ARTÍCULO

¿Para qué sirve el paisaje?

 

Paisaje es, ciertamente, un concepto proteico. Y desde una perspectiva posmoderna en la que, abolidas las «grandes teorías», visiones y relatos se multiplican, el paisaje, en sus numerosas y permanentemente renovadas manifestaciones, conceptualizado de muy distintas maneras, resulta omnipresente. Hasta el punto, dice Alain Roger que «apenas hay entidades geográficas que no hayan accedido a la dignidad paisajística»Alain Roger, Court traité du paysage, París, Gallimard, 1997, p. 5.. Los paisajes surgen, decaen o desaparecen en relación con los cambios técnicos y culturales, con la renovación de las sensibilidades. La montaña será un «pays affreux» –la orofobia se fundamentó en el rigor del clima, la esterilidad y las penalidades del acceso– como lo fue el océano –maléfico, repulsivo, amenazadora reliquia del diluvio– hasta finales del siglo XVIII. Habrá que esperar al siglo XIX –auge del higienismo– y del XX –ecologismo– para que el bosque, durante mucho tiempo hostil para el imaginario occidental, se convierta en un paisaje profundamente apreciado. Y sólo a comienzos del pasado siglo surge el desierto como paisajeIbídem, pp. 83 y ss. Véanse especialmente Philippe Joutard, L’invention du Mont Blanc, París, Gallimard, 1986; Alain Corbin, Le territoire du vide. L’Occident et le désir du rivage, 1750-1840, París, Aubier, 1988; Michel Roux, Le désert de sable - Le Sahara dans l’imaginaire des Français (1900-1994), París, L’Harmattan, 1996.. Otros nuevos paisajes, con sus lenguajes propios, irán apareciendo. El pantano, rehabilitado no sólo por razones ecológicas, sino también estéticas, los baldíos, los paisajes submarinos, mostrados por Cousteau y Luc Bresson, los vinculados al progreso tecnológico: los paisajes de la microfísica, de la investigación espacial, los virtuales, preñados de posibilidades...Véase Alain Roger, op. cit., pp. 106 y ss. Joan Nogué se refiere también a los paisajes de la destrucción y de la desolación, provocados por el hombre y a los que quizás estamos acostumbrándonos. Hay que añadir los terrenos abandonados, los descampados –«lugares que los políticos y los constructores desechan» (Lara Almarcegui), los del «land art», los del cine y tantos otros. Marc Augé, en fin, ha hablado de los «no lugares», cabría decir «no paisajes», sin identidad histórica o relacional, que se interpenetran con los paisajesMarc Augé, Los «no lugares». Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad, trad. de Margarita Mizraji, Barcelona, Gedisa, 2008.. Tal proliferación paisajística podría relacionarse con una cierta ética posmoderna, una «pietas» en término de Vattimo, que supone atención a todo lo real, cualquiera que sea su valor, que debe ser atendido porque muchas veces es lo único que conocemos y, quizá, «lo único que podemos conocer». Piedad, en fin, que supone amor a lo viviente y a todas sus manifestaciones y huellasVéase Gianni Vattimo, Ética de la interpretación, trad. de Teresa Oñate, Barcelona, Paidós, 1991.. Hablar de paisajes en estos términos parece referirse al entrecruzamiento, la «contaminación» de imágenes, interpretaciones y reconstrucciones que compiten entre sí en un mundo dominado por la comunicación. En tal sentido parece manifestarse Michel Conan: «Las formas modernas de apreciación del paisaje constituyen una parte cada vez mayor en esta exploración de la naturaleza, [...] abordándola como un palimpsesto [opuesto a la visión panorámica vigente desde el Renacimiento] recubierto de escrituras múltiples»Michel Conan, «Eloge du palimpseste», en Hypothèses pour une troisième nature, Londres, Coracle Press, 1992, p. 51. Citado por Alain Roger, op. cit., p. 116..
El problema que surge ante tal multiplicación y entrelazamiento de imágenes paisajísticas –apasionante, por lo demás– es el de una cierta «disolución» del paisaje, el de la, posiblemente, escasa eficacia, con tal complejidad conceptual, para hacer frente a las agresiones –y para reparar los daños– que el paisaje viene sufriendo. Entre nosotros, el asunto parece especialmente grave, desde la sumisión a fuerzas al parecer incontrolables, políticas, económicas y sociales. Costas y periferias urbanas vienen degradándose a un ritmo creciente desde hace mucho tiempoVéase Luis Fernández-Galiano, «Paisajes españoles», El País, 22 de abril de 2006.. Por ello, conceptual y prácticamente, entiendo –y tal parece, dentro de una cierta dificultad para fijarlo, el criterio dominante en Recuperación del paisaje– que debe aceptarse la centralidad –que no exclusividad– del concepto clásico de paisaje, propio de la tradición geográfica moderna –de Max Sorre a Manuel de Terán, pasando por Francisco Giner de los Ríos– que lo define como «la forma y el rostro adquiridos por los hechos geográficos, es decir, la faz de una realidad territorial, más la imagen que se le otorga históricamente por la cultura» (Eduardo Martínez de Pisón) o, en otros términos, «la forma visible de la naturaleza, expresión, por tanto, de un orden natural subyacente, con sus valores y sus cualidades, con sus significados y su sentido» (Nicolás Ortega). Este es el paisaje de cuya relativa pérdida y recuperación habla Martínez de Pisón. Eclipsado parcialmente en los años sesenta en los que (Pierre George, Lacoste...) el paisaje se sustituyó por el «espacio», con la proposición del «análisis espacial» como objeto propio de la Geografía, la recuperación vendría, ya desde los setenta, con los trabajos inaugurales de Georges Bertrand y su amplia área de influencia; «la geografía de la percepción», con su fondo de paisaje interior, el auge creciente de la «geografía cultural». El retorno al paisaje será así el de su consideración como «producto y reflejo» de civilización, y supone también «el aprecio no sólo de significados del paisaje, sino [...] [la] valoración de su pérdida, como privación, además de su funcionalidad, de un género de vida, de una civilización»Eduardo Martínez de Pisón, «La recuperación del paisaje. Una mirada al proceso de retorno desde la geografía española», en Eduardo Martínez de Pisón y Nicolás Ortega Cantero (eds.), La recuperación del paisaje, Madrid, Universidad Autónoma/Fundación Duque de Soria, 2008, p. 31..
Este es el paisaje que, al margen de su crisis como concepto científico central, «totalizador», de la geografía y desde la interdisciplinariedad, se trata de «recuperar» en el libro que comentamos. Este es el paisaje, en fin, cuya pérdida se contempla como una amputación de la identidad, una consecuencia histórica imprevisible, tanto más intensa cuanto mayor sea su valor simbólico. Escribe Joan Nogué que «toda esta urbanización sin sentido ha causado una pérdida de identidad territorial. La gente se pregunta qué está pasando. Tanto localmente como en el contexto de la globalización. Todo esto causa en las personas desasosiego, la sensación de que aquí hay algo que no funciona». Y añade: «La preocupación por el paisaje “per se” no se entiende si no es en este nuevo contexto del territorio. Sobre todo, el paisaje es un tema de debate cultural. Cuanto más culta es una sociedad, más respeta sus paisajes, conservando los elementos que le dan sentido y mejorándolo cuando es necesario»La Vanguardia, 30 de diciembre de 2007.. Este es el paisaje de escritores y poetas. Dice Julio Llamazares en El río del olvido que la memoria es inseparable del paisaje «en el que ha ocurrido toda su vida. Es un espejo, no un telón de fondo de un escenario; en este espejo se refleja la vida de las personas. Cuando un paisaje desaparece, y no sólo porque le hayan puesto encima un embalse, el ser humano se duele y se resiente [...]. Todos tenemos un paisaje en el que aprendimos a ver el mundo»Véase Juan Cruz, «La memoria de la nieve», El País, Babelia, 18 de abril de 2009.. Acosados por múltiples temores –paro, enfermedad, violencia, disturbios, los «liquid fears» de Zygmunt Bauman–, el paisaje nos enraíza en el mundo, es parte esencial de nuestro patrimonio: «una inmensa dote que hemos heredado y que podemos desarrollar», pero con respecto a la cual tenemos una serie de responsabilidades, la primera de ellas, obviamente, la de «respetar y preservar un legado para poder transmitir la herencia a las generaciones venideras» (Rafael Núñez Florencio).
Retorno al paisaje. El saber filosófico, cultural y científico del paisaje en España se estructura en tres partes. La primera –«Ontología del paisaje»– recoge trabajos de Eduardo Martínez de Pisón («La experiencia del paisaje»), Rafael Núñez Florencio («Historia y filosofía del paisaje») y Joaquín Fernández Pérez («El paisaje entre la naturaleza, el arte y la ciencia»). La segunda parte –«La valoración cultural del paisaje»– agrupa los estudios de Nicolás Ortega Cantero («Paisaje e identidad nacional»), Joan Nogué («Paisaje, territorio y sociedad civil»), Anita Berrizbeitia, Romy Hecht y Arancha Muñoz («La idea de paisaje en Estados Unidos»), Iñaki Ábalos («Lugar y carácter: dos invenciones pintorescas»), Robert Rosenblum («Lo sublime abstracto») y Barbara Dayer Gallati («El paisaje americano y lo sublime mudable»). Ilustran la parte tercera –«Conocimiento científico del paisaje»–, los trabajos de los geógrafos Joan F. Mateu Bellés («Descubrimiento científico del paisaje»), Concepción Sanz Herráiz («Los científicos de la tierra y la evolución de los estudios sobre el paisaje en España») y Josefina Gómez Mendoza («Los ingenieros de caminos y de montes y su intervención en el paisaje»), y del geólogo Javier Oberti Segrera («El paisaje desde la ciencia a la planificación territorial»).
Retorno al paisaje se une, por referirnos a la tradición francesa, a un conjunto de publicaciones clásicas que intentan dar una visión de conjunto del paisaje, analizado desde perspectivas distintas: A quoi sert le paysage? (Hérodote, núm. 7 [1977]), François Dagognet (ed.), Mort du paysage? Philosophie et esthétique du paysage (Seyssel, Champ Vallon, 1982), Lire le paysage, lire les paysages (París, CIEREC/Université de Saint-Etienne, 1984) o De l’Europe des pays a l’Europe des paysages (Paysage et aménagement, núm. 21 [1992]). Así como a las imprescindibles que viene impulsando entre nosotros el Instituto de Paisaje de la Fundación Duque de Soria: entre las más recientes, editadas por Eduardo Martínez de Pisón y Nicolás Ortega Cantero, La recuperación del paisaje (2008) y Los valores del paisaje (2009). Los diversos estudios contenidos en el libro responden a la situación actual en que el paisaje ya no es sólo el campo de los geógrafos, una voluntad de interdisciplinariedad que se manifiesta en los especialistas escogidos, pertenecientes a distintas disciplinas: Geografía, Historia, Historia del Arte, Arquitectura o Geología. Seguramente el concepto de paisaje que integraría a tan variados trabajos –explicitado en los de Martínez de Pisón, Ortega, Sanz y Mateu– es el clásico de la geografía moderna, como ya se indicó. Se trata, en definitiva, de recoger lo real –materia de la ciencia– y lo vivido por los hombres, ámbito de la cultura. Inevitablemente hay ciertas perspectivas sobre el paisaje, insinuadas, esbozadas en el libro, en las que resultaría importante insistir, ahondar. Entre ellas, la histórica. Entre sus representantes más conocidos, Simon Schama o Alain Corbin, cuyos puntos de vista sobre la memoria y el paisaje, la historicidad de los paisajes, la dimensión religiosa y moral de los mismos, la ampliación de los códigos espaciales, la relación entre la apreciación del paisaje y las formas de recorrerlo o la relación entre el paisaje y los fenómenos meteorológicos merecen ser más conocidos entre nosotros. La filosófica, con los finos análisis sobre la función de la estética en la sociedad moderna y la artialisation del paisaje de Joachim Ritter y Alain Roger. O la antropológica, con las renovadoras aportaciones de Tetsuro Watsuji y Pierre Sansot, para quien de la revelación de nuestro personal paisaje depende el sentido de nuestro destino. Y una ausencia importante en el libro: la de un paisajismo de influencia creciente, imprescindible hoy en día en los proyectos urbanísticos importantes: el jardín del mañana, ha dicho uno de los paisajistas más destacados, Michel Corajoud, «será indudablemente la ciudad [...] los paisajistas de hoy son responsables del paisaje de mañana». Junto a él, en el ámbito francés, Gilles Clément, Alexandre Chemetoff, Michel Desvigne o Pascal Cribier, autores de trabajos imprescindibles y de proyectos renovadores que justifican la afirmación de Corajoud.

01/06/2010

 
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