ARTÍCULO

Retratos de artista en crisis

Alfaguara, Madrid
264 pp. 18,95 €
 

Por razones que no vienen al caso, recientemente hube de releer y analizar Luna de lobos (1985), la primera novela de Julio Llamazares, a cuyas páginas no había vuelto prácticamente desde su publicación, si descontamos algún que otro picoteo aislado. La inolvidable impresión que aquella opera prima había dejado en una lectora algo más ingenua y menos curtida que ésta que ahora les habla (no en vano han pasado veinte años), lejos de desvanecerse o debilitarse tras esta relectura, permanece incólume. Casi a continuación leí El cielo deMadrid, la última novela del escritor leonés, que nos llega diez años después de la anterior, Escenas de cine mudo (1995), aunque entre ambas Llamazares ha ido publicando varios libros de viaje. Si la revisión de Luna de lobos me permitió comprobar que, al cabo del tiempo, la novela mantenía intachables los aciertos que en su día había apreciado (una muy calculada estructura narrativa, la perfecta combinación de los distintos elementos de la trama según una ley compositiva regida por la simetría y la gradación, la alternancia entre relato épico y discurso lírico, y un lenguaje de portentosa expresividad y gran riqueza plástica), la lectura de El cielo de Madrid me ha dejado muy desconcertada. No porque no entienda la novela, sino por el empeño en explicarme según qué cosas. Veamos.
En primer lugar, el narratario, es decir, la figura a quien explícitamente va destinado el relato; en este caso, el recién nacido hijo del narrador, a quien, en tono semiconfesional, éste le cuenta la historia de su vida «para que sepas quién fue tu padre, cuál fue su vida y su trayectoria, qué hay detrás de su pintura y de su obra». El relato, además, encierra una lección, ya que El cielo de Madrid, a rachas, puede tomarse como una novela de aprendizaje y de formación, tanto del artista como del hombre o la persona.Tal destinatario –y el designio que éste se propone cumplir– explicarían determinados tramos de la novela (por el contrario, no así otros), en los que predomina un discurso excesivamente plano debido al afán de exponer, explicar y justificar, a veces de manera excesivamente redundante. Lo cual enfría y destruye el encanto del relato, demasiado disonante en sus registros: «Lo único que al artista debe interesar es su trabajo»; la pintura es «la única forma de decir la verdad y de soportarla y de buscar, a la vez, la vida que perdí viviendo otras, como supongo te ocurrirá a ti también un día. Les pasa a todos los hombres, pese a que la mayoría no se dan cuenta».
Segundo problema de esta novela, que tiene por asunto el clásico conflicto entre Arte y Vida. Estructurada en tres partes –Limbo, Infierno y Purgatorio–, El cielo de Madrid cuenta el periplo de un joven de provincias (Carlos, el narrador) que, junto con otros, se vino a vivir a Madrid con el sueño de conquistar su cielo. El presente arranca del verano de 1985, momento que es un verdadero final de esa primera etapa –el Limbo–, con la irremediable disolución del grupo de amigos, la primera crisis artística seria y una inminente ruptura amorosa, lo cual obliga al narrador a revisar aquellos años y hacer el correspondiente balance de los mismos. Lo estereotipado de los personajes y el desvaído y tópico ambiente con que se plasma esta etapa, ¿pueden explicarse porque Carlos pintaba por entonces unos «cuadros que llenaba de figuras y de rostros sucesivos y que llamé genéricamente Personajes en el Limbo?» Es una de las posibles «explicaciones», pero claro... en la pintura también hay lugar para la profundidad, el matiz y los contrastes.
El segundo ciclo –Infierno– se caracteriza por la radical disociación entre Hombre (Persona) y Artista: el éxito de Carlos como pintor corre en paralelo a su fracaso personal: la vivencia del miedo, el letargo, la inercia, la alienación, la soledad real, el sinsentido, etc. Es la comprobación de que «el éxito está vacío», según le había anticipado su amigo y consejero intelectual Suso (una especie de perversa y lúcida sombra al modo larriano de una conciencia embriagada pero indomeñable). Lo cual sume a Carlos en una nueva crisis que le lleva a abandonar Madrid y distanciarse de aquel nuevo noctambulismo más snob y selecto, si bien menos ingenuo que el anterior. En ninguno de ellos, en cualquier caso, se perciben rastros de esa afamada «movida» madrileña cuyo telón de fondo supuestamente recoge esta novela, según se encargan de machacar los publicistas de turno.Y se echa de menos un lenguaje más acerbo y vitriólico a la hora de hacer la crítica de la escena cultural que conduce a Carlos a inaugurar un nuevo círculo: el Purgatorio o la voluntaria retirada a un pueblecito de la sierra madrileña, Miraflores, donde permanece tres años, en un nuevo intento de reconciliar los opuestos, o al menos limar las asperezas derivadas de la eterna paradoja Arte-Vida, intento que concluye con el regreso a Madrid, el descubrimiento de un nuevo espacio y los jóvenes que lo habitan, gentes en quienes Carlos ve reverberar sus antiguos sueños juveniles: «Gente joven y con ganas de vivir que nada tenía que ver con la que acababa de ver en la galería, pretenciosa y pagada de sí misma y convencida de ser la más interesante del país, ni con la que había dejado en Miraflores, aburrida y vacía hasta la desolación». Gente sana, con los ideales en pie, y un nuevo amor que le lleva a aceptar la responsabilidad de engendrar, olvidando antiguos miedos o delirios. Todo relatado en tres páginas epilogales (en las que se alude a una anterior tentativa de suicidio que jamás se enfocó detenidamente en los círculos previos) que nos conducen a un cuestionable happy end.
Para quien no conozca algunos títulos descollantes de la literatura moderna, las tribulaciones del pintor Carlos sin duda le resultarán de interés, aunque a mí me parecen demasiado sencillas y hasta triviales (sobre todo en su formulación). Sí me han gustado los autorretratos del artista en las sucesivas etapas (círculos) que recorre, así como el análisis de los cambios o mutaciones en su trayectoria pictórica, pasajes en los que decididamente retorna la buena escritura de Julio Llamazares, que tan a menudo flaquea en estas páginas.
Determinados aciertos de novelas anteriores, muy eficaces en obras donde predomina el registro lírico, se compadecen mal con un relato que mayoritariamente se escora hacia el costumbrismo urbano.Y, así, cuesta digerir los paralelismos en el inicio de los párrafos cuando éstos se reducen a fórmulas del tipo: Pero, Porque,Y es que, Por eso, Aunque..., repetida alguna hasta tres veces en una misma página.Tampoco convencen las múltiples reiteraciones, que no contribuyen a crear un ritmo o musicalidad en la prosa, más bien al contrario; símiles muy manidos, luego exentos de cualquier eficacia expresiva («el tiempo se me escapaba como un pez de las manos»; «comencé a sentir que me iba, como la barca que arrastra la corriente de la orilla»; «Era una sonrisa amarga, como el limón del gin-tonic que acababa de traerme el camarero»; «el frío se colaba por todas las rendijas como si fuera un fantasma helado»; «eché a andar calle abajo dejando atrás aquel barco que se hundía poco a poco en el silencio de la noche, como el Titanic en las heladas aguas»), o ciertos graves descuidos y desaliños que no voy a detallar, aunque resulten tan llamativos viniendo de la pluma de Julio Llamazares, uno de los mejores escritores de su generación.
Porque, como pone en labios de su personaje Suso, sabe muy bien el autor que «lo importante es saber contar lo que sabes».Y, en El cielo de Madrid, lo que esta lectora echa de menos es, sobre todo, el arte de saber contar.

01/06/2005

 
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