ARTÍCULO

Paglia en el ojo ajeno

Valdemar, Madrid
Trad. de Pilar Vázquez Álvarez
1.054 pp. 28 €
 

Camille Paglia ya está en las enciclopedias, y –más que eso– da con su nombre título a una publicación seria recién aparecida en Estados Unidos, Sex from Plato to Paglia: todo un logro que la relativamente joven profesora (está aún por cumplir los sesenta) sea en vida la omega del alfa de Platón en esa extensa «enciclopedia filosófica» en dos volúmenes compilada por Alan Soble. Hay, sin embargo, críticos adversos y académicos de su país que verían más apropiado colocar su nombre no junto al de Plato sino junto al de Pluto, el esforzado perro de Walt Disney, aventurándome yo a pensar que ella misma no se sentiría a disgusto sacada de la caverna de Platón y puesta en el mundo de los dibujos animados.
Confieso una debilidad por esta escritora, a la que vengo leyendo desde los primeros años noventa y hasta intentando hacer publicar en España por una prestigiosa editorial de ensayo, que llegó a adquirir sus derechos por insistencia mía y nunca los usó; afortunadamente intervino un tiempo después la siempre estimulante y atrevida Valdemar, que editó primero su recopilación de ensayos Vamps & Tramps y ahora ofrece a los lectores españoles este «mamut» de un millar de páginas en la colección que llaman «Intempestivas». Pero Camille Paglia no es, a mi juicio, intempestiva, sino lo contrario: una mujer rabiosamente de su tiempo que, después de estudiar con Harold Bloom, a quien sigue llamando maestro, tomó del autor del Canon occidental tres ejemplos: la voracidad lectora, la logomaquia y el instinto del espectáculo. Yo había leído por casualidad durante un viaje a Londres en el verano de 1991 su artículo sobre Madonna, «La Venus de las ondas radiofónicas», publicado en el suplemento dominical del diario The Independent, y me quedé con el nombre de la autora. Tres años después, en otro viaje, esta vez a Nueva York, lo que me llamó la atención fue la foto de la portada de su segundo libro, el antes citado Vamps & Tramps (que Valdemar llamó así, en inglés, pudiendo haberle puesto el atractivo y fiel título de Vampiresas y tigresas). En esa portada de la edición estadounidense, la catedrática de Humanidades de Filadelfia evocaba sin ambigüedad la imagen andrógina de un cuatrero del Oeste, con botas negras, pantalón de pitillo, blusa abierta vaquera y un cuchillo en el cinto; después abrías el libro y venía un índice con textos sobre «El pene desenvaina­do», el «Estalinismo Gay», la «Nefertiti de ­Brooklyn, Barbra Streisand» y otros temas no menos provocativos, todos unificados por la premisa que Paglia establecía en su introducción: reivindicar las «personas sexuales» ausentes (o silenciadas) en el feminismo contemporáneo. Sus heroínas en ese libro eran las fulanas (o broads) de Hollywood, las «superzorras» de opulencia mamaria de la pornografía yanqui, las diosas más efímeras del santoral moderno. Y alguna otra figura que pasaba, en su tratamiento de choque, de ángel a demonio, como Susan Sontag, venerada al leer, siendo aún Camille estudiante, Contra la interpretación, y descalificada años después por su intelectualismo francófilo, su desprecio de la cultura popular y por algo que resulta absurdamente grotesco proviniendo de Paglia, su «modo superficial de posar estilosamente».
Sontag, infinitamente mejor escritora que Paglia, es también acusada por ésta de cierto esnobismo vanguardista (lo que es cierto) y de haber nacido con el talento de Simone de Beau­voir y haberlo dilapidado por su falta de tenacidad, cua­lidad precisamente que le sobraba a la autora de La enfermedad y sus metáforas. Paglia no tiene la agudeza de Sontag ni el «mundo» de Beauvoir, pero ha leído mucho, ha aprovechado las enseñanzas más académicas de Bloom (circula, por ejemplo, con gran soltura entre los poetas románticos ingleses) y no carece de un ingenio malicioso a veces de devastadora eficacia, como cuando describe a Michel Foucault como el Cagliostro de nuestro tiempo. También es pintoresca y caprichosa en la elección de sus «personajes», revelando en ello dotes novelescas, como muy bien apunta Jesús Palacios al escribir, en su introducción al libro que reseñamos, que su lugar en las estanterías está junto a Plegarias atendidas de Capote, American Psycho de Easton Ellis, El secreto de Donna Tart, La dalia negra de James Ellroy y –ahí ya no le sigo por ignorancia– el Neuromante de William Gibson.
Sexual Personae tiene un extenso dramatis personae, que empieza, antes de la Nefertiti del subtítulo, con nuestros primeros padres: Adán muy apocado, casi un castrato por la falta del hueso que crea a la mujer, y Eva compareciendo como la primera y activísima femme fatale de la historia. Mil páginas después, el libro desemboca en Emily Dickinson, sobre la que Paglia escribe un extenso capítulo final lleno de sorpresas, aunque en la edición española algo estropeado por el verso (Pilar Vázquez Álvarez ha hecho una buena traducción de la obra, pero fracasa, y uno, que ha traducido a la norteamericana, simpatiza con ella, en las abundantes citas poéticas de quien, junto a Manley Hopkins, es seguramente el autor más difícil de la literatura en lengua inglesa). En su recorrido ensayístico, Paglia pasa de lo escolar a lo fantástico, y esa mezcla es uno de los atractivos de Sexual Personae. El segundo capítulo, «El nacimiento del ojo occidental», manifiesta a las claras, y no es el único, su origen lectivo, como sucede en tantas publicaciones de profesores; aun así tiene pasajes de gran brillantez, como el dedicado al «ojo intenso» de los más ilustres gatos literarios, desde Egipto a Baudelaire.
Paglia es morbosa, y sabe hacer uso de su capacidad llamativa, que algunos dirán chillona. Su recorrido desde el Edén perdido a la Nueva Inglaterra de Dickinson resulta vertiginoso, y no siempre el vuelo de sus reflexiones está a la misma altura; se nota mucho cuándo el tema que desarrolla ha de estar ahí por necesidades de guión y cuándo la figura o el período acotado le interesan de veras. En «La belleza pagana» desarrolla uno de los motivos centrales del libro, la androginia, y describe muy graciosamente al emperador Heliogábalo en sus anhelos de pasar por mujer o, cuando menos, hacerse puta de la soldadesca. Paglia va describiendo todas las estrategias del augusto «travesti», quien, disuadido por los dignatarios del imperio de la operación de cambio de sexo que pla­nea­ba, ofreció una fortuna a los médicos para que le construyeran una vagina artificial. A lo que añade Paglia: «La ciencia, que sólo recientemente ha conseguido perfeccionar este tipo de operación, va siempre a la zaga de la imaginación sexual».
En su relectura andrógina y libertina de numerosas obras literarias, la autora sí que muestra una fogosa imaginación, tanta que a veces se confunde con el wishful thinking. Así, no cabe duda del carácter abismal y regenerativo que el dolor adquiere en las obras del Marqués de Sade y Swinburne (y las páginas sobre este poeta inglés están, con las dedicadas a la pintura de Rossetti y Burne-Jones, entre lo mejor del libro), pero, ¿hay tanto acento lésbico en las imprecaciones líricas de Emily Dickinson? Paglia desmenuza con sagacidad la imaginería lacerante de su poesía (en mi opinión penitencial, no sádica), pero en más de una ocasión se deja arrastrar por el parti-pris de su tesis de partida, favorable a ver en féminas reales o de ficción una virilidad simbólica.
Sexual Personae tiene un colofón que más se diría un pliego de intenciones: «Voyeurismo, vampirismo, necrofilia, lesbianismo, sadomasoquismo, surrealismo sexual: la Madame de Sade de Amherst [la población natal de Dickinson] sigue esperando a que sus lectores la conozcan». Paglia es una gran «mirona» de textos y autores, una entrometida chispeante. Pretende rescatar los renglones suprimidos de la gran historia literaria y lo hace con desparpajo y una cualidad que ella misma achaca a la poetisa norteamericana: el desaire. En la página 925 del libro escribe que «Dickinson es una pionera entre las escritoras que han renunciado a la buena educación», significando con ello que la descortesía y el reto a las expectativas del lector son el mejor patrimonio de la libertad creadora. Paglia sigue esa senda a su manera: cumpliendo con el syllabus pero aspirando a ser una pin-up

01/06/2007

 
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