ARTÍCULO

Se despeja la incógnita de la generación X

Destino, Barcelona
226 pp. 17 €
 

Hay libros que uno lee con la esperanza de encontrar una bella historia o un relato interesante, algunos incluso sorprenden porque ofrecen un universo, un sistema de pensamiento particular, único, de escritor. La mayoría de las veces sucede que el nombre que figura como responsable del volumen remite simplemente a un autor. Es decir, a un señor que publica en una determinada editorial, cuyos libros se venden por una cierta cantidad, y que con un poco de suerte se ganará la vida por unos años en este empeño de la escritura. José Ángel Mañas, un firme valor de la narrativa actual española, acaba de despejar la incógnita de la X de su generación. La promesa de un grupo de escritores, a cuya cabeza figuraba su nombre, ha cedido a la tentación de ser un autor. Su reaparición en el escenario comercial de las letras españolas ha sido recibido apropiadamente como una campaña autorial, el acontecimiento de que un autor de la generación neorrealista, con unos pocos años más encima y un perfil más profesional, ofrece una obra profesionalmente escrita. Las entrevistas concedidas a la prensa confirman la primera impresión: Mañas se expresa con la tibieza propia de quien busca un resultado tangible.
Matizo un poco más. No hay que confundir a un escritor con un autor, ni con un sublimado del escritor: el artista. Este último dicen que ha muerto; el autor, no autoridad, sino firma comercial, es el que predomina en estos tiempos. Los escritores son en realidad pocos, y se les conoce porque poseen un universo personal. Mañas, en mi opinión, intentaba en sus primeras novelas, especialmente en Historias del Kronen (1994), Mensaka y Ciudad rayada, ser un escritor, contar las frustraciones de la gente de su edad. Su éxito, medido por la cantidad de lectores, provenía de las extralimitaciones temáticas, mucho sexo y abundante música rock, que fueron los clichés utilizados con buen ojo por la crítica conservadora para arremeter contra estos libros. Sólo unos pocos reconocieron la novedad neta de Mañas y su generación. Me refiero a que en el texto verbal chocaban dos códigos, el visual y el perceptual, en vez de complementarse. La información visual, mimética, realista, volumétrica, si se me permite, acompaña en los textos verbales a la perceptual, que media y procesa la información visual añadiéndole luz,color y sonido.Lo nuevo de esta conjunción neorrealista era que las características perceptuales rayaban las visuales. La película que se hizo de Historias del Kronen utilizó un cartel publicitario que permite explicar con celeridad lo dicho. Aparecen dos jóvenes colgados de un puente de la M-30 madrileña: juegan una apuesta para ver quién aguanta más. La imagen visual habla del espacio donde ocurre ­el puente, los chicos colgados­, mientras el código perceptual sobrepasa en importancia en esta escena a lo meramente visual, que se acomoda a la realidad constatable: una autopista, unos chicos haciendo el animal. Lo sensorio, lo percibido, supera esa «normalidad» del campo visual, sus coordinadas volumétricas: que ocurre de noche, por ejemplo, que establece unas conexiones inesperadas en la conducta. La mayor parte de los críticos utilizaron el hecho de que muchas de estas transgresiones perceptuales eran sugeridas gráficamente, por un léxico no convencional, para desahuciar esta manera narrativa. La cercanía de la prosa de los experimentos de la generación X con la sinestesia, considerada durante años como un síntoma de locura, probablemente subyace a estos juicios tradicionalistas.
Decía que Mañas buscaba el éxito: normal. Lo curioso es que no ha cambiado de registro.Al terminar la lectura de las primeras páginas de Caso Karen, escribí en mis notas: Mañas sigue adicto a la violencia. El tema de su última entrega narra la muerte de una conocida novelista, y su trama consiste en averiguar quién la arrojó por un balcón de su casa a la muerte.Tipos malencarados, policías, escritores, drogas y demás amueblan esta narración. Podemos añadir que la obra está muy bien construida; me refiero al hecho de que la investigación hecha por dos policías del asesinato, narrada en forma caleidoscópica, tan popular en estos días, está impecablemente montada.También la capacidad de mezclar de forma sinestésica sentimientos o percepciones provenientes de diversas modalidades del nivel sensorial enriquecen su prosa.
Sin embargo, el tema elegido, la muerte de una novelista de éxito claramente identificable con Lucía Etxebarría, y el uso de otros diversos acontecimientos verídicos, como una reunión de jóvenes narradores, propiciada por la revista El extramundi de la Fundación Camilo José Cela en Iria Flavia, las reiteradas alusiones a editores, que son la mezcla de varias personas conocidas en esos medios, la acerca al mal gusto, simplemente porque utiliza la información privilegiada para montar una trama. E incluso ese intento de denuncia implícita acerca demasiado a las personas a su figura simbólica, desdibujando a ambas.
La diferencia entre sus anteriores novelas, las tres mencionadas, que son mis favoritas, proviene de que en aquéllas representaba las formas de comportamiento y conducta de los jóvenes en los años noventa, un poco la resaca de la movida madrileña, mientras que en el caso presente se denuncian los modos y maneras de la vida literaria, y se utiliza a varios personajes de esta esfera social, muy fácilmente reconocibles como queda dicho, como símbolos de lo que está mal dentro de ese colectivo humano, la feria de vanidades, la vida en el carril rápido, el comercialismo, etcétera. Todo termina con la caída por la ventana de la protagonista, un asesinato fortuito. En el fondo hallamos una denuncia lanzada al aire, carente de consecuencia alguna, desde luego ninguna de carácter moral. Es decir, que la novela acaba siendo un poco como escupir al viento, que te suele caer de nuevo en la cara. Las novelas anteriores supusieron un enfrentamiento con el poder y el estatus social de la euroburguesía española y su permisividad familiar y social. El Caso Karen es una caricatura de la vida literaria, pero que en vez de articular una denuncia de sus modos de proceder, se desvía por los caminos de la novela de detectives, y deviene en un mero entretenimiento. Novela, pues, aconsejable como un buen entretenimiento, escrita por un hombre con enorme potencial literario.

01/08/2005

 
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