ARTÍCULO

La bestialidad de la guerra

 

Este es un libro apasionado sobre las pasiones que suscita la guerra en quienes, al parecer inevitablemente, se ven envueltos en ella. Sin lugar a dudas, no es fácil escribir de manera aséptica acerca de un tema como este. Pasión y alta carga de emotividad las hay a raudales en la amplia literatura sobre la guerra, como también suele haberla en el planteamiento de cuestiones irresolubles en torno a qué lleva a enfrentarse así a los seres humanos. ¿Es la guerra producto de la agresividad innata de la especie o, al contrario, la auténtica y devastadora agresividad sólo es la secuela de enfrentamientos bélicos producidos por una amplia constelación de factores psicológicos, culturales, sociales, económicos...? Ehrenreich roza o alude a estos y otros entresijos y ofrece una obra claramente dirigida a un público extenso y no demasiado exigente o puntilloso en las muchas materias y campos por los que se mueve con más soltura que profundidad. En el haber de la autora hay que resaltar que ha dedicido enfrentarse con un tema que a pocos humanos deja insensibles. En una época, además, de engañosa bonanza debida a la pax americana, en la que los conflictos se ven como coyunturales y periféricos, por más endémicos y cercanos que en realidad sean. En el saldo negativo cuenta, sobre todo, la distancia abismal que media entre la complejidad de los fenómenos bélicos y las muchas ingenuidades que trasluce el tratamiento que la autora hace de ellos.

La formación y ocupación de la autora –bióloga, periodista, escritora de numerosos libros sobre temas variados– y el público al que esta obra va dirigida dan razón de la mescolanza de criterios, enfoques e interpretaciones de que aquí se hace gala. Nada que objetar, en principio, a este talante abierto y flexible cuando de abordar una materia tan intrincada se trata. Por otra parte, Ehrenreich no incide en alguno de los variados reduccionismos en que suelen hacerlo quienes se ocupan de estos temas; y ese es otro de sus méritos. Además, como muchos, debe pensar que hemos borrado demasiado pronto del horizonte de nuestras preocupaciones la de la guerra. Convencida de que volveremos a tiempos peores, trata de explicarse y explicarnos los porqués de sus temores.

Creámosla, pues, cuando nos cuenta que emprendió su libro con ánimo de encontrar lo que no tenía a mano, esto es, una teoría de la guerra que le inspirara respeto. El hombre de la calle, si es que se plantea esto, suele recurrir a alguna explicación que, como apunta Ehrenreich, supone culpabilizar de la guerra a algo o a alguien: la agresividad instintiva, el imperialismo, la maldad de ciertas elites o cualquier otro mal más o menos identificable. En cambio, el especialista considera ingenuo el planteamiento mismo y, desengañado de teorías que poco o nada explican de algo tan amplio y tan mal definido como es la guerra, se dedica, si acaso, a investigaciones concretas o a la crítica de las existentes. Ante un panorama descrito de modo tan dicotómico, parece lógico que alguien probara a llenar el vacío entre profanos y científicos, y ahí es donde entra en juego la osadía de nuestra autora. Quien, además de periodista e investigadora amateur confiesa desde el principio una intensa preocupación, propia de su condición y de su tiempo: el género. Masculino y femenino, se entiende.

El argumento del libro puede resumirse con inusual brevedad: la guerra no es, en último extremo, más que un ritual o sacrificio cruento que, al mismo tiempo, conmemora y recrea, emocionalmente, el tránsito en el cual nuestros antepasados se transformaron de simples presas animales en grandes depredadores humanos. A uno no le queda demasiado claro si la autora alcanzó esta trascendental conclusión tras una larga pesquisa de los fenómenos bélicos o ya la tenía en mente antes de embarcarse en esta aventura apasionante. Sea como fuera, esto forma parte de la ingeniosa tramoya que nos ofrece Ehrenreich. En realidad, teoría no hay en estas, por otra parte, entretenidas páginas. Por benevolente que se sea respecto al uso del concepto teoría. Lo que se nos ofrece, más bien, es una especie de cóctel de elementos muy heterogéneos con los cuales apuntalar esa idea que la autora nos adelanta desde el título mismo de su libro. Tal vez, lo más sorprendente no sea el combinado mismo, sino la variedad de fuentes que alimentan la inspiración de Ehrenreich.

De un lado, ingredientes antiguos, por no decir obsoletos, y, de otro, elementos de rabiosa actualidad. Lo viejo está en ese arranque mismo de la empresa: indagar el origen en el tiempo de cualquier institución humana. Si bien la autora lo niega más de una vez, el estilo general de la obra y muchas alusiones a períodos evocan esa obsesiva búsqueda de inicios que caracterizó a los pioneros de las ciencias sociales. Qué duda cabe de que debieron existir primeras ocasiones o situaciones de eso que llamamos religión, política o economía. Caben conjeturas, si bien nunca suelen ofrecer esa seguridad con que presenta las suyas Ehrenreich. Nadie discute hoy, por otra parte, la naturaleza histórica ni el desarrollo evolutivo de las realidades socioculturales. Otra cosa bien distinta, sin embargo, es que los primeros tanteos hayan condicionado de modo inexorable todo lo que vino después. Nuestra época suele ser más dada a casar la necesidad con el azar en los procesos naturales y, por supuesto, en los humanos. Como tampoco suenan a tono con estos tiempos otras notas que se oyen en este libro: si azarosos y diversos fueron probablemente los orígenes, bastante más debieron serlo los caminos recorridos por las instituciones humanas en circunstancias y lugares diferentes.

A buen seguro, Ehrenreich no ignora esta diversidad, pero su esquema argumental parece obligarla a prescindir de matices y salvedades. Para trazar este esquema, la autora recurre a otro ingrediente de la mixtura que nos sirve. Me refiero a las importantes correcciones que en las últimas décadas, ha introducido la paleoantropología en el proceso de hominización. La fecundidad de los hallazgos fósiles en el sureste africano ha cambiado drásticamente el panorama de la evolución humana. Aparte de ampliar en varios millones de años la antigüedad de antepasados reconocibles, han obligado a llenar ese hueco decisivo para los que hemos llegado a ser. Ya no es posible establecer el tránsito, al modo decimonónico, entre recolectores casi animales y cazadores con armas rudimentarias, pero humanas. En medio hay que colocar una larguísima etapa de carroñeo, coronada no hace tanto por los inicios de la caza. Pues bien, ese es el marco novedoso de la argumentación de Ehrenreich: la guerra, nos dirá, no puede considerarse como prolongación de la caza, pero no por las razones que se aducen habitualmente; en particular, que la agresividad propia de la guerra suele estar ausente de la caza. La razón es otra: es que el hombre gestó las emociones que la guerra pone en juego –y que según Ehrenreich explican su persistencia– no en la búsqueda de sustento animal vivo, sino en su disputa con los grandes y auténticos depredadores. El homínido tuvo que conformarse primero con los restos que ni los carroñeros genuinos aprovechaban; más tarde, disputar a éstos partes más suculentas; por último, competir, ya con tecnología adecuada, con los grandes carnívoros. Y en el trayecto, el animal se hizo hombre. Empresa esta teñida de color religioso o sacrificial: al ofrecer víctimas débiles o moribundas al principio, esos antepasados distraían y aplacaban a sus carniceros (dispensadores de sustento, dueños de la vida) hasta que, ya fortalecidos, realizaron la gran revolución de enterrar a los muertos y negar todo tributo a las divinas bestias. Con dos ingredientes más: la construcción de la humanidad comportó una creciente especialización masculina (primero, luego, además, elitista o clasista) de las actividades guerreras y una fuerte solidaridad grupal para vencer enemigos mejor dotados por naturaleza. Arrinconados aquéllos a los márgenes selváticos, si bien convertidos durante mucho tiempo en significantes icónicos de la divinidad, cada grupo, pueblo o etnia se dedicó a verse como único y a guerrear con otros rivales, ya humanos, aunque muchas veces no se les reconociera como a tales.

Interpretando su pensamiento, cabría decir que, para Ehrenreich, no fue el hombre quien inventó la guerra, sino más bien todo lo contrario. De ahí que no podamos deshacernos de ella porque equivaldría a renunciar a la condición humana. Tal vez en esto estribe el aspecto más interesante y menos convencional de este libro. Lo habitual suele ser presentar la guerra bien como mera prolongación de una programática agresividad animal, bien como simple artefacto cultural añadido a la naturaleza y, por lo mismo, susceptible de ser eliminado. Ecléctica, Ehrenreich, hace de la guerra un producto nacido en el tiempo (histórico o prehistórico), pero que se ha hecho tan específico o naturalmente humano como el desarrollo cerebral, la capacidad simbólica o la sociabilidad. Hasta este punto hay que reconocer los méritos de la autora, no tanto por sus innovaciones cuanto por actualizar, con lenguaje de ahora, viejas e irresolubles polémicas.

Pero hasta las ideas más luminosas se desvirtúan cuando, como en este caso, se aúnan la osadía con la falta de rigor autocrítico y escasa preparación en el tratamiento de algunos de los temas abordados. No voy a enumerar los abundantes problemas derivados de esa combinación. Sí diré que Ehrenreich, no muy dada a calibrar la inevitable expresión metafórica que cualquier actividad intelectual implica, toma en un sentido literal e histórico todas esas etapas de la evolución humana (que son mucho más secuencias lógicas que cronológicas). Con parecido talante se enfrenta a la riqueza expresiva de insignias y banderas, con sus leones, águilas, osos..., para interpretarlas como demostraciones irrefutables de sus hipótesis. Ignorando, además, el carácter sistémico de toda simbolización icónica: a buen seguro que esos animales se representan no tanto –parafraseando a Lévi-Strauss– porque sean buenos para matar, sino para pensar, en conjuntos y no aisladamente, la bravura o la independencia. Si no es que están ahí no porque evoquen animales reales, sino debido a errores de asociaciones fonéticas (León y tantos más). Y, en todo caso, no parece que ningún elemento simbólico mantenga sus referentes, concretos o abstractos, al margen de la diversidad cultural, ni en el espacio ni en el tiempo. Ni que decir tiene que la concepción de lo religioso que aquí se transparenta (esto es, algo que equivale a la pura emotividad y que persiste sólo porque está arraigado en el hombre desde tiempo inmemorial), por popular y extendida que sea, no garantiza tampoco un tratamiento serio de uno de los pilares básicos de este libro. La copiosa bibliografía final no modifica mucho las cosas; el lector atento habrá apreciado antes el modo ligero y al tiempo reverencial en que la autora utiliza sus fuentes.

Mas habrá que estar de acuerdo con ella cuando, casi al final del camino, sugiere que la militarización de las mujeres (o la degeneración de la guerra, si se permite este neologismo que alude a la creciente desvinculación de género y sexo biológico) no apacigua la bestialidad. Y, dado que no podemos quitárnosla de encima, sólo nos queda guerrear contra la guerra. A esas emociones nos convoca Ehrenreich.

01/08/1998

 
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