ARTÍCULO

Sensaciones y artimañas

Ediciones Lengua de Trapo, Madrid, 254 págs.
 

Así como hay escritores, y no me refiero necesariamente a los practicantes del realismo comme il faut, que gustan de presentar su oferta totalmente hecha, sin resquicios ni abandonos a la inteligencia lectora, los hay que optan por dejar que sea ésta la que campe por sus respetos. De esta manera se cumple el precepto que habla de la lectura como un proceso creativo en el que receptor y emisor se igualan. Luis Pérez Ortiz parece ser un firme partidario de la democracia literaria, al menos en lo que se refiere a la libre participación del lector en sus proyectos. Es decir, el autor de Balneario de almas deja todo suspendido (antes decíamos abierto) y la portada del libro no miente, para que su última entrega deje todo tipo de lugar a las dudas. De esta manera la concepción beckttiana (y bernhardiana) de Pérez Ortiz de la existencia –literaria– se va transmitiendo a un lector, si no rendido siempre complicado, me resisto a emplear el adjetivo cómplice, en las artimañas narrativas de este autor. Éste en su afán implicativo nos entrega un capítulo, el XII, el de las «revelaciones», del que bien hubiera podido prescindir, y es que si una imagen vale por mil palabras una insinuación (y el libro está lleno de ellas) supera a miles de explicaciones. Y vayamos al argumento de Balneario de almas que gira en torno al celador de un establecimiento balnear, Germán Saabedra, en quien la realidad y el ensueño parecen territorios afines. Que Saabedra se apellide así es además de un homenaje todo un síntoma. Y es que después del Ingenioso Hidalgo nadie podrá deslindar impunemente lo verdadero de lo impreciso y Germán Saabedra no es una excepción. De hecho siempre nos quedará la duda de si sus hazañas baloncestísticas (por cierto, su mayor habilidad es el tiro en suspensión, otro matiz) son algo más que una mera ensoñación. Y consecuentemente lo mismo podríamos decir de sus amores con Alicia Valdés. Hecha esta salvedad digamos que Germán Saabedra desarrolla con coherencia su labor de probo conserje, más que retratado, definido a base de sentimientos o sensaciones por Luis Pérez Ortiz, no las menores las que provoca una pelirroja camarera, auténtico personaje fantasmal y por lo tanto con sus atisbos de gótico, en las páginas más eróticas de un libro ciertamente asexuado dentro de la tónica aséptica de este autor, lo que sin duda es otro cantar. Ahora la narración, siempre sutileza, se desliza hacia la atmósfera del thriller, aunque rebajado por el ralentí y suspensión que Luis Pérez Ortiz imprime a su estilo (y concepto). Como sucede con Irene Velasco, su inquietante aparición y la muerte violenta que sufre. El estilo de Luis Pérez Ortiz, por otra parte, tiene en el aire rabiosamente personal que le imprime la primera persona, un tono muy subjetivo, también expresionista, al que subrayan las notas del omnipresente Claro de luna debussyano. Todo pues en un punto y timing de lo más ajustado. En novela tan limpia, en caligrafía y despliegue de datos y personajes, están de más las explicaciones –o revelaciones– finales, que muy poco añaden y sin duda entorpecen la reflexión lectora.

01/12/2000

 
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