ARTÍCULO

El silencio de los epígonos

Anagrama, Barcelona, 184 págs.
Seix Barral, Barcelona, 188 págs.
 

En una memorable conversación entre Ricardo Piglia (Buenos Aires, 1940) y Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953-Barcelona, 2003), allá por marzo de 2001, entre los dos extranjeros de sí mismos, Piglia descubría las semejanzas entre la narrativa resistente de Bolaño y la de autores como DeLillo o Magris, y definía esos contornos paralelos como señal de una nueva constelación de escritores cuya singularidad sería presentarse sin el atorrante y lastimoso lastre de pertenencia o muestra de cualquier vestigio nacional o geográfico: «Lo que suele llamarse latinoamericano se define por una suerte de antiintelectualismo, que tiende a simplificarlo todo y a lo que muchos nos resistimos. He visto –le dice– esa resistencia con toda claridad en tus libros». Bolaño murió hace poco menos de un año, como suele ocurrir entre los más raros e inquietantes, en un momento en que su obra adquiría la pleamar del reconocimiento y, algo más, se convertía en la referencia para más de una generación de escritores en español: ya es hora de romper la falsa concepción de las literaturas nacionales. Porque en esto último, también, la estela de su obra, al escribir en una lengua que ha superado las tradiciones locales y se ha instalado en un constante cruce y mezcla de uso y sueño literario, no cabe limitarla a Latinoamérica: las huellas se reflejan, ya, entre algunos de los más notables narradores españoles de las últimas décadas.

Si cabe marcar una línea de relación entre esos escritores que han reventado el silencio de los epígonos, ahí estarían los nombres de César Aira, Fernando Vallejo y Roberto Bolaño, y algunos –pocos– más. Ahora se publican dos volúmenes tan alejados en el tiempo –uno, El gaucho insufrible, y otro, La pista de hielo-que representan, casi, el comienzo y el fin de una carrera literaria, pues uno invitaría al curioso lector a que en un ejercicio imposible –una «cata a ciegas» de ambos libros– tratara de distinguir cuál es el de los albores y cuál el del crepúsculo biográfico, que no literario, sino todo lo contrario. Déjelo. Inútil ejercicio. ¿Por qué? Lo contestó Adolfo García Ortega en la necrológica, precisa y conmovida, dedicada a Bolaño: inútil ejercicio, porque «es difícil determinar qué obra de Roberto lo define más y mejor. Yo creo que es el continuo de todos sus libros, breves y largos, líricos o narrativos».

Una obra levantada en la minuciosa arquitectura de tal vastedad literaria, memoria, lecturas, influencias, presencias y deserciones; una obra elaborada a lo largo de los años con la precisión de un destino más allá de las tierras de penumbra que marcaron los horizontes y las melancolías. De los cinco relatos (y dos conferencias) que componen El gaucho insufrible, es el que da título al relato un texto metafórico de los huecos interiores que describen a la mejor y más rotunda y más sentida literatura de Bolaño. En «Úl», el más brillante del conjunto, el más revelador, el más valiente, el más conmovedor, el más decididamente literario y, sin embargo, tan pleno de la paranoica realidad argentina, la figura de Borges se trasluce en el perfil de Macedonio Fernández («ese Marcel Duchamp de la literatura», Pligio dixit y dixit bien) para retratar el ocaso de un tiempo, de un país, de un sueño, y de lo que fue una revelación en medio de la tierra prometida. El contrapunto melancólico, desasogador de «El Sur» de Borges, esas historias mínimas del reciente y emocionado filme de Carlos Sorín. Si ya en la torrencial, desconcertante, excesiva, magistral obra, «summa del exilio latinoamericano» (Javier Aspurúa), que fue Los detectives salvajes (1998), premio Rómulo Gallegos, las huellas, que ya no van hacia ningún sitio, eran por ambición y por destino, Paradiso, Rayuela, Conversación en la catedral, La vida breve o Adán Buenosayres, con los ecos formidables de Joyce, de Rabelais, del Cervantes del Persiles y así, ahora, en estas apenas cuarenta páginas se halla el lector con una de las más hondas descripciones de la vida contemporánea; descripción quintaesenciada, minuciosa, melancólica, brutal, ácida, desprendida: «Nadie se aburría. Se desesperaban, pero no se aburrían» (pág. 34).

De la gran narración coral al relato breve, estamos ante una obra tan original que bien puede citarse el nombre de Borges, pues sus pasos, justos y medidos, en el tipo de influencia entre otros escritores, la de Bolaño será como la del argentino: imposible. Él mismo lo advirtió en el discurso de recepción del premio citado: «La literatura es correr por el borde del precipicio: a un lado, el abismo sin fondo y, al otro, las caras que uno quiere, los libros». La realidad es el ejercicio de su prosa. Algo que ocurrirá en el otro libro, inédito en España, que ahora se publica, La pista de hielo . Breves fotogramas, fogonazos de unas vidas sin vida, de unos seres heridos por el tiempo, de una apariencia invisible que, sin embargo, según las páginas buscan un final, se transforman de pronto, como esas sombras que en el amanecer apenas son perfiles, en rotundas presencias que todo lo llenan. Poco importa la inteligente trama, vagamente policial, vagamente melancólica, si lo que se narra es la vida sin vida que toma vida en el trenzado tan exquisito como desolador de una prosa –tan deudora de ese malabarismo literario que es la hipálage, marca de la casa borgiana– incisiva, irónica, distendida, cruel, demoledora, con homenaje a Marsé incluido.

Un escritor surge cuando las imágenes que es capaz de crear toman forma y esa forma transforma e inventa la realidad y se hacen más presentes que uno mismo. Hay escritor, y de qué pocos cabe hoy decir esto, cuando un revuelo de palabras ordenadas, de manera tan desordenada como es el presente, exhiben tan poderoso mundo interior que el lector lo hace suyo, sin saberlo. Una forma de mirar la realidad de dentro, la de las palabras: no otra cosa es la literatura surgida a lo largo del siglo XX . La invención de unos personajes que viven ya para siempre en las páginas del libro y la memoria del lector. Sí, como Rimbaud, Bolaño es un noblemente «desesperado escribiendo para desesperados», radical, insobornable.

El jueves 17 de julio de 2003, Jorge Volpi lo escribió en Abc: el verdadero contemporáneo de Bolaño fue Borges, no sólo porque transitara por una «senda personal e inimitable», sino porque mostró una nueva forma de leer literatura. Había vivido todos los infiernos del siglo XX : la persecución, el exilio, la soledad, la barojiana lucha por la vida y la pasión eterna por vivir, aun en medio de una terrible enfermedad (¿cuál no lo es?). En sus libros, en todos y cada uno de sus libros, en la ya clásica y citada novela Los detectives salvajes (1998), en el fogonazo imponente que fue La literatura nazi en América (1996), en el desenmascaramiento terrible de Nocturno de Chile (2000), en la galería fascinante y extraña de entrañables personajes que componen Llamadas telefónicas (1997), quedaba la impronta de epifanías contadas con la melancólica ironía de quien recuerda futuros días de gloria.

La obra literaria de Roberto Bolaño muestra cómo hoy es una vaga anacronía hablar de literaturas nacionales. Bolaño escribía en una lengua, inventaba una poética, exhibía una tradición que rompía, como ya hiciera Borges, como tentara Bioy, y se abría a otras geografías interiores y, por ello, eminentemente literarias, las únicas que merecen contarse, las que, siempre, terminan con el silencio de los epígonos y, al mismo tiempo, los condenan.

01/05/2004

 
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