obra de Galileo en matemáticas, astronomía y cosmología, mecánica y la ciencia del movimiento. Nos encontramos con el Galileo astrónomofilósofo copernicano que analizan Clavelin y Shea, pero también con sus ideas cosmológicas, lo suficientemente dispersas y poco definidas como para que se pueda hablar de una cosmología «oculta», como señala Solís en su interesante reconstrucción que, si bien se presenta como conjetural, habida cuenta de lo fragmentario de la evidencia, sin duda abre nuevos caminos para estudios futuros de la cuestión. En lo que respecta a la ciencia del movimiento, Sellés pone de relieve las limitaciones de la teoría de indivisibles que utiliza Galileo y sus consiguientes dificultades para fundamentar la ciencia del movimiento en su presentación final en los Discorsi (1638). Asimismo, destaca en esta parte la atención concedida a Le Mechaniche, el tratado perteneciente al período que Galileo pasó como profesor en la Universidad de Padua (15921610), una obra que nunca publicó, pero que circuló abundantemente en manuscrito, y en la que Galileo aborda el análisis de las máquinas simples. Gatto proporciona un minucioso análisis de los manuscritos (ninguno de ellos autógrafo) de la obra que nos ha llegado, mientras que Helbing y Laird exploran la conexión del análisis de Galileo con las Cuestiones mecánicas, una obra de la escuela peripatética que la época de Galileo considera escrita por el mismo Aristóteles. En toda esta parte está presente la preocupación por reconstruir las distintas tradiciones que Galileo se apropia, subrayando al mismo tiempo la especificidad de su obra, con lo que se consigue corregir la imagen del Galileo anticipador de nociones posteriores.

La segunda parte del libro, «Galileo y la Iglesia», está dedicada a las diversas ramificaciones de su condena en 1633, a raíz de la publicación de Diálogo sobre los dos máximos sistemas (1632), uno de los grandes temas de la historiografía galileana. Las distintas contribuciones analizan el proceso de Galileo; sus infructuosos intentos de introducir principios hermenéuticos bíblicos alternativos a los de la ortodoxia teológica y su reciente y supuesta rehabilitación por la Iglesia católica. Destaca en esta parte el ensayo de Beltrán, que avanza una hipótesis nueva para explicar por qué habiendo propuesto Maculano, comisario del Santo Oficio, a Galileo un trato extrajudicial que le ofrecía una pena leve, o incluso la absolución, a cambio de su confesión, el proceso termina con la abjuración y el arresto. No se trató de una iniciativa benévola de Maculano que, posteriormente, y debido a las presiones sobre Urbano VIII de la facción más rigorista de la Iglesia, dejó de ser viable, sino de un engaño planeado por el papa, su sobrino el cardenal Francesco Barberini y Maculano, para conseguir la confesión de Galileo y así poder presentar luego la dura condena, ya decidida de antemano, como el resultado inexorable de la mecánica procesal. La hipótesis recibe un apoyo significativo del examen del manual para inquisidores más usado en el momento. El manual deja claro que el engaño forma parte del arsenal de argucias que el inquisidor puede utilizar legítimamente para conseguir la confesión del procesado. Por su parte, Beretta subraya el protagonismo de Urbano VIII en la condena de Galileo desde dos puntos de vista, como inquisidor supremo y como mecenas ofendido por su antaño cortesano favorito. Como apéndice a su artículo se reproduce un documento recientemente descubierto, una carta de Maculano al cardenal Francesco Barberini fechada el 22 de abril de 1633, donde el primero informa de sus conversaciones con Galileo.

Las contribuciones que aparecen en la tercera parte del libro, «El siglo de Galileo», proporcionan claves para la reconstrucción del contexto sociocultural en que se desarrolla la obra de Galileo y las reacciones que provoca en la Europa culta. Bucciantini proporciona un análisis preliminar de una cuestión poco explorada: el debate sobre la interpretación teológica de los descubrimientos telescópicos, en particular las manchas solares, que se desarrolla entre los años 1610 y 1615, es decir, en el período de libertad que se cerrará con el decreto anticopernicano de 1616. Torrini subraya la singularidad del doble papel de Galileo como promotor y protagonista de la renovación del saber, y discute las repercusiones de su condena en esa república de los sabios que se había ido constituyendo: es el Galileo que se ha convertido en un símbolo cultural. De tal calibre que Holste, en carta a Doni fechada en enero de 1642, nueve días después de la muerte de Galileo, habla de una pérdida «para el mundo entero y todo nuestro siglo».

La lectura de las contribuciones que recoge el volumen, de cuya riqueza es imposible hacer justicia en una breve reseña, deja al lector con la impresión de que la historiografía galileana no ha podido resolver aún una tensión presente de antiguo: la que existe entre el Galileo filósofo natural que pone en cuestión y supera elementos fundamentales de la filosofía natural aristotélica entonces dominante, y el Galileo científico-ingeniero que trabaja dentro de contextos teórico-prácticos concretos que determinan la gama de problemas planteables y los recursos accesibles para abordarlos, es decir, el Galileo que se sitúa dentro de lo que se ha llamado la «mecánica preclásica». En un fragmento relacionado con su Discurso acerca de los cuerpos flotantes (1612), Galileo, refiriéndose a la actitud de los filósofos aristotélicos, que rechazaban la pertinencia de las matemáticas para el estudio de la naturaleza, escribía que parece que «la geometría de nuestro tiempo fuera un obstáculo para la adquisición de la filosofía verdadera; como si fuera imposible ser un geómetra y también un filósofo». Creo que sigue siendo legítimo preguntarse si Galileo, por su parte, consideraba a la filosofía como un obstáculo para el conocimiento de la naturaleza.

01/10/2002

 
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