ARTÍCULO

Revista de Literatura Vasca, Nº 2

 

Tengo que confesarlo. Mi dentista es ilustrada. Así. En femenino, y así, a ella le gusta la literatura. Cada vez que tengo que acudir a su consulta (siempre que existe una consulta hay que acudir), las esperas –nunca existió un dentista con prisa– se me hacen llevaderas, porque junto a las revistas del corazón, que lee ahora la señora de la izquierda, mi dentista conserva los suplementos culturales de los diarios, ejemplares atrasados de El Urogallo, un número perdido de Revista de libros, y nunca falta la Revista de literatura vasca. Esta vez me toca el número 2.

No hace falta decir que esta revista no se distribuye en los kioscos ni se encuentra en las librerías. A veces supongo que un grupo de iniciados se confabulan para sacarla. Cuando me siento nostálgico, creo que mi dentista se dedica por las noches a escribir, componer y editar este ejemplar que sólo podemos leer los que acudimos a su consulta. Si los depósitos legales, los escudos de la subvención le dan cierta credibilidad, he de confesar que nunca la he visto fuera de aquí, y a veces, me asalta la duda de si mi dentista será lo suficientemente hábil para no dejar suelto ni un solo cable, para darle a la revista –nada de fotos en color, poca publicidad– el suficiente aire institucional como para hacer creer que es una revista normal y no la obra de un chalado por una ciencia rara.

Bueno, aquí estoy. La música es suave, de ascensor. Los butacones, a pesar de su apariencia confortable, resultan incómodos. Alargo el brazo.

Y ahí está: Revista de literatura vasca. N.º 2.

Parece una revista institucional. La típica que una administración financia para dar un poco de publicidad a la literatura y, de paso, lavar un poco la imagen.

 

Página 1.

Si el primer número hablaba de la expansión exterior de Bernardo Atxaga, el 2, no podía ser de otra manera, dedica la portada al Guggenheim. Como siempre ante una gran obra, leo, existen opiniones a favor y en contra. Por una vez, los políticos han ganado por la mano a los artistas. Los han colocado, dice el articulista, ante la gran pregunta. Y reseña, arte puro, arte comprometido o arte en los circuitos del mercado, arte americano, rápido enlatado y vendido, pero, sobre todo, arte no subvencionado, arte independiente. Los diversos personajes dan su opinión. Foto y frase, en estilo periodístico, dúctil. El primero opina que el tema está bien, que la llegada de un museo de ese calibre, y del arte que se guarda, puede servir para cambiar la mirada del país. Un artista, cercano a la administración, entiende que la llegada del museo conformará un nuevo diálogo entre literatura y pintura, un diálogo que no sabe concretar en qué puede terminar, pero, ya se sabe, arte y literatura siempre fueron de la mano y no está de más reflexionar sobre los influjos mutuos. A fin de página, tolerancia obliga, el artículo se hace eco de las manifestaciones contra el museo y resume la intervención del bersolari Amuriza, que leyó tras una manifestación un comunicado. Ya se sabe que la literatura oral y popular no se llevó nunca bien con la élite. El lector, que soy yo, no sabe qué pensar. Sin embargo, piensa que no estará mal el futuro, piensa que el efecto económico del que todos hablan es difícilmente constatable, pero que existe, piensa que nunca el equivalente a diez kilómetros de carretera dio tanto que hablar, piensa que a principios de siglo se creó en la ciudad otro museo de arte, y que también entonces hubo de todo, aunque menos, que la democratización de los medios de comunicación no había llegado tan lejos, y piensa, en fin, que a poco que funcione puede ser uno de aquellos factores (de los que hablaba Norbert Elías) capaces de desbordar los cálculos de los gobernantes y de modificar sutilmente la opinión general hasta crear una situación nueva.

La señora de la izquierda se levanta y pregunta a la enfermera cuándo la recibirán. Le duele un poco. El lector se distrae y llega a la

Página 2: Editorial.

El editor compone, como acostumbra, el lector se acuerda del número uno, un resumen equilibrado y opaco de la situación de la literatura vasca. No es fácil describirla. Lleva un tiempo que hace de Guadiana. Desaparece, y nadie sabe a dónde ha ido. Y luego llega la Feria del Libro Vasco de Durango –se celebra en diciembre, piensa el lector–, y no hay manera de seguir las novedades. El editor no lo dice, pero el lector se acuerda de una revista nacional de literatura, que, sin rasgo de sonrojo, escribió que en verano la literatura vasca se iba de vacaciones y entre lo poco que se podía reseñar, se encontraba un folleto. En fin, el editor gana en optimismo al lector. Le recuerda que éste es un año en el que los libros sobre literatura vasca se han multiplicado: exámenes sociológicos, exámenes históricos, el libro de Orpustan, el libro de Kortazar –el lector se extraña de verse citado, y piensa que hablarán de otra persona, quizás de su hermano, que no casualmente se apellida igual–, el libro de Torrealday, tan lleno de fotos, donde no falta nadie, aunque, de paso, se atribuya a Xabier Kintana, académico, la autoría de Blancanieves (problemas de no distinguir un autor y un traductor); el libro sobre Historia de la Literatura publicado por la institución Sancho el Sabio.

De repente, sin embargo, el tono del director se hace más cáustico. Llega al artículo de Matías Múgica, publicado en Letra Internacional, donde habla de la cultura vasca como una forma estructura en la que existe poca sinceridad y mucha subvención. Al editor se le nota picado.

El lector busca en el montón de revistas, a ver si está Letra Internacional. Pues, no no está. Lástima. La dentista es ilustrada, pero no es la Biblioteca Nacional. Al lector le queda poca opción para hacerse una idea. Las opiniones de Múgica le parecen apresuradas, pero el editor dice que en Madrid se puede decir cualquier cosa de los vascos, y que así nos va. El lector piensa que más le vale que el editor no le oiga pensar, porque sus ideas tampoco son tan políticamente correctas.

Debajo de la editorial el lector (paciente en aquella sala casi vacía), vio los escudos institucionales. La revista llevaba las señas de lo que, sin duda ha sido la leyenda más veces editada en los últimos años: un escudo del Gobierno vasco y la frase «Esta publicación se edita gracias a una subvención de la Consejería de Cultura del Gobierno Vasco». El lector se fijó algo más y vio un segundo escudo «Diputación Foral. Departamento de Cultura». Es decir, la subvención era duplicada. Tampoco le extrañó. Pensó que era la dentista y que lo hacía para despistar, para que la publicación pareciera legal. Y así miró la

Página 3: Premios Euskadi de Literatura.

El reportaje en grandes letras hablaba de los premios Euskadi. Premios institucionales del Gobierno vasco, que, cosa rara, distinguían literatura infantil (premiado, Bernardo Atxaga). Traducción y literatura en general, sin distingo de géneros, aunque eso sí, en «bilingüe», en castellano; el premio se lo llevó Pedro Ugarte, y en euskara la novela borgiana de Aingeru Epalza Tigren ebizan [La caza del tigre], finalista, Bihotz bi [Dos corazones] de Ramón Saizarbitoria.

Tras la mención de los galardonados, el articulista se veía en un aprieto. No sabía si el fallo estaba bien, o no. Por eso decidió despistar. Siguió con la importancia de los premios en la institucionalización de la literatura vasca. El lector pensó que era verdad. Si había dos situaciones importantes que habían dado alas a la publicación y creación de la literatura vasca, habían sido la introducción de la lengua y la literatura en la enseñanza obligatoria y la creciente creación de premios literarios. No estaba mal. Pero a veces, fallaba la distribución. Los premios que veían la luz, se perdían en los anaqueles de las librerías o en los almacenes de la entidad convocante. Es que los premios servían para dos cosas: las instituciones pensaban que aún continuaba la situación bajo el franquismo donde la inexistencia de editoriales comerciales favorecía la existencia de premios que se editaban sin visión comercial, y los premios reforzaban esa idea central que piensa que la literatura, además de una forma de creación, es una forma de conseguir legitimidad social.

Debajo del artículo un anuncio ofrecía libros en CD-ROM, y en casette, y además regalaba una bici. El lector preguntó a la señora si le dolía mucho. La señora miró al cielo, y no contestó.

Página 4: Las grandes opiniones.

La página muestra un sesudo artículo sobre una panorámica general de la literatura vasca. Existen dos valoraciones: la de signo negativo y la segunda, claramente optimista. Una propone que la literatura vasca entró en crisis a partir de 1991, por razones complejas que van desde la crisis económica posterior a la Guerra del Golfo, a la reducción de subvenciones por la aportación de la Consejería de Cultura del Gobierno Vasco a la construcción del Museo Guggenheim de Bilbao, y que existió una reducción en la publicación de literatura para adultos, acompañada de una mayor exigencia editorial, además de una menor aparición de jóvenes en las letras vascas, es decir de una ausencia del relevo literario, asunto grave desde una perspectiva nacionalista, en la que la literatura cumple un papel legitimador en la sociedad.

La otra opinión afirma que puede encontrarse en la literatura vasca una calidad similar a las literaturas del entorno.

Desde la autocomplaciencia al catastrofismo, el lector en la sala de espera, pensó que la aparente contradicción de estas opiniones sólo podía atemperarse pensando que son dos cuestiones de distinto nivel. En efecto, una se refiere a la percepción que desde dentro de la propia lengua, habla de la sensación de placer estético que se siente en la lectura. Pero es bien cierto que la subjetividad no se asienta sobre el índice de obras escritas en euskara que, traducidas a otros idiomas, hayan tenido éxito. De hecho, sólo los escritores Bernardo Atxaga, quien ha conseguido un reconocimiento internacional, y la autora de literatura infantil Mariasun Landa.

La primera opinión descansa sobre datos de signo distinto, sobre datos de elementos socioliterarios, más que estéticos. Esas opiniones son como los equipos de fútbol que juegan bien en casa, pero no consiguen puntos cuando disputan partidos fuera.

La enfermera se acercó y el paciente pensó que le tocaba a él. Pero no. Llamó a la señora de la izquierda, quien esbozó una sonrisa y se dirigió a la sala de consulta.

El lector se encogió de hombros y siguió por la

Página 5. «Una cartografía del mundo de la poesía».

Decía el titular. «¡Vaya, poesía!, pensó él, con lo poco que vende». Quizás no se note tan bien de salud la poesía –comenzaba el artículo–, a pesar de la renovación que han llevado a cabo poetas de larga trayectoria. Si se habla de crisis del 91, ella alcanzó de lleno a la poesía. Si en los años ochenta hubo una especial atención a la edición de poesía, tanto en cantidad como en calidad, no sucedió lo mismo en los años noventa. Por una parte, el panorama estaba ocupado por los autores que habían comenzado a publicar a mediados de los ochenta, por otro la ausencia de renovación y de nuevos nombres incidía de forma clara sobre este género. Los nuevos nombres tardarán en llegar hasta mediados de la década que nos vive. Al parecer, la poesía es como el agua que se escurre entre las manos, y los jóvenes poetas preferían otro tipo de cauce para publicar sus textos poéticos.

El lector había leído el párrafo de un tirón. «Bueno, se dijo, era un panorama certero». El artículo seguía con la denominación de las grandes corrientes: poesía existencialista, poesía comprometida, que al lector le parecía levemente política, poesía simbolista, poesía de la experiencia.

La página recogía la declaración de un escritor que, rotundo, afirmaba la inexistencia de crítica literaria. Una nota del editor avisaba que en vista de la afirmación anterior había decidido suprimir la sección de libros, y ofrecer en su lugar una sección de gastronomía. El lector pasó la vista sobre un restaurador, que le pareció bizco, y que explicaba sus recetas en un almibarado estilo florentino que casi le ofendía. Molesto, pasó la página y se encontró en

La Página 6. «Tres novelistas».

Por fin, la novela, el gran género de la década. ¡Si hasta los poetas se pasaban a la novela!

Sí. Tres novelistas y tres grandes novelas. El primero fue Bernardo Atxaga, contaba el articulista, con su novela Gizona bere bakardadean [El hombre solo] a la que siguió Zeru horiek [Esos cielos] donde apuntaba un sincretismo que buscaba asidero en el antihéroe, para, sin obviar algunas referencias históricas, retomar el valor afectivo que traspasaba la anécdota de las grandes historias de Atxaga. El personaje desvalido, la historia dentro de la historia (aquí una cinta de vídeo que dentro de la novela cuenta el símbolo que desarrolla la historia), la metáfora del cielo cambiante, el no-lugar, ese lugar del mundo contemporáneo que es todo lugar, y sobre todo, el lugar anónimo, la inteligente combinación de prosa y poesía (una buena antología de poesía como estrategia para que los que no leen poesía se acerquen al género) hacían de esta pequeña novela una aproximación rigurosa a un personaje símbolo y a una seducción del lector.

Anjel Lertxundi ha optado por novelar la reflexión moral de un caballero que espera a la muerte, y ha presentado en una novela moderna, una alegoría moral. Otto Petto [Las últimas sombras] ha creado una visión alegórica sobre el poder y la existencia, el amor y la rebeldía.

Ramón Saizarbitoria, tras un largo silencio, relató en Hamaika pauso [Los pasos incontables] el retrato de una generación, que comenzaba en la modernidad, pero sobre todo, resulta un angustioso drama de la angustia ante la muerte, representado por el trasunto en la ficción de una de las personas que fue fusilada en las postrimerías del franquismo.

El lector apuntó mentalmente los nombres de las novelas, no fuera que se quedara sin leerlas y fuera de los círculos, sin saber qué decir cuando sus colegas, que apenas leían, hablaran, para demostrar que estaban al día, del libro de Atxaga, del libro de Lertxundi, del libro de Saizarbitoria. Y así llego a

La Página 7. La traducción.

Había un fenómeno nuevo, decía la revista: el auge de las traducciones a la lengua vasca. Existía una colección que proyectaba la edición de Cien Obras Maestras de la Literatura Universal, y las versiones que habían aparecido eran exactas, claras, utilizaban un euskara importante.

Los traductores declaraban que existían lectores que sólo leían traducciones. Se sospechaba que los traductores utilizaban un estilo literario más depurado, exacto que, incluso, los mismos escritores.

No había duda. Las nuevas traducciones enseñaban euskara, enseñaban a narrar. No había más remedio que reconocer que eran importantes las traducciones al euskara; eran importantes para la nueva creación, la estimulaban. Es un fenómeno que está superando la prueba con fuerza; un nuevo pundonor sale de la literatura.

La página incluía un segundo artículo sobre el lectorado. Según una reciente encuesta, había algunas dudas sobre el lectorado vasco. La mayoría provenía de la escuela, la literatura se había convertido en «ancilla pedagogiae», algunos escritores vendían mucho, pero las editoriales habían aprendido que, de verdad, de verdad, se vendía en las escuelas, lo que había traído como consecuencia la inflación en literatura infantil. En cualquier caso, lo que preocupaba al articulista era una encuesta reciente –la única quizá– que señalaba que los alumnos del extinto BUP preferían leer literatura en español, y que esta lectura era, en la mayoría de los casos, única.

La ausencia de un público adulto se dejaba notar en un mundo en el que cada vez la imagen tenía mayor presencia. El lector era un letraherido y se hizo oscuras representaciones sobre el fin de la literatura. Apesadumbrado miró la

Página 8.

La contraportada prometía un previo de la última novela de Jimu Iturralde «Kilkirra eta roulottea». El lector se dispone a gozar de un comienzo moroso. Traduzco: «Tres horas antes de la muerte de Franco, yo dormía».

En este momento, se abre la puerta, la enfermera avanza sonriente hacia mí, me señala que ha llegado la hora. Me desespero, nunca sabré cómo sigue el texto de Iturralde.

01/01/1998

 
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