ARTÍCULO

Simetrías y búsquedas

Muchnik Editores, Barcelona, 1997
361 págs.
Ediciones Bassarai, Victoria-Gasteiz, 1998
166 págs.
 

Con una diferencia de pocos meses, la escritora bonaerense afincada en Barcelona nos ofrece dos nuevas novelas en castellano y un libro de relatos aparecido previamente en catalán en 1993.

En los relatos, se puede adivinar un cierto hálito «cortazariano» verificado en la plasmación de situaciones pintorescas o deslizamientos hacia lo fantástico, o lo insólito, desde la cotidianidad más absoluta. Creo que es aquí, en estos «viajes subterráneos», donde se puede advertir mejor hasta qué punto ha sido bien aprovechada la impronta del maestro argentino: personajes anodinos, vulgares, que, de súbito, se tropiezan con «el lado de allá» durante unas vacaciones en Egipto, simetrías inquietantes, las trampas del azar, los juegos de espejos o la necesidad humana del rito, de las liturgias cotidianas (como bien puede verse en el que da título al volumen), la irrupción, en fin, de situaciones insólitas o desestabilizantes que se asumen con naturalidad y desde las que se dibuja el verdadero talante de sus protagonistas. Algunos, acaso, demasiado deudores de ciertos escenarios de, por ejemplo, Historia de cronopios (como El hoyo o Elabridor de puertas), o a los que sobra una innecesaria explicitud del narrador que difumina en parte el efecto de sorpresa, como El triángulo. Otros relatos, en fin, deliciosamente intensos y redondos, como el que abre el libro, El espejo del alma.

Se trata, pues, de un volumen con altibajos, «imperfecto», con algunos textos no a la altura del conjunto, en los que lo insólito o fantástico se queda en, sencillamente, inverosímil, relatos construidos exclusivamente para forzar un efecto que, al cabo, se diluye por un problema grave de composición; pienso, por ejemplo, en el titulado La chica de correos, ejemplo de cómo una «buena idea» se puede venir abajo por confiar, acaso, en que el lector valorará más el quiebro final y lo insólito de la peripecia que en el absurdo inverosímil de la misma en un relato, por otra parte, perfectamente realista.

A pesar de estos pequeños lunares, el conjunto conforma un volumen muy interesante, a ratos sumamente ingenioso y con un nivel medio de los relatos muy aceptable, escrito con ironía, y aun astucia, dando lugar a situaciones muy atractivas y estimulantes para el lector. Se trata, en fin, de un libro «amable», construido a base de breves «parábolas sin moraleja» en las que, por desgracia, prima «la idea», el argumento (más o menos original), sobre el esfuerzo narrativo por hacer creíble los textos en todos los niveles. Es decir, que las historias deleitan, sorprenden, pero no arrebatan.

En la novela Saurios en el asfalto, acaso en el arranque también puede advertirse la influencia de Cortázar: en una ciudad del futuro, en una sociedad asépticamente dominada por un Estado totalitario que pretende controlarlo todo de sus ciudadanos, una pandilla de amigos y amigas deciden dejar la ciudad e irse a vivir en busca de libertad y aire puro a la parcela de una de ellas, aprovechando que la echan de su actual trabajo, y edificar allí una casa para todos, proyecto al que, poco a poco, se irán apuntando algunos otros conocidos de diversa índole, desde un anciano, cliente del mismo bar en el que, cada tarde, se reúnen y a quien conocían sólo de vista, hasta parientes o compañeros de piso.

Lo mejor de la novela, sus mayores y aun prometedores méritos, se dan en los primeros capítulos, en los que, con mucha pericia, el narrador nos va presentando a las dramatis personae (que diría Dioni, uno de ellos) a base de unos diálogos muy ágiles por los que vemos desfilar a todos los protagonistas de esta pesadilla futurista con ribetes costumbristas. La novela ofrece distintas posibilidades y quiere tocar una gran amplitud de temas y géneros, pero la sensación final es la de que, ante un tan ambicioso proyecto, la autora no se hubiera decidido del todo a decantarse por ninguna de las encrucijadas que le ofrecía la narración: al cabo, la historia se diluye en una difusa mezcla de ficción científica orwelliana, peripecia de intriga policíaca y un costumbrismo juvenil y sentimental con el que pretende retratar las relaciones humanas entre los protagonistas de una odisea tan vasta en sus pretensiones como, acaso, endeble en la resolución de las mismas: piénsese que estamos ante una novela que intenta abarcar con un mínimo de profundidad la vida, preocupaciones, inquitudes, de una docena de protagonistas, todo ello en el marco de una trama futurista y de suspense. Al cabo, el bien pergeñado arranque se va deshilachando paulatinamente a la hora de urdir el nudo y de dibujar un solvente y verosímil desenlace. Los múltiples derroteros argumentales acaban pareciendo interesantes embriones que hubieran necesitado cada uno de ellos una trama y un argumento propio: ya sea la refutación del peligroso Estado totalitario en ciernes, el «gran hermano» neofascista, como el dibujo de las inquietudes vitales de este grupo de individuos desnortados a los que una sociedad así ha cercenado de raíz las ilusiones por crecer y mejorar, abatidos en una mera obsesión por la supervivencia que el proyecto de Rosi parece poner en entredicho. Tampoco queda sino abocetado el turbio entramado de relaciones que se tejen y destejen entre ellos y ese Estado totalitario y sus secuaces.

El prometedor impulso inicial no puede abarcar la ambiciosa pretensión allí diseñada, y la historia se difumina en una sucesión de secuencias en las que las tres patas de esta mesa coja no llegan nunca a conformar un asidero sólido y creíble, generando una dispersión de temas y tonos que nunca se acaban de cohonestar eficazmente. Pondré algunos ejemplos: la fría reacción de la pandilla a raíz de la muerte de Carlos o la resolución de las relaciones entre Adela y Santiago. Hay momentos, por último, en los que el relato se demora en aspectos prescindibles o impertinentes que trivializan la historia; véase, por ejemplo, págs. 84-85, la atención y espacio que se le dedica a la preparación de un modesto plato de tallarines con tomate.

Explicado con una metáfora marina, se diría que un pequeño desajuste en la derrota de la nave ha hecho que ésta pierda un poco el rumbo. Los sucesivos golpes de timón no logran llevar a buen puerto esta novela que podríamos calificar de fallida precisamente por su propia y no medida ambición.

Por último, Luz de hielo, también publicada previamente en catalán, ofrece un marco angustioso y desasosegante en el que, en forma epistolar, se tejen las relaciones, destructivas, atormentadas, enfermas, entre el narrador y tres amantes, una ya muerta, Marta; otra, la hija de Marta, Silvia, a la que tiene encerrada y de la que transcribe algunos de sus angustiosos «soliloquios»; y la tercera, profesora como él, que lo abandonó hace ya mucho tiempo y a la que da cuenta epistolar de su derrota final en forma de póstumo y obsceno reproche. En esta carta de amor-odio-destrucción prima ese tono gélido que anuncia el título. Escrita con una prosa lacerante, obsesiva, ajena al más mínimo pudor, asistimos a un feroz y cruel acto de desnudamiento artístico y anímico en la que la irrealidad de la peripecia se va concretando en un paroxismo de pesadilla que, guste o no guste, no va a dejar a ningún lector indiferente. Flavia Company prosigue así su camino de búsqueda inquieta de temas y motivos. Tres libros casi contemporáneos y bastante diferentes entre sí, cuando ya se anuncia un nuevo título con el que ha ganado el Premio Documenta: Ni tú, ni yo,ni nadie.

01/06/1998

 
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