ARTÍCULO

Sermón gnóstico para norteamericanos milenaristas y nostálgicos del ángel de la guarda

Anagrama, Barcelona, 1997
Trad. de Damián Alou
290 págs.
 

Harold Bloom, molesto, disgustado y asqueado con la vulgar y obsesiva reaparición de los ángeles y los augurios milenaristas en la Nueva Era norteamericana, emprende un viaje hacia el pasado, por las sendas de la literatura religiosa de base gnóstica, para mostrar y recordar cuán magníficas fueron algunas de esas imágenes en sus orígenes, antes de degradarse en una iconografía abaratada y divulgada para consumo y consuelo de gentes con inquietud espiritual reacuñada a la última moda de los USA. El libro, que lleva el subtítulo de «La gnosis de los ángeles, el milenio y la resurrección», responde, pues, a una inquietud muy actual, muy de su contexto; es una réplica a las ansiedades del fin de milenio, y queda desde un comienzo con un programa muy bien definido. Por otro lado, tiene el habitual estilo aguzado, irónico y pedante de su autor, que agrada a sus adeptos y que resulta irritante a otros.

H. Bloom no oculta nunca su actitud personal en esa búsqueda del milenario saber gnóstico. Y esa su íntima simpatía gnóstica declarada desde el comienzo añade vivo interés a sus exposiciones y resúmenes didácticos, bastante sesgados a veces. Lo religioso se mezcla con lo literario, y, como Bloom ha dicho en alguna entrevista, se acaba diluyendo en literatura. Lo que, desde otro punto de vista, añade seriedad a ésta. Me parece que el modo más claro de presentar el conjunto de temas de su libro es citar, aunque sean largas, algunas frases de su prólogo:

«Mi experiencia y mis convicciones religiosas constituyen una forma de gnosis, y, en cierto sentido, todo este libro, y no sólo su epílogo, es una especie de sermón gnóstico. Mis inquietudes espirituales, al tiempo que son personales, judías y estadounidenses, poseen un elemento universal que surge de toda una vida de estudio de la gnosis, tanto la antigua como la moderna». Trata, pues, de «la angelología, un elemento casi premonitorio en los sueños», la «experiencia de una muerte casi cierta» y la inminencia del milenio (situado en años tan distintos como el 200, el 2001 o el 2033). «La imbricación de estas cuestiones es muy anterior a nuestra época, y podemos remontarla a la Persia o la Palestina antiguas, y a la Arabia, la Provenza o la España medievales. He tomado el gnosticismo cristiano, el sufismo musulmán chiíta y el cabalismo judío como fuentes explicativas, pues todas ellas ofrecen convincentes interpretaciones de los vínculos entre ángeles, sueños, viajes al más allá o manifestaciones de los cuerpos astrales y esperanzas mesiánicas. (...) En la actualidad casi todas mis interpretaciones de estas tradiciones son esencialmente propias y están influidas de modo evidente por mi concepción de lo que denomino la religión estadounidense, una fe sincrética y ampliamente extendida que me parece muy distinta del cristianismo europeo. El interés por la angelología, los sueños proféticos y las manifestaciones de una "muerte casi cierta" en tanto que presagios milenaristas es un fenómeno mundial, pero adquiere una intensidad peculiar en los Estados Unidos, pues el Cristo estadounidense suele ser más el Jesús de la Resurrección que el de la Crucifixión o la Ascensión».

La excursión por las sendas del gnosticismo es de amplios horizontes, como un viaje norteamericano programado con ánimo turístico y por los aires. Bloom suele indicar los libros que ha leído y que le permiten actuar de psicagogo iluminado por esos vericuetos un tanto mistéricos. Algunos de ellos son libros realmente importantes, como los de Jonas, Dodds, P. Brown, etc., y en general ha aprovechado bien sus lecturas. Pero conviene tomar sus resúmenes y sus asertos con ciertas cautelas porque, llevado de su inspiración, Bloom gusta de expresiones demasiado tajantes y paralelos históricos brumosos. Por ejemplo, es verdad que los viajes del alma al más allá, los ángeles, los sueños proféticos y las inquietudes milenaristas se dan en esas tradiciones, pero no es nada claro que estén a menudo imbricadas. Es muy probable que el zoroastrismo haya influido en las religiones de pueblos vecinos al antiguo Irán, pero es erróneo situar a Zaratustra hacia el 1500 a.C. (como escribe en las págs. 15 y 34), y no en el siglo VI a.C. (nueve siglos son muchos para un salto). Expresiones del tipo (en la pág. 131) «Como Hermes, el que resucita las almas y tanto puede sacarlas del infierno como llevarlas allí, el chamán es el ejemplo práctico de la verdad heraclitana de que el camino hacia abajo o hacia arriba es uno» suscitan recelos. Porque el Hermes clásico no resucita a nadie nunca, y como guía de las almas ejerce una función limitada a guiar su peregrinaje hasta el Aqueronte. (Tampoco el Trimegisto se dedica a resucitar almas.) Los caminos del chamán poco tiene que ver con el dicho de Heráclito. Decir que «el Jesús popular, en casi todas partes, es el chamán universal» me parece un aserto metafórico de escasa precisión. (En la misma página.)

Como en otros libros, se le nota a Bloom su mayor conocimiento de ciertas tradiciones, como es el caso de la bíblica y de la judía, y su escasa penetración en otras, como la clásica griega y latina. Por eso tiende a subrayar los precedentes judíos de algunas ideas y pasa por alto otros. Por ejemplo, el que las figuras de los ángeles se presentan como las de niños alados jugueteando entre nubes, imagen popular ampliamente prodigada en el Barroco, parece una clara influencia de los Erotes o amorcillos del período helenístico, recobrados por los artistas del Renacimiento, y luego divulgados por la imaginación popular. Esa es la explicación que no se apunta aquí, pero que se le ocurriría, pienso, a cualquier mediano conocedor del arte helenístico.

Por otra parte, hay frases que sorprenden al pronto, en las que es difícil calibrar su sentido irónico, como ésta de la pág. 151: «Los estadounidenses realmente creen que Dios les ama, y a menudo interpretan ese amor dando a entender que han caminado con Jesús, el Jesús que deambuló con sus discípulos durante los cuarenta días que mediaron entre la Resurrección y la Ascención». (Ojalá también aquí Bloom diera la cifra estadística de cuántos compatriotas suyos tienen esa creencia. ¡Qué suerte tienen algunos!) Y hay tratamientos críticos bastante sugerentes, como las páginas dedicadas al método freudiano de la interpretación de los sueños. Bloom elogia la importancia del libro de Freud de 1900, y lo considera uno de los grandes textos del siglo, pero sobre todo por su valor literario, al tiempo que le aplica a su autor como genio intelectual un tipo de crítica sumamente deconstructiva.

Consignadas aquí, con puntuales ejemplos, todas estas advertencias, hay que decir que esta apología del gnosticismo como anhelo y actitud espiritual de lejanas raíces cumple sus objetivos. La excursión por el prestigioso pasado religioso y sus imágenes literarias evoca un estupendo horizonte –más a brochazos que con erudición propia, pero eso es secundario– y quienes sientan el atractivo o la inquietud de esos hondos temas pueden aventurarse por estas páginas brillantes y sinuosas, apasionadas e irónicas a trechos. (Incluso los lectores que no sean norteamericanos milenaristas tal vez saquen provecho de estas lecturas.) Recordar que ciertas actitudes de nuestro presente envilecido y trivializado semejan ecos de creencias antiguas de enorme fuerza religiosa e intelectual me parece un digno empeño, aunque el estilo del sermón sea demasiado pretencioso.

Acabemos con otra cita, ya del final del libro, que expresa muy bien el sentido en que aquí Bloom emplea el término omnipresente de gnóstico, un término que blande como bandera de unos creyentes perseguidos, agónicos, y siempre contestatarios: «Si puedes aceptar a un Dios que coexiste con los campos de exterminio, la esquizofrenia y el sida, y sigue siendo todopoderoso y bondadoso, entonces tienes fe y has aceptado la alianza con Yahvé, o la expiación de Cristo, o la sumisión al islam. Si sabes que tienes una afinidad con el dios ajeno, extraño, separado de este mundo, entonces eres un gnóstico, y quizás los mejores y más intensos momentos todavía estén por llegar a lo mejor y más antiguo que hay en ti, el aliento o chispa que precede mucho a la creación». Con o sin milenio, los gnósticos merecen un repaso.

01/10/1997

 
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