ARTÍCULO

Un mundo familiar y extraño

 

Al acabar la lectura de este libro de tan largo y sorprendente título, Romance para la mano diestra de una orquesta zurda, he convocado los vagos recuerdos de El curso, la novela con la que Juan Antonio Payno obtuvo el premio Nadal en el ya lejano 1962. Confrontar ambas produce una sensación de rareza, como si procedieran de plumas distintas, y, sin embargo, si la memoria no me falla –no me resulta ahora accesible aquel texto primerizo–, comparten una raíz común mucho más fuerte que la distancia que las separa: una visión coral del mundo que estimula la presencia de personajes representativos de ciertos comportamientos y una perspectiva crítica y reformista de la realidad. A partir de esa coincidencia surge un llamativo abismo estilístico que tiene una explicación histórica muy ilustrativa del pasado reciente de nuestras letras.

El curso era una novela escrita bajo el efecto de una doble influencia ambiental –testimonialismo y valor funcional de la prosa– que hace que no tenga estilo. No quiero decir que esté mal escrita –revelaba una lengua ágil y eficaz–, sino que carecía de voz personal, cosa que ahora Romance pretende hasta el exceso. Esa búsqueda de un estilo propio, que entonces produce un provisional y largo silencio, no ha sido problema solitario de Payno, ya que semejante recorrido comparten otros señalados narradores de los alrededores del medio siglo: piénsese en lo que media entre El Jarama o Central eléctrica y la siguiente novela de sus respectivos autores, Rafael Sánchez Ferlosio y Jesús López Pacheco. Pero, además de la anécdota de su prolongada ausencia creativa, otro indicio se convierte en marca de época: los dos, lo mismo que Payno, encuentran salidas tangentes. Ferlosio desemboca en la historia mítica de El testimonio de Yarfoz; López Pacheco se pasa a la farsa hiperbólica con La hoja de parra; Payno aborda la parábola.

Romance traza el retrato colectivo de un país (en realidad, de «El Lugar», símbolo urbano de un pueblo entero) a la vez identificable y abstracto, próximo y remoto. Algunas voces arcaicas o cultismos inusuales lo llevan no al pasado sino a una buscada actualidad intemporal. Hechos que están en la memoria de muchos lectores lo emparentan con una historia nuestra bien reciente: los últimos años de la dictadura –en la novela un Cadiato arbitrario y feroz–, el apoyo social a un reformismo moderado y la pérdida en la transición de los ideales más nobles y de la esperanza en una sociedad mucho mejor y muy distinta. En suma, Payno recrea una alegoría con valor histórico bastante preciso y a la par de alcance universal.

Dicha alegoría proviene de una enriquecedora mezcla de estímulos que evita la frialdad que amenaza a este tipo de narraciones de fuerte componente abstracto. Todo el comienzo de la novela, que describe el regreso al lugar de uno de los personajes, escrito con muchas frases nominales, lleno de naturaleza simbólica y cargado de vivas impresiones que materializan la múltiple imagen de desolación y muerte, tiene un aliento que llamaríamos benetiano, por poner un adjetivo aproximado. La actividad pública de la ciudad, con su sinrazón y su falsedad, emparenta con el mundo de los mandarines inventado por el murciano Miguel Espinosa. Y el ámbito total de reacciones y relaciones colectivas recuerda los límites del absurdo kafkiano. No sugiero tanto filiaciones directas –quizás sí la haya con el autor checo, a quien se cita– como modos complementarios utilizados para fundar un espacio y una realidad nuevos y peculiares.

Los elementos testimoniales de intención crítica forman larga lista de principios y hábitos reprobables que no merecen subrayarse salvo por lo que tienen de recuperación de una voluntad comprometida hoy en descrédito. Digamos sólo que representan las variadas formas de la opresión y la intolerancia. Enfrente se hallan también las actitudes, entre el temor y la exaltación, de quienes laboran por el cambio, y el desencanto de los que fiaron en mudanzas imposibles. Todos estos rasgos sirven a un propósito mayor, donde está el verdadero alcance de la novela: un análisis de los mecanismos subjetivos del poder que desemboca en un alegato muy pesimista sobre la condición humana. Pesa más ésta que la cerrazón de la ideología y por tanto se niega toda esperanza para el presente y el futuro. Romance contiene un alegato implacable porque en él se ve cómo se anulan los estímulos de idealidad y cómo la vida se encierra en el solo círculo de la deslealtad y el egoísmo.

Construye Payno su parábola con una prosa muy exigente, que atiende tanto a metas poemáticas como dramatizadoras. En esa tensión, lo más singular es un modo de hablar los personajes o de referir la acción el narrador que crea un curioso efecto: la realidad hostil y opresiva del Cadiato tiene un aire entre ingenuo y perverso. Lo que allí sucede es terrible, pero se refleja en unas voluntades con rasgos de inocencia. Es el singular procedimiento del autor para que el diseño de la ciudad y sus costumbres resulte identificable con una experiencia conocida, sin perder para nada su condición imaginaria. Así surge un ámbito moral y material sabido y nuevo, o, como se dice al comienzo, «un mundo familiar, pero también extraño». Un efecto no fácil buscado por el autor y en lo que resulta plenamente acertado. Pero este juicio no es extensible al conjunto de la novela que se resiente de una ideación repetitiva que por momentos hace la historia mortecina. Tal vez hubiera hecho falta un ritmo más vivaz, o recortar algunas anécdotas o incorporar algún episodio menos común. No puede negarse, de todas maneras, a Payno una voluntad de escritura personal, hecha con mimo y trabajo. Ello merece aplauso y respeto cuando vivimos tiempos de mucho epigonismo y mucho adocenamiento. Y merece también animar a Payno a que prosiga en esta especie de segunda vida literaria recién comenzada.

01/01/1998

 
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