ARTÍCULO

Sentimentalismo y cursilería

Edic. del Bronce, Barcelona, 1997
Trad. de Asumpta Roura
238 págs.
 

Esta novela podría haber constituido todavía hoy una reflexión seria y más o menos universal sobre la felicidad del hombre y la mujer, pero la pérdida de vigencia de sus planteamientos, debida no tanto al hecho de que hayan cambiado desde su publicación en 1928 algunas categorías como las de familia, pareja o relación amorosa, sino más bien a la debilidad y a la superficialidad con que su autor, André Maurois (1885-1967), aborda el análisis de los sentimientos humanos, la convierte en un relato átono y anacrónico que ni siquiera el cuidado estilo con que está escrita consigue elevar.

Esta escasez de relieve acaba tributando al tono general de blandura y sentimentalismo que envuelve a las dos historias que se cuentan en sus páginas (la historia de Odile y la historia de Isabelle), y que cualquier iniciado en la lectura de fotonovelas debe poder identificar sin duda a la primera. Su manera convencional de enfrentarse a los asuntos principales del mundo íntimo y afectivo de los seres humanos; la psicología somera con que se refiere al lado oscuro de ese mundo, el desamor, la infidelidad, los celos; el ojo muy elemental que le echa a la imposible amistad entre hombres y mujeres, por más que propongan una visión amable para el lector, aunque sea un punto amarga, acaban decepcionando por su simpleza sin par a quienquiera que en una novela busca toda la emoción posible y todos los pensamientos posibles sobre un determinado hecho o suceso.

El tiempo nos ha dado muchas novelas de amor. Puede decirse incluso que casi todas las grandes de nuestra tradición lo son. En ellas es crucial el desacuerdo entre el tumulto de la espera y la resolución de los acontecimientos. Pero en Climas se halaga sistemáticamente cualquier bienintencionada suposición del bien dispuesto lector con un seminario completo de lugares comunes.

Por eso no hay historiador de la literatura que hoy pueda defender a André Maurois como novelista. Fue un apreciado divulgador y un aficionado a la historia que escribió unas cuantas biografías literarias también apreciables, pero no un escritor de ficción con mérito, y así hay que sancionarlo si juzgamos la media docena de novelas que dejó, de las cuales esta de Climas es, además, la mejor y más valorada. Si acaso hubiera que destacar una virtud en ella sería la habilidad narrativa con que cada uno de los narradores salva al otro que ama. Esta virtud se repite en alguna de las otras cinco novelas (en particular en La Cercle de Famille (1932) y El instinto de la felicidad (1934), publicada también por Ediciones del Bronce), pero es más bien producto de una ley propia del amor, que Maurois respeta, que de una necesidad de la ficción. Fuera de eso, el relato (o los relatos, pues hay dos, contados por narradores distintos, como ya dije) avanza en párrafos de pauta distraída que ignoran el espesor traslúcido que existe entre los pensamientos y los objetos, razón por la cual su lectura transmite la plana sensación de las sinopsis, de los cuadros de costumbres o de las anécdotas juveniles.

Sin forzar su talento, pues, con la sagacidad propia de quien atisba sus límites, Maurois entrega en Climas la crónica protocolaria de la educación sentimental de un joven rico en la Francia de principios de siglo.

La obra está compuesta de dos confesiones enfrentadas en una estructura simétrica tan precisa como refinados son los ambientes en los que se mueven los personajes y atildadas las efusiones sentimentales de sus espíritus, de manera que el resultado se les ha de hacer agradable a los que tengan alguna familiaridad con la literatura rosa.

En la primera parte, Philippe Marcenat, que reproduce la peripecia conyugal de su creador, que también se casó dos veces, ordena su vida amorosa bajo las palabras Caballero, Cínico, Celos y Rival, que amparan otras tantas situaciones afectivas, para concluir con la creencia de aquel personaje de Rigoletto de que la mujer es inestable y necesita una guía fuerte: «No basta con amar mucho para retener a quien amas; hay que llenar su vida constantemente de cosas nuevas». Philippe vive su drama amoroso con su mujer, Odile, no como un drama de la pasión, sino como un drama del orgullo. Finalmente, los celos minan la seguridad que él tiene en su propio amor, cuyo territorio va siendo invadido por zonas de odio y reproche, de melancolía y pesar, de amargura. Pero no es más que el primer asalto de la pelea de gallos en que Maurois convierte el amor.

En la segunda parte, Philippe se vuelve a casar –esta vez con Isabelle– y se resarce: fase por fase, Isabelle experimenta todas las desgracias sentimentales por las que antes pasara Philippe en su relación con Odile. Pero mientras el hombre había vivido obsesionado con su Rival, la mujer acaba comprendiendo a sus oponentes y la infidelidad primordial de su marido. En ninguno de los casos, la clase de meditación a que dan lugar los celos llevan a la extravagancia que es común aceptar en quienes los padecen, ni a la profundización de un dolor que tan buena renta novelesca procura a quien sabe administrarla en una historia.

Mas el hecho de que Philippe Marcenat no sea Alceste o Desdémona, e Isabelle de Cheverny no sea Celimena u Otelo, y que todo permanezca en el terreno de las pequeñas desgracias «risueñas», tiene aquí una base falocrática que deja en evidencia al autor, el cual, con sus desenlaces demasiado poco atentos, deja que el peso de una forma masculina encarnada en las mentalidades de unos y otros personajes aplaste con su nulo respeto por la persona a las mujeres en las dos historias. Así, uno pasa atónito por diálogos como éstos: «–¿La consideras inteligente? –Para ser una mujer, sí que lo es...», «–¿Cómo te explicas que a ellos les resulte tan atractiva? –Porque sabe ser muy femenina.» Y por frases como ésta: «Un hombre no se entrega totalmente al amor: tiene su trabajo, sus amigos, sus ideas. En cambio, una mujer como yo no puede sino vivir para amar». Se comprenderá que con este contrapunto femenino que compone Isabelle, Maurois, que escribe en los años veinte de la primera liberación de la mujer, se viera obligado a poner fin a su novela de manera abrupta para saltarse el inevitable «y fueron felices y comieron perdices» que la hubiera arruinado definitivamente.

01/08/1998

 
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