ARTÍCULO

Traición y poder

Cátedra, Madrid, 1998
Versión bilingüe del Ins. Shakespeare Dirigido por M. A. Conejero Letras Universales
488 págs. 1.000 ptas.
 

Ricardo II es de las obras de Shakespeare menos conocidas en España, incluso dentro de las «históricas», y, desde luego, lo es mucho menos que Ricardo III, seguramente porque éste era más malvado. «A diferencia de otras obras shakespearianas como Hamlet o Macbeth, el número de traducciones de Ricardo II en España es considerablemente reducido –leemos en la introducción a esta traducción reciente, realizada por Manuel Ángel Conejero y su equipo–. Y ello a pesar de la enorme popularidad de que goza esta obra en el ámbito anglosajón; popularidad que "muy posiblemente" no tiene reflejo en la península». Entendemos que ese «muy posiblemente» es latiguillo innecesario. Anteriores a la traducción que nos ocupa se cuentan la de Francisco Nacente en 1872, y ya en el siglo XX, las de Rafael Martínez Lafuente, en las Obras completas de Shakespeare dirigidas por Blasco Ibáñez; la clásica de Luis Astrana Marín, y la de José María Valverde. La obra fue representada antes del 29 de agosto de 1597, fecha en que fue inscrita en el «Statinner's Register», y ese mismo año se publicó una edición en Quarto, «probablemente a partir de los manuscritos del dramaturgo».

Rápidamente describiremos las características de esta edición. El texto inglés se basa fundamentalmente en la edición en Quarto de 1597. La edición, introducción, anotaciones y apéndices son obra de Vicente Montalt y Resurrección y Pilar Ezpeleta, bajo la dirección de Conejero, aunque se destaca, una vez más, que el Instituto Shakespeare trabaja en equipo. Como presentación del apéndice se señala que «valorar estética y políticamente Richard II implica entender el modo en que el dramaturgo manipula (repite, omite, transforma, inventa), en definitiva, reescribe los textos que utiliza como fuentes». Yo creo, en cualquier caso, que no merece la pena considerar esta obra, y cualquier otra de asunto político, de William Shakespeare, con excesivo rigor histórico, habida cuenta de que muchos de sus asuntos y planteamientos revisten un carácter más general. Ricardo II refiere la toma del poder por parte de Bolingbroke. Es una obra de estructura cerrada, que retorna sobre sí. Comienza con un rey haciendo justicia y termina con otro rey haciendo, a su modo, también justicia; sólo que el rey del acto V es Bolingbroke. Para la toma del poder no sólo son indispensables las llamadas «condiciones objetivas», sino algo mucho más humano, que Shakespeare tiene más en cuenta. Habla Ricardo:

«Northumberland, pues que sois la escalera / por la que Bolingbroke ascendió a mi trono, / no habrá de envejecer mucho más el tiempo / antes de que vuestro humilde pecado, ya maduro, / se convierta en corrupción. Llegará el día en que pensarás / que es poco lo que él te entregue, aun siendo la mitad, / pues que tú le ayudaste a apoderarse de todo».

La traición y la ambición mueven la Historia; y quienes pierden, se sumen en la tristeza y en la melancolía. La reina no quiere escuchar cuentos ni tristes ni alegres, «pues si alegres, como no me siento así, / más me han de recordar la tristeza; / y si tristes, como quiera que lo estoy, / a mi falta de alegría añadiré más pena». Y Bolingbroke reflexiona al partir para el destierro: «La experiencia de lo bueno hace / que lo malo / sea mucho peor».

Ricardo II está entre las obras más melancólicas de Shakespeare, el cual se muestra sensible hacia la grandeza caída, sea la de este Ricardo o la de Catalina de Aragón. El rey es personaje de resignada dignidad: «Puedes desposeerme del poder y la gloria, pero no del dolor, que de ese aún soy rey». Podríamos aplicarle las palabras de Edward Gibbon: «Ni la fuerza de las armas ni la rebelión pudieron arrebatarle lo que ya tenía». Sabe Ricardo que suyos son su dolor y su muerte: «Puedes anunciar la destrucción, el dolor, la ruina y la desolación... / mas nunca lo peor, que es la muerte, y ésa se anuncia por sí misma». Lo demás, poco importa.

Ricardo II es una tragedia austera, centrada en el asunto principal, sin resquicios ni derivaciones, ni interrupciones humorísticas. Más que la caída de Ricardo, presenta la ascensión de Bolingbroke. De este modo, Shakespeare abre la puerta a Enrique IV y a Enrique V. Bolingbroke, por primera vez, pregunta por el príncipe Hal; volverá a hacerlo más adelante, cuando ya es Enrique IV, en una de las escenas más patéticas e intensas del teatro de Shakespeare: «Buscadle en Londres, preguntad en las tabernas, / pues dicen que las frecuenta todas a diario / en compañía de gente sin freno en sus costumbres». Entre esa «gente sin freno» sin duda alguna se encuentra sir John Falstaff.

Al ser Ricardo II una reflexión sobre la toma del poder, lo es asimismo sobre la ficción del poder. Nadie entiende mejor que el poder es ficticio que un rey destronado:

«...Porque dentro / de la vacía corona que ciñe las sienes del Rey, / allí es donde habita la muerte, donde, cual bufón, se sienta, / donde hace burla del Estado, donde se ríe de la pompa, / donde le concede un respiro y, en efímera escena, le permite / hacer de monarca, ser temido, matar con la mirada...».

Una vez más repite Shakespeare la fastuosa metáfora del «gran teatro del mundo», y una vez más aparece el «pobre cómico que se pavonea y agita una hora sobre la escena y después no se le oye más». Como Macbeth, Ricardo II es una tragedia sobre la culpa; como en Julio César, como en Macbeth, la muerte del rey se anuncia con alteraciones cósmicas, «y las estrellas se asustan a causa de los meteoros celestes». Bolingbroke, desterrado por «seis crueles inviernos» («¡Largo tiempo para una simple palabra!», lamenta) no es Bruto. No actúa pretextando razón de Estado, sino para sí mismo, pero el botín del vencedor es el Estado. Entonces es cuando se ve obligado a actuar por razón de Estado; al tener conocimiento de la muerte de Ricardo, le dice a Exton, su asesino:

«No ama el veneno quien necesita envenenar. / Así pues, yo no os amo... Aunque deseara su muerte, / al asesino lo odio y amo al asesinado».

Termina Ricardo II de forma sombría, con el asesino reconociendo su crimen: «Haced honor a mi duelo, / y, por esta muerte prematura, derramad vuestras lágrimas». Hay culpa, pero no arrepentimiento. No tardará en admitir Bolingbroke (aunque esto lo diga en otra obra) que insegura está la corona sobre la cabeza de quien la ciñe.

01/05/1999

 
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