ARTÍCULO

Releer a Braudel

Paidós, Barcelona, 1998
Trad. de Agustín López y María Tabuyo
526 págs.
 

Murió Fernand Braudel en 1986. Una década después de su desaparición física se preparan tres volúmenes de sus escritos dispersos, el primero de los cuales es este que se comenta. F. B. será siempre recordado como el autor de El Mediterráneoy el mundo mediterráneo en la épocade Felipe II, cuyo prólogo, por él mismo escrito, lleva fecha de 1946. Ha pasado, pues, medio siglo desde el surgimiento de una obra y de un autor que como ningún otro ha marcado la historiografía del planeta en esta segunda mitad de siglo. De la Academia de Ciencias de la antigua URSS al Fernand Braudel Center de Nueva York, animado por I. Wallerstein, no parece que haya habido comunidad de historiadores que haya podido resistirse al encanto de autor y obra. Puedo dar fe de este vuelo braudeliano sobre muros y fronteras habiendo visto convivir a su alrededor personajes tan política e intelectualmente dispersos como R. Cameron o W. Kula, cuando no eran la naciente Solidaridad y B. Geremek quienes le rodeaban. Todos tenían cabida a la sombra de aquellos cabellos blancos que ciertamente impresionaban, sobre todo a quienes entonces éramos más jóvenes. Esto ocurría principiada la década de los setenta; sucedía en Prato, Italia, todas las primaveras desde 1969, a modo de peregrinación. Italia le había acogido espléndidamente, y él supo corresponderle. La fortuna de su obra entre nosotros fue, sin embargo, diversa. Me atrevo a sugerir que fue Braudel quien capturó a España y no ésta la que le capturó a él. He de explicarme. Cuando uno lee los «créditos» braudelianos en el prólogo a la versión española de su obra (1953), se sorprenderá, sin duda, de no hallar en él mención de colegas españoles, de historiadores españoles. La zozobra aumenta cuando en el prólogo a la edición francesa, la primera, mencionándose muchos más nombres de españoles, éstos lo son de archiveros y bibliotecarios (cinco), a los que se suma el de don Francisco Rodríguez Marín. Braudel no tuvo, pues, al parecer, colegas españoles de los que pudiera hacer mención entre 1927 (primera estancia en Simancas) y 1946. ¿Es que no había historia ni historiadores por entonces en nuestro país? Alguien y en otro lugar debería responder a esta pregunta. Este mismo u otro debería también seguir el rastro de las primeras citas braudelianas en nuestra historiografía. Aporto mi perla: en un libro publicado en 1951 (prólogo de 1947) se dice: «No es posible silenciar aquí la obra de Fernand Braudel La Méditerranée et le mondeméditerranéen à l'époque de PhilippeII (París, 1949), obra que justifica una vida y que –aun tratando un tema bien diverso– siempre es útil y provechosa». El libro va de Felipe II...

Pero si la historiografía española no capturó entonces a F. B., éste sí lo hizo, capturándola a ella, y por doble vía: llamó a su lado a algunos de nuestros compatriotas y lanzó sobre la península a no pocos pioneros. Los resultados empezaron a aparecer en la segunda mitad de la década de los sesenta, eclosionando del todo en la de los setenta. Los neoconversos lo fueron entonces más de la escuela de F. B. que de él mismo. Podía hacerse historia annaliste sin haber navegado por El Mediterráneo. No en vano habían transcurrido dos décadas.

Cabe, pues, releer a Braudel; tiene sentido. Lo tiene, obviamente, para acudir a unas raíces cuyas hojas siguen nutriendo buena parte de nuestro quehacer. Pero me temo que quien no sea capaz de reconstruir toda la pirueta de Braudel y su escuela, quien no conozca la peripecia intelectual, académica y editorial de su obra, será incapaz de reconocer en este volumen al abuelo de tanto moderno como todavía se estila. Fijémonos así en lo que contiene. Ayuda en la reconstrucción antedicha el prólogo de M. Aymard –pocos como él podrían haberlo hecho en su doble condición de braudeliano e italianista–. Ayudan las breves introducciones a cada uno de los tres grandes capítulos de los que el libro se compone. Más, sin duda, hubiera ayudado si todo ello se hubiera sustituido por un irrenunciable artículo del mismo Braudel publicado en 1972 en The Journal of Modern History, y que lleva el sugestivo título de «Personal Testimony». Aquí está todo lo que hasta entonces, y ya era casi todo, Braudel podía decir de sí mismo y de su trayectoria como historiador. Aquí está también recogido que F. B. fue, además, inventor del microfilm, mérito no desdeñable en el gremio... Hay, en fin, un capítulo o parte sobre África del Norte, otro sobre el Imperio español y un tercero sobre Italia y el Mediterráneo. El primero marca la pauta de la estructura de los restantes: varias, en ocasiones muchas, reseñas de libros y algo de más sustancia, como ahora es el célebre artículo de 1928 sobre «Los españoles y el África del Norte de 1492 a 1577». F. B. lo redacta con los materiales que ha traído de Simancas en el verano del 27. Es historia evenemencial (horrible vocablo) de la genuina, de pata negra. No es otra materia prima que la de LaMéditerranée, pasado, eso sí, poco después por el tamiz de Henri Berr y Lucien Febvre, asunto que uno conoce recurriendo al «Personal Testimony», en el que por lo que se va viendo Braudel es el mejor editor de sí mismo.

En la parte –segunda– dedicada a España hay, también, muchas reseñas. Braudel se nos aparece como conspicuo «agente» del hispanismo en Francia desde la mágica fecha de 1927. Su curiosidad no respeta cronologías; salta de Feijoo a la España antigua con una alegría sólo comparable a la que practica cuando lo hace desde los «alumbrados» a la historia de los precios. Todo le interesa. Destacaré un texto inédito, borrador, pergeño de lo que pudo haber sido una historia del Imperio hispánico bajo Carlos V y Felipe II que iba a aparecer en L'évolution de l'humanité de H. Berr. Son como cien páginas; resisten la comparación con algún Carlos V o Felipe II hoy en primera línea (fueron escritas «al final de los años cincuenta»). Se incluyen asimismo un par de artículos sobre uno de los ámbitos en los que el impulso braudeliano ha dado más satisfacciones a nuestra historiografía, a saber, el de las finanzas del imperio; aquí está, en efecto, esa pequeña joya que constituye la relación de los préstamos de Carlos V sobre Amberes, como también un brevísimo estudio de 1957, esta vez en el tiempo de Felipe II, en el que amén del contenido en sí me atrevería a destacar el rendido homenaje que se hace a R. Carande, bien significativo a tenor de la cicatera acogida que entonces tenía aquí su producción.

Y queda una tercera parte, la dedicada a Italia. Venecia y Génova sobre todo, algo de Florencia y Roma también. Cuenta M. Aymard en su introducción que entre las dos primeras tenía F. B. el corazón dividido –no era para menos–. Les rindió homenaje, no sé ya si por igual, en Civilizaciónmaterial, economía y capitalismo, obra que personalmente tengo por subproducto más atento a las realizaciones de sus discípulos que construcción original, propia. Se me podrá contradecir.

Y todo, en fin, respira atención, celo por la exactitud documental. Braudel encanta por la elegancia de una escritura en perfecta sintonía con el rigor de los textos que tiene delante. Textos, documentos que apenas le han dejado tiempo para pensar, para reflexionar, para teorizar. No fue en esto discípulo de M. Bloch, que al menos predicó la conveniencia de detenerse de tanto en tanto y mirar atrás: qué he hecho, cómo, por qué... Esa actitud, con sus fallas o virtudes, según se mire, la resume M. Aymard: «Para Fernand Braudel, ninguna teorización ha dado nunca lugar a ningún gran libro de historia, mientras que, al menos en ciertos casos, puede darse la situación inversa».

01/05/1998

 
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