ARTÍCULO

Russka

Ediciones B, Barcelona, 990 págs.
Trad., Dolors Gallart
 

Ya desde los años de la perestroika, pero, sobre todo, con el posterior desmoronamiento del Estado soviético, los vertiginosos acontecimientos de la vida rusa han despertado entre nosotros un creciente interés tanto por la actualidad política como por el pasado y costumbres de aquel viejo pueblo. El mercado editorial no es ajeno a esta circunstancia: las librerías apilan entre sus novedades títulos clásicos de Goncharov, Mandelstam, Platónov, algún botón de Pushkin, etc.

Este libro de Edward Rutherfurd –novela del más grueso calibre– se traduce ahora, quién lo duda, al abrigo de esta moda; y bienvenido sea. Sin embargo, fue escrito entre 1987 (no había caído el muro de Berlín) y 1991 (fecha de la edición en inglés); durante esa etapa, tal como se informa en una «nota previa», el autor pasó largas temporadas en Rusia y viajó por ciudades y rincones del país. No estamos, pues, ante un libro oportunista, producto de una operación apresurada, ansioso porque no se le escapen lectores de ocasión. Al contrario, con independencia de su calidad literaria, Rusos constituye un trabajo consistente, de recto programa, gestado con amor.

La obra se plantea como un apretado resumen de la historia rusa: del siglo II a nuestros días; desde el núcleo surgido en torno a la ciudad de Kiev, donde llega a articularse un cierto orden político para ese haz de pueblos confluyentes, y secularmente enfrentados, en la llanura euroasiática, hasta el epílogo del año 1990. En el curso temporal, la aventura del escritor se encamina hacia los procesos históricos más relevantes y en un recorrido siempre lineal atraviesa la época del gran príncipe Monómaco, el tormentoso reinado de Iván el Terrible, los fabulosos días de Pedro el Grande, la corte de Catalina II, las indecisiones de los Románov en el siglo XIX, el estallido de la Revolución de Octubre, las dos guerras mundiales...

Los acontecimientos delimitan el ámbito de unos personajes más o menos ficticios, más o menos ceñidos a hechos documentados; pero la historia rusa es parte sustancial del relato, rige la materia narrativa, articula las vidas, segmenta éstas en secuencias o capítulos. La novela se adscribe –como es evidente– al subgénero histórico (otra corriente a favor) y en su propósito último persigue reconstruir la trayectoria de un pueblo para así desentrañar su más honda raíz moral. Rutherfurd adopta un punto de vista oportuno porque rehúye la tentación del cartón piedra y desecha los atajos del best seller; se orienta en la dirección que, aparte de sus conocimientos (diplomado en historia y literatura por Cambridge) o incluso de su fibra poética, le viene indicada por un espíritu asumido, el cual, sin hacerle perder nunca el pleno dominio del texto, se manifiesta en comunión con lo que está contando. Y es que Rutherfurd parece creer en el alma rusa, ese nudo espiritual que ataría una tierra y sus gentes por encima del tiempo. Y al cabo, este inglés de Salisbury –tan puntilloso y concienzudo– se declara más romántico que positivista.

Ventana al Este: hombres y mujeres, cosacos y campesinos, el hacha, el icono, amos y siervos... La mirada sigue la suerte de, fundamentalmente, dos ramas familiares en el devenir de los siglos. Los sucesos, ya tengan lugar en la corte, en el campo o en las dos imaginarias poblaciones de Russka, revierten y se proyectan siempre sobre los miembros de este largo y enrevesado árbol genealógico en el que ambas sagas llegan a hermanarse en un solo tronco. Como terminan por fundirse razas y pueblos de inestables fronteras: tártaros, polacos, jázaros, mongoles, turcos... rusos.

Edward Rutherfurd se mueve con soltura en este esquema narrativo, lo ha repetido, al menos, en London (1997; Ediciones B, ya en 1998: otras mil páginas en las que a través de varias generaciones se configuran las edades de la capital británica desde los primeros asentamientos romanos). No obstante, pese a la copiosidad de datos manejados y la complejidad de una estructura de este tipo, todo se presenta en Rusos con absoluta transparencia. El entramado argumental está trazado con cálculo geométrico, se resuelve siempre como los hilos enmarañados de un relato policíaco.

Salvo los años finales, los más próximos al autor-narrador, cuando al disponer de una mayor información todo se ensancha o dilata, en cada sección temporal se renuevan los miembros de las familias (los Bobrov, los Románov, los Suvorin, los Karpenko). Repetidamente, por tanto, han de delinearse nuevos personajes, ha de idearse una intriga distinta, producir, en suma, un asunto inédito. Cada capítulo representa algo más que la parte de un todo, constituye una novela corta en sí mismo: otros protagonistas nacen y se encuentran hasta componer una ingeniosa nouvelle.

Figura de figuras, novela de novelas... Y los cuerpos menores tienden a acoplarse con el tono del período que les corresponde: el cuento de hadas en la época generatriz; el canto épico para la edad oscura de Russka; las galantes relaciones peligrosas en el San Petersburgo afrancesado de Catalina; la evocación de los grandes realistas en tantos episodios del siglo pasado (las batallas de Tolstói, el propio Pushkin como un alumno destacado en Zarskoie Selo, ecos del misticismo de Dostoievski, el canon nihilista de Turguéniev, veladas campestres con Chéjov entre bambalinas); y por último, el reportaje de Lenin hacia la estación de Finlandia, fotografías de Trotski a las puertas del palacio de Invierno, o el rostro definitivo del Gulag tal como hoy lo conocemos por manuales y periódicos.

Con estos presupuestos, el autor debe moverse en el campo minado de la narración cultural, donde, como es sabido, resulta difícil mantener un equilibrio entre fantasía y realidad, entre el progreso de la fábula y la exposición de datos; donde se hace imprescindible trazar una raya entre kitsch y literatura. Rutherfurd saca adelante una empresa tan arriesgada y meritoria.

Con todo, en algunos pasajes, la impedimenta académica amenaza con sofocar el aliento de sus criaturas o, sencillamente, entorpece el desarrollo de la acción. Así, por ejemplo, mientras una pareja toma vodka («se detuvieron un momento en un pequeño puesto de bebidas donde servían vodka...»), una voz se ocupa en informarnos de que entonces sólo tomaba esa bebida el pueblo llano; de que no se trata originalmente de una bebida rusa; de que había comenzado a entrar en el país en el siglo XV, a través de Polonia; de que el nombre se había formado por la pronunciación incorrecta de la designación latina: aqua vitae... En fin, reconozcamos que hemos oído lo que no sabíamos; pero la parada sólo sirve –bien es cierto que un trago siempre anima– para meter esta ficha informativa, así que en el párrafo siguiente abandonamos el puesto, y a otra cosa (pág. 270).

Obligado a la invención continua, a encajar las numerosas piezas, Rutherfurd salva también con éxito el riesgo del folletín. Y es notable, en verdad, la destreza con que arma biografías y suscita el interés del lector. No se abusa de soluciones fáciles o, como suele disculparse el narrador, «sorpresas mayúsculas»; es decir: cartas perdidas, puertas sin cerrar, oportunos desmayos, caligrafías suplantadas... Y entre el caudal de personajes parece lógico que alguno no llegue a perfilarse de modo convincente. Es el caso del nihilista Popov, quien en un primer momento se presenta como un calco intencionado de Eugueni Bazárov (el célebre protagonista de Padres e hijos) y luego se convierte en uno de los seguidores de Lenin. Y no es que el paso ideológico de Popov resulte inconsecuente, al contrario, ya Isaiah Berlin había catalogado al héroe de Turguéniev como el primer bolchevique, sino que las acciones del revolucionario, al fundamentarse en su libertad interior, son imprevisibles, también esconden «sorpresas».

Pero la entidad de la obra de Rutherfurd se plasma justamente en la consistencia de sus movimientos narrativos. En este plano de la fábula, se asienta con firmeza el rango de Rusos, la ley de su verdad literaria. Quizá la fuerza –este, y no otro, sería su déficit– no se transmita con la misma intensidad al nivel del discurso: la escritura, aunque inclinada al epíteto, se manifiesta con autoridad, fluye con sabia medida; sin embargo, no se cuestiona a sí misma, no se plantea la posibilidad de alcanzar otro nervio, otra tensión. Esta carencia no impide que Rusos cumpla con creces sus metas: una crónica apasionante, jornada de aprendizaje por cuyas vías puede descubrirse la piedad o blagochestie, esencia de un pueblo fielmente representado en la comunidad monástica de Optina Pustin, a la que Rutherfurd dedica el libro «con todo respeto».

01/05/2000

 
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