ARTÍCULO

Enfermos de poder

 

David Owen (Plymouth, 1938) fue ministro de Marina, luego de Sanidad (1974-1976) y, más tarde (1977-1979), de Asuntos Exteriores, este último cargo en el Gobierno de James Callaghan. En 1981, junto con otros notables escindidos del laborismo, fundó el Partido Socialdemócrata, que él mismo dirigió entre 1983 y 1990.
Owen pertenece a una familia de médicos y entre ellos hubo algunos que, como él, se dedicaron también a la política, especialmente en el ámbito local. En 1959, cuando aún estudiaba Medicina, Owen se afilió al Partido Laborista. Se presentó por primera vez como candidato al Parlamento en 1962, en un distrito en el que no podía ganar. En esa época ya trabajaba en el Saint Thomas’ Hospital, al otro lado del río, frente al palacio de Westminster, sede del Parlamento británico. Allí, en el Saint Thomas’, se especializó en neurología. En 1966 se presentó de nuevo a las elecciones y las ganó.
«Pensando en ello ahora –escribe Owen en el libro que aquí se comenta–, yo debería haber sabido que el que me eligieran como candidato podría cambiar mi vida, pero, aunque resulte difícil de creer, seguí sin darme cuenta de que probablemente llegaría a ser diputado. Sin embargo, hice una especie de elección: quería tener por lo menos la oportunidad de pintar en un lienzo más grande. Aunque no tomara una decisión definitiva de elegir la política, estaba abierto a la posibilidad de que los electores pudieran hacer esa elección en mi lugar. Aun así, fue para mí una sorpresa verme, al día siguiente de los comicios, convertido en miembro de la Cámara de los Comunes». Y allí, en los Comunes, siguió durante veintiséis años, hasta que en 1992 renunció al escaño.
El autor explica así el origen de este libro: «La medida en que la enfermedad puede afectar a los procesos de gobierno y a la toma de decisiones de los dirigentes, engendrando locura en el sentido de estupidez, obstinación o irreflexión, es un tema con el que me enfrenté de forma muy directa en una serie de ocasiones después de ser nombrado ministro de Asuntos Exteriores y me ha interesado desde entonces. Me fascinaban también aquellos líderes que no estaban enfermos y cuyas facultades cognitivas funcionaban correctamente, pero desarrollaron lo que he venido a describir como ‘síndrome de hybris’. […] Tuve ocasión de observar también bastante de cerca a otros cuatro primeros ministros británicos: Edward Heath, Margaret Thatcher, John Major y Tony Blair. Es en esta circunstancia, poco habitual, de más de cuarenta años de participación en la medicina y la política como me he propuesto examinar los pasados episodios de mala salud en jefes de Estado y de Gobierno de todo el mundo, yuxtaponiendo sus dolencias y los acontecimientos políticos de la época para que los lectores puedan juzgar por sí mismos las interrelaciones de aquellas y estos».
La hybris, síndrome muy presente en el libro de Owen, no es propiamente un término médico y proviene de la antigua Grecia. Hay un pasaje de Platón (en su Fedro) en el que se lee: «Un deseo que, arrastrándonos irrazonablemente a los placeres, nos gobierna. A ese impulso se le denomina hybris [intemperancia]». Por su parte, Aristóteles sostiene en su Retórica que el placer que se busca en un acto de hybris «consiste en mostrar nuestra superioridad sobre los demás».
Owen asegura que los síntomas del síndrome de hybris aumentan en intensidad con la permanencia del sujeto en el poder. Esos síntomas pueden resumirse así: a) Una tendencia a ver el mundo como escenario para la gloria personal y no como un lugar lleno de problemas a resolver; b) obsesión por la imagen; c) una forma mesiánica y exaltada de hablar; d) la identificación del sujeto con el Estado o la Nación; e) desprecio de las críticas; f) exagerada fe en sí mismo y en su capacidad para solucionar problemas; g) creerse responsable solo ante Dios o ante la Historia; h) irreflexión e impulsividad; i) pérdida de contacto con la realidad; j) desprecio por el coste y los efectos perversos de las propias decisiones; y k) falta de atención a los detalles, a menudo aliada con una creciente negligencia. Los factores exteriores que acrecientan la probabilidad de caer en la hybris son: 1) La facilidad con que se han conseguido los éxitos (confianza en la suerte personal); 2) la falta de controles del poder personal; y 3) el tiempo (cuanto más tiempo en el poder, mayor probabilidad de caer en la hybris).
La profesión médica, con razón, evita expresiones como «locura» y «demencia» cuando se habla de la salud mental. Pero durante siglos se ha observado que algo le ocurre a la estabilidad mental de algunas personas cuando están en el poder. La expresión de Bertrand Russell «embriaguez del poder» capta muy bien la relación causal entre detentar el poder y una conducta aberrante que tiene un tufo a inestabilidad mental. El poder es una droga dura que no todos los líderes políticos tienen el firme carácter necesario para contrarrestar: una combinación de sentido común, sentido del humor, decencia, escepticismo e incluso cinismo que trate el poder como lo que es, una privilegiada oportunidad para servir y para influir en la marcha de los acontecimientos, y en ocasiones determinarla. Por su parte, el sociólogo Daniel Bell ha sugerido que la hybris es signo de los tiempos: «La hybris moderna es la negación a aceptar unos límites, la insistencia en ir constantemente más lejos. El mundo moderno propone un destino que está siempre más allá: más allá de la moral, más allá de la tragedia, más allá de cultura».
En la primera parte del ensayo, David Owen repasa el carácter, la actividad y los achaques de una treintena de líderes mundiales del siglo XX, comenzando por Theodore Roosevelt y concluyendo con Ariel Sharon. Una buena parte de ellos son británicos (Herbert Asquith, Henry Campbell, David Lloyd George, Warren Harding, Stanley Baldwin, James MacDonald, Arthur Neville Chamberlain, Winston Churchill, Harold Macmillan, Harold Wilson, Edward Heath y Margaret Thatcher) y otros norteamericanos (Woodrow Wilson, Franklin D. Roosevelt, Dwight D. Eisenhower, Lyndon Johnson, John Nixon, Ronald Reagan y George Bush padre). Dos alemanes (Adolf Hitler y Willy Brandt) y tres franceses (Charles de Gaulle, Georges Pompidou y Jacques Chirac) y varios soviéticos (Josef Stalin, los «viejos» anteriores a Mijaíl Gorbachov y Boris Yeltsin). También están un italiano (Benito Mussolini), un chino (Mao Zedong) y el ya citado israelí Ariel Sharon: esa es la nómina que repasa Owen. Una lista sesgada hacia la zona del mundo que mejor conoce el autor, pero de muy apreciable valor divulgativo y no poca brillantez en el análisis. Owen concluye lo siguiente acerca de algunos de los líderes analizados: «Jefes de Estado o de Gobierno democráticos que padecieron síndrome de hybris en el pasado siglo, aparte de Chamberlain y Blair, son David Lloyd George, Margaret Thatcher y George W. Bush. Theodore Roosevelt y Lyndon Johnson sufrieron hybris, pero se les diagnosticó trastorno bipolar. Woodrow Wilson tuvo hybris, pero sufrió arteriosclerosis, repetidos derrames y demencia. Franklin Roosevelt pareció estar dominado por la hybris cuando, en 1937, libró y perdió una batalla con el Congreso por el Plan de Reorganización del Poder Judicial, que afectaba al nombramiento de jueces para el Tribunal Supremo. Pero, por fortuna, tenía sentido del humor y un cierto cinismo, lo que supuso que nunca perdiera las amarras en el sistema democrático. De los dictadores, Adolf Hitler desarrolló síndrome de hybris. Benito Mussolini era depresivo y tal vez tuviera trastorno bipolar, y posiblemente Mao Zedong también. Ambos eran, por naturaleza, proclives a la hybris. Nikita Jrushchev padecía hipomanía, al igual que bastantes dictadores».
En la segunda parte del ensayo, Owen aborda cuatro historiales: Anthony Eden y la crisis de Suez, la salud del presidente Kennedy, la enfermedad del Sah de Persia y el cáncer de próstata de François Mitterrand. El caso más curioso es el de Eden, brillante ministro de Asuntos Exteriores con Churchill, que había llegado al liderato del Partido Conservador y a la jefatura del Gobierno quizás algo tarde (Churchill se resistió siempre a ceder su puesto), pero era persona sensata y experimentada cuando ocupó el cargo, en el cual cometería una de las pifias mayores jamás protagonizadas por ningún político británico: la invasión de Suez (Nasser había nacionalizado el canal).
El 2 de septiembre de 1956, el presidente Eisenhower envió a Eden este telegrama: «Tengo que decirle con franqueza que la opinión pública estadounidense rechaza de plano el uso de la fuerza. La verdad es que no veo cómo podría obtenerse un resultado afortunado por medios forzosos». Pese a eso, y a las advertencias de los soviéticos, Eden, apoyado por los franceses, invadió Egipto, para salir de allí poco después con el rabo entre las piernas. Un fiasco monumental que lo enterró políticamente.
La agenda de Eden muestra que consultó a sir Horace Evans y a otros médicos al menos en diez ocasiones entre la nacionalización del Canal de Suez y los últimos días de octubre. El fin de semana del 5 al 8 de octubre lo pasó en el hospital. En su diario apenas hay entradas de la época de la crisis de Suez, pero en una de ellas, la del 21 de agosto, dice: «Me encontraba fatal después de una mala noche. Despierto desde las 3,30 a.m. y con dolores. Al final tuve que tomar petidina y, como era de esperar, vinieron los médicos». Eden, «bajo prescripción médica», tomó también barbitúricos, como han hecho y siguen haciendo muchos políticos para conseguir descansar y dormir. En ocasiones también tomó anfetaminas para levantar el ánimo.
Eden arrastraba una mala salud a causa de una operación trivial (extirpación de la vesícula) que, en lugar de ser realizada en el entonces magnífico Servicio Nacional de Salud británico, el paciente puso en manos de un médico «amigo» que estuvo a punto de matarlo, dejándole malas y dolorosas secuelas que hubo de soportar el resto de su vida.
En esta parte del libro, el caso que más me ha llamado la atención ha sido el de François Mitterrand, un auténtico campeón del ocultismo y de la manipulación. En efecto, cuando obtuvo la Presidencia de Francia en 1981 estaba aún muy presente la muerte de Georges Pompidou, víctima de un cáncer cuyo tratamiento con cortisona era evidente, pues había hinchado su rostro de forma notable, mientras el Elíseo seguía sosteniendo que el presidente Pompidou gozaba de una salud de hierro. Por eso, durante la campaña electoral, Mitterrand prometió que, si ganaba las elecciones, haría público, con periodicidad semestral, un informe preciso sobre su estado de salud.
El 7 de noviembre de 1981, su médico personal, Claude Gubler, llevó a Mitterrand en su automóvil particular hasta el hospital militar de Val-de-Grâce, donde, bajo un nombre falso, se le sometió a una batería de pruebas, de las cuales se dedujo que el presidente sufría un avanzado cáncer de próstata que ya le había invadido los huesos y con un mal pronóstico: una supervivencia media de tres años. «Ocurra lo que ocurra, usted no debe revelar nada», le dijo Mitterrand a Gubler. El médico se vio obligado a falsificar los sucesivos informes semestrales hasta el 11 de septiembre de 1992, cuando el presidente estaba ya muy deteriorado y hubo de operarse. ¡Habían pasado once años de secretismo! No debió de ser tarea fácil, pues Mitterrand no dejó de viajar y de acudir a cuantas reuniones le obligaba el cargo. Cuenta Owen que la obsesión por el secreto le hizo ordenar que los retretes donde hacía sus necesidades fueran limpiados a fondo, de suerte que si alguien los analizaba no encontrara rastro de la medicación que estaba tomando y no pudiera detectar a través de ella la enfermedad que estaba padeciendo. Cuando llegó la hora de decidir si iba a presentarse a la reelección, Mitterrand ni siquiera se lo consultó a sus médicos. Se presentó y volvió a ganar.
El 8 de enero de 1996, ocho meses después de finalizar su segundo mandato presidencial, Mitterrand murió, tras haber abandonado la medicación. Resistir catorce años con la amenaza de una muerte cierta sin confesárselo ni a su esposa, ni a su amante, ni a sus hijos, no debió de ser cosa fácil. Y entretanto realizó una incansable labor de gobierno que, vista en la distancia, resulta hoy muy positiva para Francia y, sobre todo, para Europa.
La tercera parte del ensayo, «La embriaguez del poder», le resultará al lector, probablemente, la más clarificadora, no solo por la proximidad temporal de los hechos (la guerra de Irak) y de los personajes (George Bush hijo y Tony Blair), sino también por lo novedoso del enfoque y, sobre todo, por el profundo conocimiento que de lo ocurrido y de los actores políticos y militares demuestra el autor. Es cierto que a estas alturas se conocen muchas cosas de los errores y mentiras que llevaron al desastre de Irak, pero Owen consigue imprimirle a la narración una luz nueva.
Estamos, en suma, ante un libro original, lleno de matices y no exento de sorpresas, virtudes todas ellas que hacen recomendable su lectura.

01/12/2011

 
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