ARTÍCULO

Sexualidad y ética: en busca de una auténtica liberación sexual

Anagrama, Barcelona, 320 págs.
 

En este libro, escrito con amena e irónica erudición, aunque siempre amenazado por un tono edificante, se pueden distinguir varios territorios avistados y colonizados con diferentes ambiciones y criterios:

1. En primer lugar, un intento de aclarar el campo de la sexualidad humana entre la biología y la cultura, entre el sexo y los entramados simbólicos, sociales, económicos, religiosos, políticos y éticos. El sexo sería el significante y la sexualidad, el significado.

2. Una exposición clara y desenfadada de los grandes temas de la sexualidad: el mito del paraíso, la matriz religiosa, la familia y la procreación, el deseo, las expectativas, el poder y la opresión de la mujer, etc.

3. Un planteamiento de raíz aristotélica, aunque rabiosamente ilustrado, del llamado Gran Proyecto Ético –ni más ni menos que una ética de la dignidad universal– para propiciar la experiencia de una sexualidad feliz y, esta vez sí, verdaderamente liberada (Manifiesto para una segunda liberación sexual ).

BIOLOGÍA Y CULTURA

Resume el autor los caracteres fundamentales de la sexualidad desde algunos datos antropológicos incontestables. Homo sapiens sería de natural polígamo pero abocado, por las fuerzas evolutivas, a un régimen abierto de monogamia que, en la actualidad, se mantendría mediante divorcios. El celo sexual permanente, el desarrollo de un intenso orgasmo femenino, la sentimentalización de los encuentros amorosos, los hechizos formidables del erotismo y la invención del padre como protector indispensable de la estrecha relación madre/criatura, serían todos ellos rasgos decisivos de la evolución de este primate fantasioso.

Se sugiere que la inteligencia hapenetrado las pulsiones biológicas transformando el sexo en sexualidad. El autor mantiene que, a pesar de la plasticidad cultural de la sexualidad, conviene evitar los constructivismos culturalistas para los que todo sería cultura, ignorando tanto las identidades como las diferencias de género. Por ello, pese a Foucault y su célebre dispositivo de sexualidad, los órganos sexuales han evolucionado juntos y por algo será. No todo es construcción social, porque el sexo tiene un fundamento fisiológico evidente e innegable: los órganos sexuales se han desarrollado para la procreación. Se trata de recuperar, pues, frente a posmodernos relativismos, la idea de una naturaleza humana concebida como un organismo biológico dotado de una inteligencia creadora que inventa posibilidades.

Nada que objetar, salvo un ínfimo detalle: nuestra naturaleza biológica funciona mediante percepciones y representaciones que los procesos de socialización y aprendizaje ligan a repertorios valorativos y emocionales a través de núcleos cerebrales de placer/displacer. Por todo ello, el imaginario social de la sexualidad propio de una época y una cultura determinadas, no sólo media y modula el instinto sexual, sino que lo constituye y atraviesa de parte a parte. Tal es la razón, quizás, de que nuestra biología pueda expresar pulsiones sexuales tan diversas como aquellas implicadas en el coito tántrico, la explotación de mujeres en un bar de carretera, los arrobos del amor sufí, el odio lapidador contra las adúlteras o la sublimación erótica de la mística. De alguna manera, sapiens ha aprendido a desear sus deseos y a gozar tanto en su satisfacción como en su gestión, control, vigilancia y renuncia.

Conviene, pues, no separar organismo e inteligencia creadora, ya que ésta es la forma que tiene nuestra especie de experimentar hasta el fondo su carácter biológico. El deseo más oscuro e instintivo nunca es ajeno ni exterior a la socialización cultural. No existe un sexo en sí porque al referirnos a él lo constituimos con nuestras expectativas, valores y representaciones, y lo mismo ocurre al dejarnos llevar por él. Por ello resulta confusa la expresión rompecabezas de la sexualidad : nos engaña con la ilusión de algo que se puede resolver y esto, para bien o para mal, no siempre es así. La filosofía, como dijo Hegel, debe guardarse de ser edificante. Si insistimos demasiado en las buenas intenciones perdemos de vista los verdaderos abismos de la condición humana, a saber, por ejemplo: frente a la libertad sexual de los polinesios, el tabú que rige la separación de sexos a la hora de comer; frente al arte sagrado del sexo, las violaciones masivas de las guerras; frente al amor maternal por los retoños, el infanticidio femenino; frente al respeto y veneración por los mayores, el parricidio ritual; frente a la plenitud sensual de El cantar de los cantares, las consultas sexológicas y los libros de autoayuda; frente al amor romántico, el cálculo de los matrimonios. Aunque el autor parece ser consciente de las dificultades para lidiar con un panorama semejante, echamos de menos algún tipo de reflexión sobre el significado de una naturaleza humana compatible con tal mareante variedad de conductas y valores. Ante las dificultades, Marina exhibe siempre un exultante optimismo teórico que termina por desbordarse en los últimos capítulos.

ANTROPOLOGÍA DE LA SEXUALIDAD

Para hacer acopio de materiales que arrojen luz sobre este campo, se gira visita a los supuestos paraísos sexuales, la conexión religiosa y, finalmente, los falsos y verdaderos problemas de la sexualidad. Negación de plano de la existencia de paraísos sexuales que las fantasías occidentales ubican en el Tahití del famoso viaje de Bouganville. Con buenas razones se deconstruyen las idílicas imágenes aportadas por Margaret Mead en su obra clásica sobre adolescencia y sexo en Samoa. En efecto, todas las sociedades conocidas regulan con normas y prohibiciones morales la actividad sexual. Las normas se imponen para resolver conflictos sociales, ejercer el poder y ennoblecer la vida tal como han pretendido profetas y fundadores de religiones. Pero conviene no olvidar que estas normas dibujan un paisaje en el cual casi cualquier cosa ha sido o será posible.

La religión, por otro lado, aparece como matriz de la sexualidad: la fertilidad, el misterio, el pecado, el mal, son fenómenos vinculados a menudo con las funciones sexuales y constituyen parte inextricable de la experiencia humana. La delicada sexualidad taoísta, los andróginos de Platón, los mitos sexuales gnósticos, la carne cristiana o el puritanismo protestante son otras tantas modulaciones de esa matriz religiosa. Pues bien, ante este abanico del imaginario religioso de la sexualidad, Marina propone que las religiones deben someter sus planteamientos en torno a esta cuestión a criterios éticos. Se trataría de recoger algo así como lo mejor de cada casa (la monogamia cristiana, el goce hinduista o la simetría del Yin/Yang chino), sometiéndolo a la (meta)normativa del Gran Proyecto Ético auspiciado por el autor. No parece importarle que este proyecto implique en cierta forma la desnaturalización de las religiones.

La ciencia, asimismo, habría progresado hasta evidenciar que estereotipos como los de la mujer maléfica y bruja, las impurezas de la menstruación o el parto, la trascendentalización del semen o la pretendida pasividad sexual femenina, no eran en realidad más que falsos problemas ya superados. Los verdaderos problemas serían aquellos relacionados con la procreación, el deseo y las expectativas en torno al sexo. Desde esta perspectiva, se analiza el instinto maternal y la invención del padre como claves que permiten la protección y socialización de la desvalida infancia, se critica la cantinela moderna del deseo, reivindicando los criterios clásicos de autocontrol y dominio de las pasiones, y los excesos de la llamada primera revolución sexual: revolución del ingenio y de la ingenuidad del sexo por el sexo, frente a la segunda revolución sexual propuesta por el autor desde una cabal y definitiva inteligencia creadora.

Nada serio que oponer a estas propuestas salvo, de nuevo, una mínima observación: la misma tecnociencia que, supuestamente, ha superado falsos problemas, crea otros (¿falsos, verdaderos?) a partir de la inseminación artificial, la posibilidad de elegir a la carta rasgos de la criatura, o la clonación, por no hablar del carácter instrumental –industria de las prestaciones sexuales– al que se reducen los placeres de la carne en la sociedad del espectáculo, despojándolos, precisamente, de aquellos misterios, enigmas y supersticiones de épocas pretéritas ya superadas. Pensamos, igualmente, que la verdadera desvinculación ética de la sexualidad se origina no tanto –como sostiene el autor– por los pasados excesos de una sexualidad sin freno y sin meta, como por la creciente autonomización de dos esferas antes ligadas por el coito: las voluptuosidades eróticas y la experiencia de la maternidad/paternidad.

EL GRAN PROYECTO ÉTICO Y LA SEXUALIDAD

La ambición del autor es la elaboración de una ética capaz de unificar felicidad privada y felicidad política como búsqueda de una sexualidad feliz. Pues bien, si hasta ahora nuestras reservas eran sólo de concepto (biología/cultura), o de tono (frente al entusiasmo de la inteligencia creadora), el advenimiento del Gran Proyecto Ético al servicio de una sexualidad feliz nos parece ciertamente inadecuado. Una moral transcultural como la que se propone, o es tautológica con los derechos humanos, o es una ilusión o, en el peor de los casos, un despropósito. Pero es que, además, teniendo en cuenta la que está cayendo, ya resulta peliagudo para el común de los mortales vivir un sexo más o menos divertido, sano, seguro o imaginativo como para pretender la institución de una sexualidad feliz. No parece que tenga ningún sentido proponer algo semejante porque la felicidad, el buen demonio que acompaña a ciertos hombres, se dice exclusivamente de los individuos.

Con los límites del respeto al prójimo, es tan válida, entrañable y humana una vida dedicada a Eros como otra dedicada a la maternidad/paternidad, a la virtud, al desarrollo de la inteligencia o a la amistad, si nos mantenemos en el ámbito aristotélico. Hoy ya estamos un poco de vuelta del ethos clásico y sabemos que la autorrealización de todas nuestras facultades es imposible, pues siempre, al privilegiar alguna, sacrificamos inevitablemente las demás. De ahí nuestro escepticismo y prevención frente a deberes sexuales creadores fundados en el Gran Proyecto Ético cuando terminan censurando comportamientos exclusivamente hedónicos o que implican una sistemática autodegradación. Sintagmas parecidos han legitimado todo tipo de atrocidades como para otorgarles de nuevo un estatuto político vinculante.

En definitiva, nos parecería más valioso y sensato cualquier intento de reflexión sobre la antropología de la sexualidad y su relación con la filogénesis de una razón humana anegada de valores, que un Gran Proyecto Ético que, llevado por una exaltación digna de mejor causa, pretende sentar las bases de una metaética de la felicidad sexual. El propio autor se da cuenta de la dificultad de su empeño y dictamina que «si no hay forma de justificar una postura universalmente válida en un tema tan fundamental, mi proyecto científico entero se viene abajo. Y entonces es mejor que me dedique a otra cosa». Tampoco aquí coincidimos. Creemos que lo contrario es cierto: la dificultad del asunto y, como decía el sofista, la brevedad de la vida humana, deberían convencernos de que ningún proyecto científico se viene abajo, porque, entre otras cosas, la ciencia no es tanto un diseño de grandes construcciones como una actividad que paciente, incansable y tenazmente interroga a una naturaleza que gusta de ocultarse.

01/05/2003

 
COMENTARIOS

Maruxa Oñate Español 12/09/14 17:16
Me encanta leer, releer y reflexionar sobre todo lo que dice Marina. Es un placer de dioses y cuando ya trae hasta nuestro aquí y ahora a Plantón me da un regusto... Doctora en psicología clínica, profesora durante más de 20 años a los de secundaria, me hace pensar mucho en sus reflexiones aunque en mi tesis difiriera de él básicamente en la Compasión considerándola mucho más rica que lo que dicen los autores. Aún así, dándole las gracias en mi tesis y dándoselas ahora en este artículo que para mí es la gran defensa del Deseo que es quien nos forma lo más íntimo de nuestro ser y sin duda quien lleva nuestro Instinto de Vida. Siempre quisiera tener he querido un bis a bis con él y nunca lo logro. Y lo más importante, siempre que leo algo suyo recuerdo el libro mayor trabajado por mí de los que ha escrito y considero maravilloso, creo que el primero: La Inteligencia Creadora. El que al final de todo, lo que buscamos los Seres Humanos es La Ética, me parece de una realidad diga de regio pensador. Yo también creo así, aunque parezca que me creo regia pensadora, pero es así. Es lo único que puede unificarnos a los hombres (en sentido genérico) lo único que acabaría con la violencia y con El maltrato tanto de hombre a mujer como de mujer a hombre que hoy en día está presente en muchas familias y parejas aunque digan en España que no. Ya me gustaría poder hablar con él donde fuera a la hora que fuera y en la forma que fuera (los correos electrónicos están de moda). Desde hace tiempo después de leerle saco un ejemplar para uno de mis fisioterapeutas que tiene un hijo pequeño y le sigo diciendo; léelo que es muy practico y ya sabes; con tu hijo ser exigente pero tierno es el único mandamiento de Marina para con los chicos que se vayan formando poco a poco. Quizá que en mi profesión una base de filosofía es primordial para mí o quizá que trabaja con semi adolescentes como yo. Un saludo muy afectuoso y si alguna vez me lees, ahí mando mi correo electrónico para intercambiar o conocernos algo mejor que aún no sabes que hubiera querido de ti en la Compasión. Maruxa Oñate Español Doctora en Psicología Clínica Colegiada nº M-1407. maruxita@telefonica.net. Argentina nº 13 Coslada 28820. Un saludo muy especial para José Antonio Marina. Me gusta la Clínica, me gusta la Psicología Clínica, pero me fascina la Docencia, es lo que me une a Marina junto a La Ética que creo es lo que sacaría a los seres humanos del ostracismo voluntario porque no saben lo peligroso que es. Desde el aburrimiento hasta la psicosis pasando por neurosis graves. Quizá leyendo a Lévinas fuéramos capaces los que estamos con adolescentes mostrarles otra forma de vida. Otro saludo afectuoso Maruxa

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