ARTÍCULO

Palabras y muerte

Seix Barral, Barcelona, 237 págs.
 

Doctora en Ciencias de la Información, licenciada en Filosofía y Letras, bibliotecaria de profesión y corazón, Nuria Amat ha vivido en Colombia, México, Berlín, París y Estados Unidos y ha reiterado en novelas como El país del alma su convicción sobre el poder de las palabras para alambicar el más oculto de los recuerdos y paliar los agravios de la vida real.

En Reina de América, la escritora barcelonesa plantea un viaje al centro de la coca, un periplo colombiano donde la muerte se manifiesta en ubicua alternancia con el papel de la escritura que nace de la derrota. Una tríada de personajes componen el pasaje: Rat, la narradora, es una cooperante catalana que ha venido a parar a Bahía Negra, paraje de la selva colombiana donde ejército, paramilitares, sicarios y guerrilleros comparten sus «bagatelas para la masacre» del campesinado. Rat acompaña a Wilson, escritor y periodista en busca de sentido frente a una actualidad sociopolítica demasiado compleja. Caducados los esquematismos ideológicos que fundamentaron la presunta solidez moral de los años sesenta y setenta, Wilson pasa como un funámbulo entre los desnudos y los muertos que dejan los sicarios y la guerrilla. Sentado en un escalón del porche, intenta columbrar entre las gotas de lluvia y las mosquiteras alguna razón que invite a algo más que la supervivencia. Su cerebro no para de pensar, pero él mantiene un silencio tan pertinaz como la humedad marina.

Inquilinos de un continente desesperado, Wilson y Rat remueven sus cuerpos entre sábanas mojadas y comparten reflexiones que tiñen el relato de una trascendencia que resulta en algún fragmento un tanto pretenciosa. «Los años –decía Wilson– nos roban las palabras. No tienes más que fijarte en los viejos. Pierden su mirada en la lejanía durante horas. Hablan con el mundo. Como yo cuando me pierdo.» Las palabras y la doble faz de unas vidas desprendidas entre la realidad y la literatura planean sobre el relato.

El tercer personaje en este microclima de violencia, desasosiego retórico y revolución azuzada por la cocaína, es la negra Aida. «Entre la fe y el vértigo de lo demoníaco», su presencia mediúmnica pertrechada de calaveras reaviva el verbo de las almas en pena, de mujeres como la hermosa y rebelde Lucila, maestra de indígenas y dignidades asesinada y violada por los paramilitares. Sobre todos ellos se yergue la espesa hojarasca selvática, para urdir una verdosa cúpula del apocalipsis amenizado con música de discoteca. Nuria Amat describe orgiásticas jornadas de danza y sexo, con bailarines que trabajan la coca al ritmo de la música. En esa versión «narco» del baile de los malditos, «cada pareja tenía que bailar tres piezas seguidas. Estaba pautado que este era el tiempo suficiente para que la hoja pisoteada pudiera quedar lista y preparada para iniciar el siguiente proceso químico en el laboratorio». Desde la celosía arborescente de la selva, Rat y Aida observan cómo «la reina coca contamina a todos por igual».

Siguiendo la estela de la escritora colombiana Laura Restrepo, Amat conjuga diálogos entrecortados y aforísticos con aires rulfianos, en una cadencia que podría remitirnos al escritor Mia Couto, cronista en Tierra sonámbula de otra interminable y selvática guerra de guerrillas, la de Mozambique: la selva, como «una ciega que recuerda». En algunos pasajes, la narración adquiere el tono de una monótona salmodia trufada de presagios para unos personajes que no pueden esconder el fracaso de unas vidas que ya no prometen el menor atisbo de rebeldía: como náufragos, se aferran a frases a veces excesivamente altisonantes para ser pronunciadas cuando uno se está jugando la piel. Como ya apuntábamos, ese inmoderado afán de trocar las bajezas de una sociedad corrupta en una épica de la derrota algo forzada constituye el talón de Aquiles de la novela, y en las reflexiones de sus personajes, la propia autora destila alguna autocrítica que le honra: «Los escritores son personas a quienes escribir les resulta más difícil que al resto de los mortales». A diferencia de sus obras anteriores, más ocupadas en el artificio literario, en esta última novela Amat parece más consciente de que el dominio del lenguaje y la tentación de la experimentación puede resultar un bagaje problemático que lastra el afán de verosimilitud que se espera de una historia sobre la narcotragedia colombiana.

El rumor de la reflexión y el estruendo de la acción sirven al mismo estribillo: la muerte. En Reina de América, todos los caminos llevan a la cocaína, a la violencia, al miedo. «El miedo lo mata la coca y la coca funda el miedo. El miedo no es peor que el infierno del hambre.» Para el campesinado el esquema es terroríficamente sencillo: «Los campesinos [...] estamos a merced de los saboteadores de tierras. De una parte, somos esclavos de los narcotraficantes y de la guerrilla, dos enemigos en dos frentes opuestos. Y cuando al Ejército le da la ventolera de enviar a la policía de Quibdó para quemar y fumigar nuestras plantaciones somos también nosostros los que perdemos». Coincidiendo con acontecimientos como el asesinato del arzobispo de Cali, monseñor Isaías Duarte Cancino, la novela de Amat, como La novia oscura o Leopardo al sol de Laura Restrepo, viene a ilustrar un conflicto enquistado desde hace cuatro décadas y que ha convertido Colombia en un matadero. Trasunto de la autora, Rat va describiendo la topografía donde habita la muerte, pero su condición de catalana, una outsider que no llegará nunca a sentir como guerrillera o visionaria, sólo puede dejar frases literarias al borde del camino: «La violencia no tiene nombre que la explique. Sólo historias de muertos». Y es la muerte la que ostenta el reinado de América, en forma de cocaína, tortura, ametrallamientos o bombardeos. Tras pasar por el intermezzo de la discotequera danza de la coca, los tambores de la guerra anuncian la entronización de la violencia. La muerte ya no se escuda entre la hojarasca, sino que acoge con su siniestro manto a los personajes. La ramas arbóreas parecen abrirse para recibir el bautismo de muerte que depara el cielo. Llegado el momento del sacrificio, todos son víctimas propiciatorias: campesinos, prostitutas, monjas, periodistas o miembros de una ONG. En un ovillo, mientras escucha las bombas que estallan a su vera, Rat permanece «a solas con la muerte» rodeada de cadáveres mutilados.

En Reina de América, Nuria Amat reitera, desde la voz de Rat, la vieja memoria de la violencia colombiana y renueva algunas constantes de su obra anterior; la literatura y la palabra reaparecen como lenitivo frente a la realidad, pero también como tentación estilística que puede comprometer la autenticidad humana. En palabras de la escritora barcelonesa, «cómo hacer una obra viva al servicio de la verdad».

01/08/2002

 
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