ARTÍCULO

Renovación del casticismo

El Cobre, Barcelona, 256 págs.
 

La primera novela de Montero Glez, Sed de champán, fue recibida por la crítica como la obra de un autor joven (nació en 1965), innovador y radical. Diríase que buena parte de la crítica hizo gala de esa generosidad, que luego se le achaca como defecto, que consiste en descubrir jóvenes e interesantes valores casi cada semana. Digamos de entrada que Montero Glez se muestra en esta segunda novela efectivamente como un autor sólido, buen conocedor de su oficio y muy digno de atención. Si en el abigarrado y confuso panorama de la joven narrativa española (admitamos como jóvenes a los que rondan los cuarenta) establecemos una clasificación contundente y maniquea, buenos y malos, Montero Glez merece, sin la menor duda, pertenecer a los primeros, es decir, al grupo de los Orejudo, Reig, Azpeitia, Royuela, García-Valiño o Ibáñez. Lo que no es poco.

Otra cosa es el presunto carácter innovador y original de Montero Glez. Por caer en odiosas (pero, quizá, necesarias para entendernos) comparaciones, novelas de verdadera y brillante originalidad de estos últimos años son Fabulosas narraciones por historias, Urías y el reyDavid, Ariadna en Naxos o Sangre a borbotones, por citar títulos muy distintos de algunos de los autores nombrados más arriba. Montero Glez, por su parte, se inscribe en una tradición muy precisa de la literatura española, casi la tradición española por antonomasia, la del chafarrinón y el esperpento, la expresionista y tremendista, la del feísmo que no rechaza la escatología; una vez más, la de Quevedo, Valle-Inclán, Solana y Cela. No parece casual ni irrelevante que a Montero Glez le avalen escritores como Pérez-Reverte, Sánchez Dragó o Raúl del Pozo, cada uno de ellos, por cierto, homenajeado de alguna forma en la novela que nos ocupa.

Dentro de esa tradición, Montero Glez demuestra tener una voz propia, potente y convincente. En sentido estricto, ya que es la voz, el lenguaje, marcadamente oral, lo que se impone en la novela sobre una peripecia argumental que es, incluso, algo confusa. Ese lenguaje, muy conseguido, envuelve todo el relato y envuelve al lector, haciéndole avanzar sin mayor esfuerzo por las páginas de la novela. Bien que, por eso mismo, la novela se cierra con la sensación de que habría podido tener cincuenta páginas menos o doscientas más y no hubiera cambiado mucho. Es el artificio y el embrujo del hecho de narrar apoyado en un lenguaje poderoso lo que Montero Glez domina con solvencia, y también lo que parece dominarle. Por lo mismo, tampoco parecen importarle demasiado algunas invero similitudes en el habla de los personajes, a las que enseguida nos referiremos.

Cuando la noche obliga se inscribe en el muy transitado género (hic et nunc) de la novela policíaca en su vertiente moderna, es decir, negra, aquella en que importa más la descripción de un ambiente que la resolución del enigma. Naturalmente, no es ortodoxa en cuanto a los cánones del género, si es que cabe hablar de ortodoxia a estas alturas. Hay criminales y víctimas (en definitiva, todos víctimas), pero no investigación, algo que tampoco es insólito. Hay, sobre todo, vueltas y revueltas alrededor de una persecución y un crimen, en una estructura de círculos concéntricos, cuyo modelo más evidente parece Crónica de una muerte anunciada . El entorno es, por supuesto, el de los bajos fondos (de Madrid y Tarifa), y, como cumple a estos tiempos, los de la prostitución, la droga y la inmigración ilegal. Sexo, drogas y, ya que no rock and roll, el baile de pateras en el Estrecho.

La gran baza de la novela es la descripción de todo ese mundo, la voz narradora, que resulta ser la de un retrasado mental, detalle que ya nos avisa del gusto por el disparate del autor (algo que lo acerca a contemporáneos como los citados Antonio Orejudo y Rafael Reig), así como de su escaso aprecio por el verismo. Sería esta una historia de ruido y feria (el juego de palabras es de Montero Glez) contada por un tonto de gran capacidad fabuladora, lo que también nos alerta acerca de todas las inexactitudes posibles, incluso de la propia veracidad de lo narrado. Y como lo que cuenta es el lenguaje, su impacto y su poder de seducción sobre el lector, tampoco parece importar que un mismo personaje mezcle en su parlamento referencias culturalistas con verdaderas patadas al diccionario. A la hora de poner en pie ese artefacto verbal, se diría que al autor le vale todo, y no se vea intención peyorativa en esta afirmación. Decía el gran Donald Westlake en su novela Adiós, Sherezade que la diferencia entre las novelas pornográficas y las que no lo son es que, mientras en las primeras se recurre a metáforas (espada flamígera y así) para designar a los órganos sexuales, en las otras se les llama por sus nombres vulgares. Pues bien, Montero Glez toca los dos palos. Si en un momento se refiere a «la pelusa rubia de un melocotón en almíbar», más adelante explica que «la carretera de Algeciras estaba más animada que un coño con ladillas». De igual modo, echa mano tanto del habla de germanía y raíz valleinclanesca («darle a la mojarra», «se hacía el orejas»), como de la jerga actual de políticos y locutores analfabetos («apuntar que», «decir que»), de los guiños arcaizantes («y fue que», «hideputa») o expresiones como «zurcidora de virgos», aplicada a la regente de un burdel, cuyo único sentido parece ser el de traer al oído del lector el eco de una obra clásica.

Sobre todo eso, la visión del mundo que desprende la novela, como corresponde al género en que, con todas las libertades que se quiera, se inserta, es cínica y escéptica, descreída, ácrata. No es sólo que aparezca un prelado favoreciendo la apertura de un burdel y cortando su cinta inaugural, es que se califica de torcidas a las ONG que trabajan por los inmigrantes y el Congreso de los Diputados es directamente «una casa de putas». Escepticismo que también se encuentra en la tradición española de Valle-Inclán y Cela. Montero Glez renueva esa tradición castiza con un brío notable y una voz personal, y ese es su gran mérito.

01/12/2003

 
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