ARTÍCULO

La novela del cogollito

Alfaguara, Madrid
488 págs. 2.740 ptas.
 

A los lectores de Extravíos, el libro de relatos con que Longares atemperó la aparición de una nueva novela, les habrá sorprendido, gratamente, Romanticismo, porque aquel divertimento en forma de taracea zarzuelera y, a trancos, surrealista, amén de gruesamente paródica, no preveía, ni falta que hace, una obra tamaña como la presente novela, no sólo la mejor en la producción de su autor (que, contaba ya en su haber notables hallazgos como Soldaditos de Pavía y Operación primavera), sino una de las más atinadas de los últimos tiempos en la narrativa española.

Festín para la inteligencia por su fino sentido el humor, que apenas si en alguna ocasión desparrama su brocha hacia la sal gruesa, y para los sentidos, por la precisión y elegancia de un léxico audaz, exacto y desmesurado, en tanto que vehículo del retrato misericorde de una clase social muy precisa, la de la alta burguesía del barrio de Salamanca en los años inmediatamente anteriores y posteriores a la muerte de su Caudillo; y festín, también, para los tradicionales lectores de novelas «de toda la vida», pues pocas veces como en Romanticismo, se puede comprobar que para hacer, en el año 2001, una novela «decimonónica», con exposición, nudo, desenlance y narrador omnisciente, que merezca la pena, hay que haber asimilado, y muy bien, esa misma tradición y haberla pasado por el tamiz de la parodia valleinclanesca, por citar un ejemplo obvio y del que este relato es osadamente deudor.

El lector, al inicio, podría dar en pensar que se trata de una farsa quevedesca, pero en seguida descubrirá su arraigado cervantismo en la sensación de vida, de realidad, que se desprende de los comportamientos de unos personajes, al cabo, entrañables, como también se sentirá incluso apabullado por la morosidad y precisión en las descripciones, que abarcan desde los hábitos sexuales, laborales y gastronómicos de esa determinada clase social, a su trato y prejuicios hacia la gente de las «vaguadas», sus escarceos políticos, o sus insulsas convicciones teológicas, pero también la ropa que usan, los peinados que gastan, los chalés donde veranean, las tiendas donde compran, los escaparates que contemplan, la música que oyen y las revistas que hojean. Y todo ello, en forma siempre narrativa, percibiendo el lento paso del tiempo. Una de las virtudes de esta novela es que introduce dúctilmente todo ese mundo en un fresco interconectado de manera verosímil.

El libro se distribuye en tres partes, la primera y, a mi juicio, la más lograda, relata los días de la agonía de Franco vista desde la privilegiada atalaya del joven matrimonio Arce, la familia protagonista, desde cuya casa en pleno «cogollito» se nos introduce al resto de esta abigarrada panoplia de personajes, inolvidable cada uno a su manera, pues insisto que la parodia o el sarcasmo cede casi siempre a la búsqueda del efecto de realidad, iluminada, eso sí, por una fina ironía, la gran protagonista de una novela que se lee con la sonrisa siempre pronta y la felicidad por los constantes hallazgos léxicos. Asistimos así al rebullir indolente de una clase para la que Franco debía ser eterno, así como el orden social y económico por él instaurado. La muerte de Máxima Dolz, la profesora de guitarra de la niña de los Arce, en plena clase y su imposible velatorio es quizá el único exceso completamente de sainete en el que Longares se ha «divertido» en los dos sentidos de la palabra.

En la segunda parte, asistimos a la necesaria adaptación a los nuevos tiempos reformistas, a la vez que los hijos crecen y, con el deshielo político, se desperezan adormecidos fantasmas de antaño, como las veleidades republicanas del abuelo o los amores inconfesables e imposibles de la abuela con un represaliado.

La tercera parte, la más floja, y es una pena que la novela decaiga un poco al cabo, desde unos comienzos tan espectacularmente brillantes, se narra en los años en torno a la victoria socialista, con alguna excursión significativa, como la tarde del intento de golpe de Estado o la victoria de la derecha en marzo del 96, cierre de un ciclo político y día elegido para la conclusión del relato. Ahora, el protagonismo mayor lo han tomado personajes de la nueva España, como Marta Portal, Santos Panizo y Monjardín, quedando al fondo y más que desdibujados los de la hija de los Arce y sus amoríos febles y de poco interés, que, supongo, desean significar sólo eso, el desinflamiento tibio y el reacomodo a la fuerza de una clase que, al igual que su barrio tan cambiado, ya no será nunca la que retratara la difunta Caty Labaig en sus crónicas o el inválido y decrépito pintor Villasevil en sus estampas florales de antaño, cuyo retrato de la madre de Pía es uno de los leitmotiv de la materia novelesca de este fresco. Materia que se aborda, de nuevo, con una difícil e inverosímil pirueta circular en la escena de la declaración de amor por las ondas de Monjardín a Pía Arce, jeribeque romántico casi de novela ejemplar o cortesana que no era necesario para la composición de este mosaico impresionante, aunque sí, sin duda, para justificar su título.

Y es ahí, en la distinción que insisto en hacer entre fresco coral y materia narrativa, donde se introducen mis objeciones al relato, en el sentido de que a la grandeza del mural, pletórico, radiante y de una enorme maestría, no le añade nada, al contrario, la peripecia estrictamente novelesca y suavemente platónica de los amores entre Pía y el abogado, o sus respectivos progenitores cuarenta años atrás. También hay que objetar (objeciones devotas, de matiz, en busca de la perfección de un texto muy coherente y muy trabajado) el cambio de perspectiva de la tercera parte hacia Marta y su marido: el guiño final, aludido apenas, de que es la mujer de Santos Panizo la narradora de todas estas «vidas cruzadas», documentada en las crónicas de Caty Lavaig y el descubrimiento de otra forma de romanticismo, más honrado, más ético, el del «otro lado», del lado de los parias socialistas que viven de alquiler en la calle Duque de Sesto, a tiro de piedra de sus amos, no sé si son motivo suficiente como para casi olvidar el mundo de los Arce y su entorno diletante, inmoral, festivo e indolente, ese mundo de la alta burguesía del cogollito, que ya ha encontrado cronista en Manuel Longares. Ojalá que ahora encuentre tantos lectores como esta novela se merece.

01/05/2001

 
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