ARTÍCULO

Tendencias enfrentadas

Tusquets, Barcelona
179 págs. 1.800 ptas. 10,82
 

Manuel Talens se suma con Rueda del tiempo al renovado entusiasmo por un género de atávico olvido entre nuestros narradores: el cuento. De unos años a esta parte, hemos asistido a la publicación periódica de diversas colecciones, con desigual fortuna, entre las que no debemos olvidar los Cuentos reciclados, de Álvaro Pombo, La novela del siglo, de José Carlos Llop, Ochenta y seis cuentos, de Quim Monzó, y los recientes El que espera y El último minuto, de Andrés Neuman, por citar tan solo los casos más relevantes. En algunos de los relatos que componen los citados libros y otros muchos que obviamos, se observan dos tendencias contrarias al género breve: de una parte, la peligrosa confusión, cada vez más extendida, de la anécdota cotidiana y trivial –más propia de la conversación oral que de realidades literarias– con el relato corto; con ello, ese acusado neocostumbrismo que salpica nuestra última novela con sabores añejos se introduce, de rondón, en un género con el que nunca ha compartido escenario. Muy al contrario, el relato breve ha sido ámbito privilegiado para la distorsión grotesca y, a veces, surrealista de la más anodina cotidianidad; y, de otra parte, la equiparación entre cuento y esbozo de novela. Insisto en lo pernicioso de ambas líneas, máxime cuando el cuento en lengua castellana ––sobre todo el hispanoamericano– puede hacer gala de una tradición adornada con grandes maestros: Borges, Cortázar, García Márquez...; y, fundamentalmente, porque las tendencias apuntadas suponen la consideración implícita del cuento como un producto de segunda categoría, siempre a la sombra de su hermana aventajada, la novela.

Disertación tan, en apariencia, alejada de Rueda del tiempo, resulta prioritaria para enfrentarse al enjuiciamiento crítico de la obra. El nexo de unión de los dieciséis relatos que la integran se halla en una visión justiciera, si se quiere redentora, del tiempo, de forma tal que la vida de los personajes siempre les ofrece la posibilidad de hacer un corte de mangas al cruel destino que les ha tocado en suerte. Ahora bien, la resolución literaria de dicha concepción es muy dispar. El volumen se abre con tres excelentes apuestas ––«María», «Virtudes Pestaña se encuentra sola» y «El perdedor»– que configuran, desde la absoluta divergencia de criterios estéticos y modos de narrar, una particular poética de su creador. Unidos entre sí por leves coincidencias argumentales, los tres relatos ofrecen una sabia alternancia de registros: de un lado, el sabor poético de «María», bella muestra de los estragos causados en varias generaciones por la guerra civil española; dolor que, más allá de los padecimientos físicos, queda asentado en un recuerdo indeleble, tan solo superado con la muerte. De otro, el tono irreverente y paródico de «Virtudes Pestaña...». Y es que es en la visión carnavalizada del mundo y en su inherente libertad y desinhibición lingüísticas donde la pluma de Manuel Talens alcanza sus mejores cotas, como así lo hiciera en su magnífica novela Parábola de Carmen la Reina, símbolo de una senda, aquella que se consagra a la risa, muy poco transitada por nuestros prosistas –excepción hecha, entre otros, de Luis Mateo Díez y La fuente de la edad–. Porque, en efecto, lejos de tratamientos sensibleros, la vida de Virtudes, prostituta a la fuerza, pasa por ser la perfecta excusa para dar paso a un estilo hiperbólico y grotesco –deudo de una tradición festiva que se remonta a Quevedo–, y excusa, al fin, para trazar un cuadro sociológico, en el que todo está permitido con tal que permita la carcajada a mandíbula batiente: «Han sido tantos los que han pasado por encima de Virtudes que ya confunde las caras y los apellidos y se aturrulla con las pollas, que a fin de cuentas son todas igual de fugaces, un cacho más, un cacho menos, bravas, flojas, limpias, sucias, blandas, duras, juguetonas, suaves, empalagosas, tranquilas, apresuradas, hediondas, llenas de babas, de blenorreas, de cicatrices, de ladillas, de verrugas o de pus, y así un cabrón tras otro, de mal en peor, qué asco de puterío». Y, como culminación de esta trilogía inicial, «El perdedor», síntesis de ambas vetas, poética y carnavalesca, en un particular cuadro autoparódico.

Por el contrario, superadas las sugerentes páginas iniciales, Rueda del tiempo pasa a ser ilustración palmaria de los discutibles caminos horadados por los más recientes cultivadores del género corto. Así ocurre, por ejemplo, con «Sangría», intrascendente anécdota –salpicada, eso sí, con inteligentes pizcas de ironía– que Talens intenta resolver con un desconcertante final, a partir de la relación, arbitraria e infantil, entre la bebida que saborean los protagonistas –cándida pareja en jornada de playa– y la masacre sangrienta que presencian a sus espaldas. Algo parecido cabe decir de «Destinos cruzados», brevísimo relato en el que los arbitrarios condicionantes deben ser admitidos, sin remisión, por el lector, a fin de dar crédito a un desenlace de nuevo excesivamente forzado. Como también sucede en «Cazador», paradigma de esa máxima tan recurrente en fábulas y cuentos infantiles de «cazador cazado», eso sí, con el problema terrorista vasco como telón de fondo. Si la creación de una atmósfera de inquietud, encaminada a un giro inesperado de los hechos y, en consecuencia, a una resolución sorprendente, constituye uno de los ingredientes clásicos del cuento, Talens desvirtúa por completo dicho principio mediante un relato previsible desde los nombres de los personajes.

Caso distinto es el representado por «Fin de viaje», el más extenso de los cuentos incluidos en Rueda del tiempo, ya que, si bien Talens se muestra sobradamente capaz de pergeñar una sutil atmósfera de sugerencias e, incluso, sorprendernos con el acto de justicia poética con que finaliza la narración, desacredita la condición autosuficiente del cuento en tanto género. En mi opinión, «Fin de viaje» constituye, por la densidad de miras y por los múltiples asuntos que se abortan apenas atisbados, un esbozo de novela reconvertido en relato. El lector queda defraudado precisamente por la rapidez con que se despacha el amplio horizonte de expectativas creado. Colección, pues, de tendencias encontradas. Talens sigue siendo un punto de referencia siempre que camina por los senderos procelosos de la palabra poética y de ese su particular monde à l´envers; sin embargo, su ágil prosa se resiente cuando toma atajos más propios de otras cuerdas que, sin duda, no le pertenecen ni le hacen ninguna falta.

01/01/2002

 
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