ARTÍCULO

La verdad del arte

Pre-Textos, Valencia, 608 págs.
Trad. de Víctor Andresco
 

Escrita en la década de los noventa y publicada en 1899, Resurrección es la tercera y última novela de Tolstói. Frente a la majestuosidad serena y monumental de Guerra y Paz y la escritura pasional de Ana Karenina, se distingue, en primer lugar, por la simplicidad de la intriga y la unidad y el dinamismo de la acción. Narra la seducción de una joven sirvienta pueblerina, Katiusha Máslova, a manos de su señor, el príncipe Nejliúdov. La joven se convierte en prostituta y después es acusada de robo y asesinato y condenada injustamente por un jurado presidido precisamente por el príncipe, el cual siente remordimientos de su mala acción y experimenta una suerte de resurrección moral intentando salvar a la joven y redimirla de su condena, llegando incluso a ofrecerle el matrimonio y, al final de la obra, a descubrir el cristianismo. La trama, propia de un folletín, es verídica. Le fue contada a Tolstói por su amigo Koni, célebre jurista ruso. En sus nueve años de gestación, que dieron lugar a tres borradores diferentes, la fábula inicial se convirtió en la obra más ambiciosa de su autor. En ella Tolstói reconcilia sus ideas religiosas, estéticas y morales (expuestas principalmente en los ensayos ¿En qué consiste mi fe? y ¿Qué es el arte?) con la poderosa intuición artística de su prosa de ficción. La historia de amor de Nejliúdov y Katiusha no constituye el núcleo de la novela. La verdadera acción comienza en el juicio, cuando Nejliúdov reconoce a Katiusha. De esta manera la historia sentimental cede el paso al drama social, a un reportaje novelado sobre los tribunales, las prisiones y los presos. Y éste se transforma al final, en revelación de la verdad mediante la exposición de las ideas religiosas de Tolstói.

Ahora bien, la aparente sencillez constructiva de esta intriga de amor, renuncia y sacrificio es sólo externa. Si se lee a la luz de la conciencia, Resurrección parece haber sido concebida por su autor como continuación, y en cierta manera inversión, de Crimen y castigo de Dostoievski, y constituye, ciertamente, una obra compleja y contradictoria. El tema de la novela, presente ya en el título –un concepto clave del cristianismo– es la resurrección moral, entendida como regeneración espiritual del ser humano. Resurrección es, ante todo, la respuesta del escritor a la sociedad de su época, pero también a ¿Qué hacer?, la famosa novela social de Chernishevski. En este sentido, es una novela en blanco y negro, de luces y sombras, que presenta, a modo de contraste, una implacable denuncia de las injusticias sociales, y, en concreto, de la persecución de las ideas religiosas y políticas. Basándose en una inmensa documentación y en sus propias observaciones, Tolstói revela la cara oculta de la sociedad rusa: el conmovedor universo humano de las cárceles. A diferencia de las Memorias de la casa muerta de Dostoievski y de La isla de Sajalín, de Chéjov, Tolstói presenta la impresionante odisea de los condenados (presos comunes, políticos y de conciencia) contrapuesta a un radical fresco satírico de los verdugos y explotadores, la aristocracia terrateniente y el clero. Frente al remordimiento, el sufrimiento y el horror, Tolstói propone el autoperfeccionamiento moral a través de la vía del arrepentimiento que conduce a una filosofía del olvido y el perdón. A la violencia revolucionaria, el pensador ruso opone la no violencia como modo de vida. Así, el descenso a los infiernos del universo carcelario es un viaje iniciático que despierta la aletargada conciencia de Nejliúdov –alter ego del escritor– y le conduce a renunciar a su vida ociosa y privilegiada, el lujo y las ambiciones mundanas, a partir en busca de una vida completamente nueva y auténtica.

Resurrección es una vuelta de tuerca en el género de la novela, una singular amalgama de ficción ideológica y de utopía milenarista, que ha sido considerada en algunas ocasiones como novela tendenciosa y visionaria, novela panfleto y obra militante de comunión. La mirada dura, brutal y satírica de Tolstói no propone una reforma de la sociedad, sino del ser humano. La visión apocalíptica de la sociedad rusa de finales del XIX es expuesta por él como imprescindible «cura de desilusión», y aspira a la utopía de una sociedad sin justicia y sin prisiones. Puesto que «cada hombre lleva en sí mismo los gérmenes de todas las cualidades humanas», la verdadera vida comienza cuando triunfa el espíritu. A juicio de Tolstói, la verdad del arte consiste en representar la verdad de la vida. Precisamente por eso, la novela concluye con el descubrimiento de lo que para él constituye una verdad sencilla e incontrovertible: «El único medio para salvarse del terrible mal que hace sufrir a los seres humanos consiste en que la gente se reconozca siempre culpable ante Dios y, por tanto, incapaz de castigar ni de corregir a otras gentes». El objetivo de la vida consiste, entonces, en «establecer el reino de los cielos en la tierra» cumpliendo la voluntad divina: «El primer mandamiento consiste en que el hombre no debe matar, irritarse ni despreciar a sus hermanos; si se enojare ha de reconciliarse con su adversario antes de ofrecer un sacrificio a Dios, es decir, antes de rezar. El segundo mandamiento dice que el hombre no debe cometer adulterios ni codiciar a una mujer por su belleza, y una vez casado ha de permanecer fiel. El tercer mandamiento, que el hombre no debe prometer nada por medio del juramento. El cuarto mandamiento, que el hombre no debe pagar ojo por ojo, sino ofrecer la otra mejilla cuando le hieren la diestra; debe perdonar las ofensas, soportarlas con resignación y no negar nada de lo que le pidan sus semejantes. El quinto mandamiento, que el hombre no debe odiar a sus enemigos ni luchar contra ellos, sino amarlos, ayudarles y servirles». En estos cinco preceptos se condensa la propuesta humanista y ecuménica, de base cristiana, de Tolstói.

Por otra parte, como señala Víctor Andresco en su breve introducción, la arrolladora recepción de Resurrección en todo el mundo marcó un hito en la novela moderna y situó a Tolstói en el epicentro de la modernidad y de la concepción de la literatura como elemento formador de la conciencia. La obra fue recibida con entusiasmo en Occidente e interpretada como alegato a favor de una regeneración moral; como conciencia y testimonio de la crisis espiritual de la época; como crítica de la Iglesia ortodoxa rusa, satirizada en la escena de la liturgia de los capítulos 39 y 40 de la primera parte, por los cuales –entre otros motivos– fue excomulgado Tolstói; y, como «espejo de la revolución rusa de 1905», una crítica implacable –en palabras de Lenin– «de la explotación capitalista, la denuncia de las violaciones ejercidas por el Gobierno, la comedia de la justicia y de la administración del Estado, la revelación de toda la profundidad de las contradicciones entre el aumento de las riquezas, las conquistas de la civilización y el aumento de la miseria, el embrutecimiento y los sufrimientos de las masas obreras». Sin embargo, si bien encontramos en ella la denuncia de una justicia de clase al servicio de los privilegiados, lo que en verdad se cuestiona es el principio mismo de la justicia humana.

En España fue traducida ya en 1900 por Augusto Riera y contó con un prólogo de Clarín. En 1903 fue adaptada como obra dramática por Julio Ayuso y Gonzalo Jover. Desde entonces hasta hoy se han sucedido diversas traducciones al castellano, siendo las más notables las de Laura e Irene Andresco (en la edición de las Obras Completas de Aguilar, las cuales, sin embargo, no comprenden la obra ensayística del autor ruso) y la de José Laín Entralgo (Clásicos Planeta) ambas con algunos capítulos suprimidos por la censura. Esta nueva y extraordinaria traducción (o, para ser más exactos, retraducción) realizada por Víctor Andresco merece ser elogiada y recomendada, pues devuelve al original ruso una calidad literaria y una fidelidad inusuales en las numerosas y a menudo indigestas traducciones de novela clásica rusa al español. A su vez, hace evidente la necesidad actual de emprender la retraducción de los grandes clásicos rusos, tales como el propio Tolstói, Dostoievski, Chéjov, Gógol y Turguéniev.

01/05/2000

 
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