ARTÍCULO

Libros que matan

 

No puedo recordar a Hitler sin libros. Los libros eran su mundo», así lo afirmó un amigo de juventud del fundador del Tercer Reich alemán. En la tipología de los dictadores, no es infrecuente el caso de aquellos que dedicaron a la lectura una buena parte de su tiempo, que buscaron en los libros aliento o consuelo, e incluso que se mostraron hacia ellos mucho más humanos que hacia los pueblos que padecieron su tiranía. Stalin, por ejemplo, que dejó a su muerte una biblioteca de veinte mil volúmenes, fue, como Hitler, un lector compulsivo, capaz de leer hasta quinientas páginas al día. El dato resulta particularmente asombroso, porque cuesta creer que alguien haya podido leer tanto y matar tanto al mismo tiempo. Hitler y Stalin pertenecían sin duda a esa especie, no tan rara, de dictadores que amaban los libros y odiaban a los hombres. En el caso del Führer, que añadía a ello su amor a los animales y sus arraigadas convicciones vegetarianas, es posible que todo forme parte de un mismo trauma personal, originado ya en su infancia, que le llevó a ver en sus semejantes la causa de su sufrimiento y en la lectura una fuente de inspiración y autoestima para su alma atormentada. Lo dijo él mismo en cierta ocasión: «Yo tomo cuanto necesito de los libros».
Si es cierto que somos lo que leemos, nada mejor para conocer la personalidad de Hitler que saber cuáles fueron los libros que le llevaron a ser quien fue. Tal es la pregunta que ha impulsado al historiador norteamericano Timothy W. Ryback a escribir esta sugerente obra, en la que nos ofrece un inventario parcial de la biblioteca del Gran Dictador y un estudio muy detallado de sus lecturas y de la influencia que pudieran haber tenido en su personalidad. En cuanto a la magnitud de la biblioteca de Hitler, Ryback parece dar por buena la estimación de 16.300 volúmenes realizada en 1942 por el corresponsal de United Press en Berlín, Frederick Oeschner, una cifra que representaría un incremento sustancial respecto a los seis mil ejemplares en que una redactora de The New Yorker cuantificaba en 1935 su «magnífica biblioteca». Aunque un buen número de esos diez mil ejemplares incorporados entre 1935 y 1942 serían regalos recibidos por el Führer como prueba de afecto de sus admiradores, todo indica que su colección fue creciendo en paralelo a su poder, como si la cantidad y la naturaleza de los libros determinaran el cumplimiento de su sueño exterminador. Y, en efecto, pese a ser finalmente una biblioteca de aluvión, con muchas obras que llegaron a ella por puro azar, un inventario de su contenido recogido por Ryback en el apéndice de su libro muestra la coherencia de los grandes bloques temáticos que la componían y su estrecha relación con las aficiones intelectuales de su dueño.
Destacan, sobre todo, los siete mil volúmenes dedicados a historia militar y, en particular, a las campañas napoleónicas y a la vida de los principales reyes y generales alemanes. Un segundo bloque de unos mil quinientos ejemplares lo forman las obras consagradas a las bellas artes, desde la arquitectura hasta la pintura, con una significativa incursión en el mundo de la pornografía con pretensiones más o menos artísticas y algunas obras sobre las vanguardias del período de entreguerras que conservan en los márgenes comentarios despectivos de puño y letra de Hitler. El tercer bloque, según este inventario, lo constituyen los libros sobre astrología, espiritismo, ciencias ocultas y nutrición. Tan sólo este último apartado cuenta con cerca de un millar de títulos, muchos de ellos con un fuerte carácter militante en defensa del vegetarianismo. De tal tenor es uno de los numerosos comentarios al margen, en el que Hitler dejó para la posteridad esta profunda reflexión sobre tan importante materia: «Las vacas se hicieron para dar leche; los bueyes, para arrastrar cargas». No deja de ser curioso ese sentimiento compasivo que los animales despertaban en él y del que se encuentran tantas pruebas en los marginalia de su biblioteca. Hay unos cuatrocientos libros sobre religiones, mezclados de nuevo con abundante pornografía, y en torno a un millar de novelas populares –policíacas, románticas y de aventuras–, cuidadosamente forradas para ocultar su contenido. Finalmente, entre las obras «científicas» figuran algunos tratados de sociología de inspiración nacionalsocialista y un estudio sobre la morfología de las manos como fuente de conocimiento de la personalidad humana, una pseudociencia a la que al parecer era muy aficionado. En este apartado de obras prácticas podría incluirse la titulada El arte de convertirse en orador en pocas horas, reveladora de la idea que tenía Hitler de su propia formación, como un proceso acelerado que debía subsanar, a la mayor brevedad posible, sus inmensas carencias intelectuales y hacer de él un agitador profesional. De su «despoblada vida espiritual», como la llama Ryback, da fe asimismo uno de los ochenta libros que tuvieron el raro privilegio de acompañar a Hitler al búnker berlinés en el que encontró la muerte: Die Weissagungen des Nostradamus [Las profecías de Nostradamus], obra de Carl Loog publicada en 1921.
Resulta fascinante la forma en que el historiador norteamericano ha conseguido reconstruir, por lo menos parcialmente, la biblioteca de Hitler, siguiendo la pista a los distintos lotes en que se dividió tras su muerte en 1945. Uno de ellos, de más de mil doscientos ejemplares, acabó en Estados Unidos, desperdigado a su vez entre varias bibliotecas de la costa Este. El minucioso trabajo realizado por el autor con los fondos conservados le ha permitido establecer las distintas interconexiones entre obras, temas y autores y acceder a los elementos más recónditos y tal vez más valiosos de toda biblioteca, como son las anotaciones personales de su dueño. Fotografías, dedicatorias, encuadernaciones, huellas diversas del paso del tiempo: de todo saca partido un autor habilidoso como Ryback. El puzle se hace aún más complejo y sugerente al incorporar retazos del pensamiento de Hitler e insertar todo ello en un conjunto internamente articulado de lecturas y escrituras que se explican mutuamente. No es que el resultado cambie lo que ya sabíamos del personaje, pero añade matices sorprendentes sobre la forma en que fue modelando su espíritu, en un proceso de descubrimiento interior menos caótico de lo que pudiera parecer. No se piense, pues, que otros libros e incluso esos mismos leídos en otro orden hubieran dado un resultado distinto. La impresión que deja la obra de Ryback es que la personalidad de Hitler era previa a sus lecturas y que éstas seguían un itinerario más o menos azaroso, pero con una única desembocadura posible. Si esta impresión sirve con carácter general, se diría que no somos lo que leemos, sino que leemos lo que somos.
Los libros del Gran Dictador ofrece otras provechosas enseñanzas al lector que, venciendo su natural prevención, se acerque a estas páginas. Hay mucho de biografía de Hitler a través de sus lecturas y de su propio testimonio escrito, en particular de su obra Mein Kampf, llena de elementos autobiográficos y concebida como un libro de autoayuda para un pueblo en horas bajas. En la biblia del nacionalsocialismo, sobre todo en los fragmentos del original que han llegado hasta nosotros, se aprecian todas las limitaciones intelectuales de su autor, sus problemas gramaticales, su tenaz lucha con la sintaxis y con algunos nombres propios –Schoppenhauer, así, con dos pes– y su permanente inseguridad de escritor autodidacta, que escribe por impulsos irracionales y en la mayoría de los casos banales. «No soy escritor», le confesó a uno de sus hombres de confianza, al comparar sus ocurrencias con el pensamiento relativamente elaborado de Mussolini. Sólo el estado de desesperación de una buena parte del pueblo alemán a partir de 1929 explica que una obra tan irrelevante, de puro estrafalaria, como Mein Kampf se convirtiera de repente en el libro sagrado de un movimiento de masas que no tardó en alcanzar el poder.
Sorprende menos la estrecha relación entre guerra y lectura en la biografía de Hitler. Los libros lo acompañaron en su azarosa vida en las trincheras en la Primera Guerra Mundial, como si en ellas dieran lo mejor de sí mismos y la brutal experiencia de aquella guerra iluminara la lección escondida en esas páginas que el cabo Hitler leía con fruición. En otros casos, lo escrito sobre las guerras pasadas le instruía sobre la naturaleza de la inevitable guerra futura, esa obsesión que lo acompañaba desde que, según él, los enemigos de Alemania perpetraron en 1918 la famosa «puñalada por la espalda». Las treinta y dos marcas de su puño y letra que dejó Hitler en una biografía del general Schlieffen, autor del plan de ataque sobre Francia ejecutado al comienzo de la Primera Guerra Mundial, son como un mapa en clave de la ofensiva alemana lanzada sobre Francia en 1940 a través de Holanda y Bélgica. Ya se ve, pues, que si es cierto que los libros se escriben a menudo a remolque de los acontecimientos pasados, no lo es menos que en ocasiones anticipan los sucesos futuros.
Este ensayo tiene, además de todo lo dicho, una vertiente fascinante como crónica de la aventura personal del autor, con momentos algo novelescos, a lo Dan Brown, y la sensación final de que, en su recorrido en busca de vestigios de la biblioteca del Führer, Ryback estuvo persiguiendo a un fantasma que iba dejándole señales de su presencia. Un libro de Max Osborn que acompañó al joven Hitler por las trincheras del frente occidental soltó, dice el autor, una «llovizna de arenilla» al abrirlo en medio del silencio sepulcral de la sección de raros de la Biblioteca del Congreso, como si se tratara de un libro momificado que, al volver al reino de los vivos, liberara el espíritu maléfico que llevaba en su interior. Leyendo estas páginas, nos asalta la idea de que el Führer concibiera su biblioteca, más aún que su búnker, como una especie de tumba egipcia, en la que intentó sobrevivir a su derrota aguardando entre sus libros, esparcidos por medio mundo, a que alguien o algo volviera a juntarlos. ¿No dice Ryback que la venganza fue lo que impulsó a Hitler a escribir? Hasta ahora, para explicar la relación que el nacionalsocialismo mantuvo con la letra impresa, parecía bastar con la imagen de libros «degenerados» entregados a las llamas por los nazis y con la célebre frase atribuida al mariscal del Reich, Hermann Göring: «Cuando oigo la palabra cultura, desenfundo mi pistola». La minuciosa investigación de Ryback incide en una vertiente mucho menos conocida de esa relación y nos recuerda que los libros –algunos libros– fueron no sólo víctimas del nacionalsocialismo, sino también motivo de inspiración de una gran venganza contra la humanidad.

01/09/2010

 
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