ARTÍCULO

Reíd, reíd, malditos

 

Mientras la sobrecargo de Iberia coloca en mi mesita plegable la bandeja con las miserables vituallas de lo que ahora denominan «servicio gastronómico», mi desconocido compañero de fila estalla en una convulsa carcajada suscitada por las torpezas de los captados por la «cámara oculta» proyectada en la pantalla que tiene delante. Las payasadas involuntarias de los otros provocan la hilaridad propia, como si se tratara de una demostración de bajo perfil de la máxima de que la comedia es la tragedia que les sucede a los demás. Lo cierto es que la risa, que siempre sirvió para conjurar el miedo, se ha convertido en el mejor remedio para calmar la ansiedad que provocan los viajes en avión.

Cada vez estamos más inmersos en lo que Lipovetsky llama «sociedad humorística». La risa es ahora un imperativo social generalizado, un entorno en el que el individuo de la parte privilegiada del mundo se baña cotidianamente y del que ya no se puede inhibir. Reímos por todo, y si no lo hacemos corremos el riesgo de parecer sospechosos de gravedad, el gran pecado de nuestras sociedades de consenso blando. El humor –o al menos lo que ahora se conoce como tal– se ha introducido en todos los contextos. Si quieren recabar la atención de su público, el político, el profesor y el sacerdote –igual que los padres– precisan aderezar su discurso con dosis «razonables» de hilaridad o guasa. La ración diaria de ansiedad y miedo que suministran los informativos en los medios requiere ser edulcorada con esas cada vez más extendidas codas humorísticas a cargo de guiñoles o cómicos que mimetizan a los políticos del día según los principios de la sátira tolerable. Los presentadores nos guiñan el ojo (o se lo guiñan incestuosamente a sí mismos, como Carmen e Hilario en Telecinco), y los políticos aceptan la burla y se prestan a participar en la rechifla: saben que lo peor que puede sucederles es la indiferencia. La política-espectáculo y la sociedad postconsumo requieren audiencias difusamente euforizadas, forzadamente optimistas, reidoras.

No siempre fue así: la historia social de la risa presenta un progreso problemático y sinuoso. En sus orígenes mitológicos la risa es de estirpe divina: el signo de la suprema libertad de unos dioses que no se toman en serio y que aman su propia creación. La fiesta (dionisíacas, saturnales) implica una vuelta periódica al caos primitivo que permite refundar la convivencia y afianzar la estabilidad de las normas sociales. La risa es cemento social, como querrá Bergson, e instrumento de conocimiento. Los antiguos la perciben como algo positivo y consolador.

Para el cristianismo, sin embargo, la risa es cosa del diablo. La tradición viene de lejos. El Dios del Antiguo Testamento –como todos los dioses del monoteísmo, incluyendo al muy grave Alá–, ríe poco, salvo, de vez en cuando, para mofarse de sus enemigos: «El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos» (Salmos II: 4). Claro que Dios es puro espíritu y carece de encarnadura: la hilaridad requiere cuerpo o es pura metáfora. La risa del Génesis es, en todo caso, o bien escarnio de los otros, o bien signo de incredulidad, como la más que razonable risa de la anciana esposa de Abraham cuando le anuncian que engendrará un hijo: «Se rió, pues, Sara entre sí diciendo: ¿Después que he envejecido tendré deleite, siendo también mi señor ya viejo?».

Es bien sabido que, si se siguen los Evangelios, Cristo no se rió, lo que es toda una declaración de principios. No es que el texto sagrado se oponga explícitamente a la risa –«felices los que lloran porque reirán», Lucas 6:22–, sino que su protagonista no está por la labor. Siempre me he preguntado qué habría sido de nosotros si algún evangelista nos hubiera dejado el testimonio de una sola buena carcajada de Cristo. Sobre todo si tenemos en cuenta que al hombre (Hombre-Dios) no le faltaron ocasiones. La paradoja es que la Iglesia siempre ha llevado mal la humanidad de Cristo. Se sabe que comía, por ejemplo. Pero sus funciones corporales han suscitado tremendas controversias teológicas. El gnóstico Valentín no sólo negaba, por ejemplo, que Jesús pudiera evacuar lo que ingería. Y san Juan Crisóstomo nos recuerda, como un mazazo, que Jesús lloraba a menudo, pero no rió nunca. La civilización cristiana deja poco lugar a la risa y la hace sospechosa de diabolismo. La risa iba por fuera, como demostró Bajtin para la Baja Edad Media: el carnaval era la válvula de escape.

En el siglo XIX , el humor (en el sentido que le dan los ingleses a lo largo del XVIII ) alcanza todo su vigor como arma de combate. Y el eterno misterio de la risa se convierte en objeto de estudio de filósofos, científicos y poetas. Hegel la cree sospechosa y trivial. Kierkegaard considera la ironía, una de sus manifestaciones más sofisticadas, un buen método para alcanzar el estadio ético, previo al religioso. Para Schopenhauer la risa no es enemiga del pesimismo, sino uno de los pocos consuelos frente a nuestra realidad desesperada: lo mismo pensará Samuel Beckett, quizás el cómico más profundo del siglo XX . El Zaratustra es firme partidario de la risa salvaje, primigenia («hombres superiores, aprended a reír»). Y Bergson, imbuido de espíritu positivista, cree que lo cómico es lo mecánico superpuesto en lo viviente: la sombra de la máquina sobre el hombre provocando una dialéctica hilarante de rigidez y repetición. Baudelaire la considera una venganza del diablo: la risa purifica y provoca, como las caricaturas de Daumier (o los sarcasmos de Karl Marx). Freud, el último gran psicólogo anclado en el XIX , cree que la risa es puro ahorro que transforma en placer la energía acumulada para hacer frente al displacer (y al horror). El siglo francés termina con la risa salvaje del Ubu de Alfred Jarry, mientras el presidente Félix Faure muere en el Elíseo en brazos de su amante, durante el orgasmo: se había excedido en la dosis de cantárida, la droga de la erección.

Nuestro siglo (bueno, aquel en el que nacimos) es el del horror. Y, sin embargo (o tal vez por eso) comenzó con el largo idilio de la risa con el cine: de Chaplin a Harold Lloyd, de Mack Sennet a Oliver y Hardy, de Buster Keaton a los Marx, la gran pantalla aleja los miedos de nuestra soledad, ahora que sabemos que Dios ha muerto. Dadá deconstruye la primera gran matanza, y Breton y sus amigos predican la religión del humor negro, mientras las dictaduras asesinan y se prepara la nueva carnicería. ¿Hay risa después de Auschwitz? ¿O es ya sólo rictus vacío, mueca vana?

Reímos por no llorar, se dice. Nos hemos fabricado a escala global un entorno de ludismo degradado en el que la risa (¿de qué?) y la ironía suave actúan como esa música industrial que pone ruido a nuestros (temidos) silencios. Algunos profetas del desastre nos dicen que la risa –la auténtica– se pierde porque antes se perdieron las certezas y la esperanza de que las cosas pudieran ser de otro modo (el seréis como dioses del árbol del bien y del mal). Nuestra risa es difusa, sin más objeto que la propia risa: una válvula contra el afuera y el horror (ahora, cuando ya sabemos lo solos que estamos). Y para colmo, como dice Woody Allen, no es sólo que Dios ha muerto, sino intenten ustedes conseguir un fontanero durante el fin de semana.

01/03/2004

 
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