ARTÍCULO

¿Apocalípticos e integrados?

Paidós, Barcelona
Trad. de Marta Pino
204 pp. 13 €
Paidós, Barcelona
Trad. de Carme Castells y Claudia Casanova
204 pp. 14 €
 

Por más que el empobrecido periodismo tardomoderno se haya empeñado en trivializar su significado, mediante su constante identificación con la catástrofe o la desgracia, lo trágico sigue sin perder su formidable fuerza expresiva de lo propiamente humano, de lo demasiado humano; que nuestros tiempos sean trágicos constituye, en consecuencia, una afirmación que trasciende su aparente banalidad. Hay un sentido inmediato en el que esta condición trágica se manifiesta.Y es el modo en que la guerra, en sus distintas manifestaciones contemporáneas, ha regresado al centro de una escena que, tras la sucesión de horrores del siglo pasado y de su desafortunado epílogo balcánico, había creído, si no desterrarla, al menos sí reducir su vigencia como medio de resolución de conflictos. No había, en esa relativa ausencia, ninguna esperanza de arcadismo ­ya señaló Foucault que la política es continuación de la guerra por otros medios­. Sin embargo, es en la repetición donde la tragedia encuentra su verdadera resonancia; y es así como la guerra ha terminado mostrándose como el eterno presente del hombre.
Pero hay todavía otro sentido, directamente relacionado con la naturaleza misma de lo político, en el que esa cualidad trágica se expresa: la incapacidad del pensamiento para ordenar la realidad, el renovado fracaso de la vieja promesa ilustrada de paz perpetua. Que vivamos tiempos trágicos quiere entonces también decir que la claridad del pensamiento ha hecho suya la niebla del mundo: no sabemos exactamente qué pensar y mucho menos qué hacer, cuando cualquier curso de acción ofrece resultados inciertos. Estos dos libros, en fin, constituyen un intento de reflexión sobre la guerra y el terrorismo en su forma contemporánea que, distintos en su origen y planteamiento, aciertan a representar dos corrientes simultáneas de opinión que configuran un mapa ideológico para nuestra época; por encima de sus desiguales resultados, ahí reside principalmente su interés.Y no por casualidad, en la medida en que ambos trabajos son, por su procedencia en un caso y su intención en otro, obras de combate, reflexiones filosóficas y políticas que tratan de influir en el curso de los acontecimientos mundanos. Su consiguiente pérdida de vigencia descriptiva, a medida que los acontecimientos se desenvuelven tras su publicación, y su menor hondura reflexiva, quedan compensadas por su rica inmediatez, por la forma en que descienden al mundo para hacerlo comprensible cuando menos comprensible parece. Tal como sentenció Hegel, la lechuza de Minerva emprende siempre su vuelo al anochecer.
Habitualmente tenido por un reflejo de la propia mirada europea sobre la sociedad norteamericana, entre condescendiente y admirativa, el debate intelectual estadounidense posee actualmente una fascinante complejidad.Que las posiciones sostenidas por la intelligentsia no correspondan necesariamente a sus presuntas adscripciones partidistas sólo puede sorprendernos por la frecuencia con que en nuestro país sucede justamente lo contrario; y es en las diferencias propias de un sistema político caracterizado por la búsqueda del equilibrio entre los distintos poderes del Estado y por la existencia de una sociedad civil más fuerte e independiente del aparato administrativo donde podemos, quizás, explicarnos esta desviación ­sin olvidar la natural diversidad ideológica de un país de dimensiones continentales, suficientemente simbolizada en la concentración, en apenas unos kilómetros cuadrados, de centros de pensamiento tan antagónicos como la Universidad de Berkeley y el Instituto Hoover de Stanford­. En este contexto, la controvertida presidencia de George W. Bush no sólo ha transformado la imagen de Estados Unidos en el mundo, sino que ha provocado también y contra pronóstico una sobresaliente sacudida del debate político e ideológico. Tanto en el plano interno ­con la subrepticia ampliación de los poderes presidenciales y la apuesta por un gobierno más amplio que evoca la Great Society de Lyndon B. Johnson­ como en el externo ­con la poderosa influencia de los neoconservadores de ascendencia straussiana sobre la política exterior posterior al 11-S­, los principios tradicionales del conservadurismo republicano se han visto severamente modificados. Agudizada por la competencia electoral, la polarización política ha alcanzado niveles desconocidos desde la década de los sesenta, viéndose acompañada de un llamativo brote de populismo a ambos lados del espectro partidista. Naturalmente, la guerra de Irak ha sido el elemento central de gran parte del debate, no tanto por ser un conflicto bélico en un país muy acostumbrado a librarlos, como por su relación directa con los problemas dominantes de la agenda política mundial: la seguridad y el terrorismo, el papel de las Naciones Unidas y el futuro del derecho internacional, la redefinición de la soberanía nacional en el contexto de la globalización y el control de los recursos naturales.
Dejando a un lado tanto a la derecha como a la izquierda más radicales, cuyas respectivas adhesiones al militarismo supremacista y al pacifismo absoluto pueden darse por descontadas, y al citado neoconservadurismo, inscrito directamente en las políticas de la Administración Bush y sobre cuya naturaleza volveremos más adelante, nos encontramos con dos respuestas principales a los problemas expuestos. Por un lado, la de la izquierda moderada, opuesta a la guerra por razones, sobre todo, de principio, pero ocasionalmente estratégicas, y que encuentra una figura prominente en Benjamin Barber, teórico político partidario de la radicalización de la democracia y consejero del mismo clintonismo que ahora se hace objeto de idealización nostálgica. Por otro, la de lo que el propio Barber cataloga como «idealismo liberal moderado», representado por intelectuales como Paul Berman,Thomas Friedman y, precisamente, Michael Walzer, quienes han oscilado en relación con la guerra entre el apoyo con reservas y la censura con matices, por considerarla un mal necesario cuando la seguridad se erige en precondición del resto de derechos y libertades; su tradicional inclinación a la izquierda se habría visto alterada por el fogonazo hobbesiano del 11 de septiembre. Por cierto, que Walzer, filósofo moral destacado en la crítica comunitarista al liberalismo que dominó parte del debate académico en las décadas de los ochenta y noventa, publicó ya en 1977 un tratado sobre la guerra justa, sólo hace tres años aparecido en nuestro país.A cambio, la rapidez con que estos dos libros han visto la luz, con la lógica consecuencia de unas traducciones no siempre inspiradas, es encomiable y habla por sí sola del modo en que la política internacional parece ser ya parte central de la nacional.Y por más que el libro de Barber sea un trabajo unitario pero apresurado, y el de Walzer una reunión de artículos que cubre hasta veintidós años de publicaciones académicas y periodísticas de distinto interés, juntos ofrecen un sugerente contraste de ideas, representativas de dos distintas y más amplias posiciones ideológicas y políticas.
No obstante, la impar naturaleza de ambos trabajos, reflejada sobre todo en su desigual aliento explicativo, hay concomitancias entre ambas que contribuyen a la mejor comprensión de sus diferencias. En ambos casos, nos encontramos con una crítica a la guerra que hunde sus raíces en una concepción democrática de la política, por más que el marco institucional liberal parezca satisfacer a Walzer y resultar insuficiente a Barber.También hay, en los dos casos, una clara conciencia de que la fuerza y su amenaza son aún un elemento imprescindible de la política de las democracias occidentales, si bien Barber da a menudo la impresión de subrayar ese elemento con la intención de cubrir el flanco de la seguridad, tantas veces minusvalorado por la izquierda teórica, ante sus previsibles críticos. Ambos son conscientes de la necesidad de repensar la arquitectura institucional global para hacerla más eficaz en un contexto en acelerado cambio ­tema del último de los trabajos de Walzer aquí incluidos, más un bosquejo que una exploración detenida de tan difícil, por elusivo, objeto de investigación­. Es cuando se abandona el terreno común donde surgen las diferencias.Y es posible hacerse una idea de la clase de reproches que cada uno haría al otro: mientras Barber encontraría en Walzer un cierto cinismo a la hora de plantear la discusión sobre la guerra en términos morales, desatendiendo las duras realidades de la despiadada hegemonía estadounidense y el poder de las empresas multinacionales, en fin de cuentas un obligado lugar común de la izquierda contemporánea, Walzer se declararía abrumado por los distintos clichés que Barber despliega a la hora de describir el mundo, así como por el voluntarismo de las soluciones que propone para mejorarlo. La paradoja reside en que mientras Barber pretende ser realista y termina mostrándose como idealista, a Walzer le sucede justamente lo contrario. Estas contradicciones son especialmente interesantes, por cuanto se relacionan directamente con un aspecto central de las guerras de elección y su justificación ideológica, si convenimos en que no hay más guerras de necesidad que aquellas que responden directamente a una agresión externa. Pero veamos todo esto más detenidamente.
Es en la sobriedad de la meditación donde Walzer encuentra su mejor registro, por el contrario algo forzado en las formas periodísticas, que demandan una síntesis enemiga de los matices. Su teoría de la guerra justa, heredera de la vieja doctrina agustiniana arrinconada en los departamentos de teología y religión hasta que las brutalidades de Vietnam aconsejaron su desempolvamiento, es presentada como un razonamiento sobre la condición moral de la guerra como actividad humana: es por ello una teoría crítica resignada ante el fenómeno bélico.Y es una teoría restrictiva, que reconoce la justificación ocasional de la guerra y trata de sujetar su desarrollo a crítica moral y democrática, sobre la premisa de que es algo demasiado importante para dejarla en manos de los generales; cabe preguntarse qué pensarán los generales al oír esta vieja afirmación. La evolución histórica del grado de escrutinio público sobre la guerra parece dar la razón a Walzer cuando habla de la «utilidad de la moralidad», representada sobre todo por la preocupación por los civiles en peligro como factor de apoyo ciudadano a cualquier guerra moderna. En un ensayo inspirado en la intervención aliada en la antigua Yugoslavia, el editor de la revista Dissent se pregunta cuándo es legítimo intervenir, para responderse: cuando sea necesario poner fin a acciones que conmueven la conciencia de la humanidad. Esta es la razón por la cual rechazó la invasión de Irak, dado que no se habían agotado los recursos para lograr el objetivo del desarme. Su insistencia en la necesidad de ampliar la teoría de la guerra justa hasta incluir en ella el ius post bellum se aplica directamente, empero, a esta contienda, y parece razonable su afirmación de que la potencia ocupante es justa «si la tendencia constante es incrementar la soberanía de la población local y si sus beneficios se distribuyen ampliamente» (p. 173). La compleja pluralidad de motivos que conducen a una guerra, lejos de las habituales simplificaciones economicistas que dejan fuera aspectos más trágicos y hondos de la, a menudo, inquietante condición humana, parece subestimada por Walzer cuando invoca el quebranto de la conciencia global. Sin embargo, la sujeción de la guerra a normas morales termina siendo una lección de realismo ante su aparente inevitabilidad.Y seguramente también lo es su queja acerca de la estructura oligárquica de Naciones Unidas y la consiguiente necesidad de que otros países, aparte de los Estados Unidos, se responsabilicen de la aplicación mundial de la legalidad internacional: es evidente que la larga historia de defecciones europeas sigue pesando en el juicio norteamericano.
Si la aparente serenidad de Walzer trae a la memoria aquella afirmación de Wittgenstein según la cual el pensador burgués tiene por objeto ordenar los valores dentro de una comunidad dada, esa misma condición burguesa se ve inicialmente enmascarada en Barber por su tendencia a la hipérbole tremendista en el diagnóstico de nuestro tiempo. No sólo vivimos, a su juicio, en una anarquía global donde el gobierno es una herramienta útil de las empresas, los bancos y los mercados, y donde los Estados se hallan entre sí sometidos a una relación tan insegura que semeja el estado hobbesiano de naturaleza, sino que además los líderes norteamericanos defienden «una militancia implacable encaminada a instaurar un imperio americano del terror, más temible que el que pueden concebir los terroristas» (p. 15). El arte de la exageración encuentra su eco en la inútil grandilocuencia de las soluciones más inclinadas al eslogan.Así: «Afganistán necesita setenta mil profesores. Si contase ya con ellos, no requeriría setenta mil soldados» (p. 189). O en la impersonal evocación de las condiciones kantianas para la paz perpetua: «Un mundo de democracias cívicas saludables sería un mundo sin terror» (p. 141).Afortunadamente, su reflexión trasciende estas debilidades y ofrece una argumentación sin duda discutible, pero mucho más sólida.A partir de un inspirado análisis del mito de la independencia norteamericana como fuente de su unilateralismo excepcionalista, Barber sostiene que Estados Unidos está siguiendo un camino enfrentado con el curso de la historia, en la medida en que su aislamiento continental le impide comprender la realidad de un nuevo mundo, basado no en la soberanía de los Estados nación, sino en la interdependencia entre Estados y entre éstos y los actores no estatales.Aquí radica el publicitado pragmatismo de su diagnóstico: la guerra contra el terrorismo es, sobre todo, ineficaz para los fines que pretende, porque emplea medios tradicionales hoy ya obsoletos. Ejemplo máximo de esta flaqueza estratégica es, a su juicio, seguir tomando a los Estados como objetivo en la lucha contra redes terroristas que son transnacionales por definición; significativamente,Walzer defiende la necesidad opuesta, en la creencia de que, pese a esa apariencia transnacional, el terrorismo no puede sobrevivir sin el refugio y la inspiración ideológica proporcionados por los habitualmente denominados Estados fallidos.Y ciertamente, la cualidad global del nuevo terrorismo no debe confundirse con su desterritorialización: es la incapacidad estatal para conservar el monopolio de la violencia dentro de sus fronteras lo que permite la proliferación del terrorismo, beneficiario además de la simpatía ideológica que alimenta su causa. No es sorprendente que ambos autores coincidan aquí con el generalizado juicio de que la guerra de ideas, el combate ideológico, es el principal aspecto de la guerra contra el terrorismo. Desgraciadamente, es preciso un consenso previo acerca de las fuerzas ficticias, por emplear la expresión de Valéry, que van a emplearse en ese combate; y ese consenso está lejos de haberse alcanzado.
Además de un detallado análisis crítico del concepto de guerra preventiva, por momentos casi escolástico, cuyo principal mérito es subrayar las dudosas ventajas estratégicas de una agresión previa de costes seguros y beneficios inciertos, Barber muestra su escepticismo acerca de la posibilidad misma de exportar la democracia militarmente, en especial si lo que se pretende universalizar es ese capitalismo global cuyo epítome él mismo ha acuñado: el McWorld. Sacando a la luz otra línea divisoria del mapa ideológico en formación, Walzer se muestra más convencido de la posibilidad de implantar regímenes democráticos mediante presiones políticas y, a veces, militares, evocando los ejemplos de Japón y Alemania tras la Segunda Guerra Mundial. Sólo la historia dirá si Oriente Próximo es un ámbito tan dócil a la recreación del sistema político liberal, pero ambos señalan a la religión como un obstáculo principal: Barber para indicar que es el pluralismo liberal lo que constituye un problema en sociedades donde la religión tiene un fuerte carácter público, lo que aconseja apostar por modelos distintos de democracia, y Walzer para, honrando su posición comunitarista, señalar que la democracia no tiene por qué imponerse en toda comunidad política si su especificidad así lo aconseja. No obstante, la compatibilidad de islam y democracia en países como Turquía e Indonesia viene a recordar que el problema es más bien la ausencia de democracia y de liberalismo, al crear las condiciones para la expansión de un fundamentalismo que traslada las responsabilidades al chivo expiatorio occidental. De otro lado y previsiblemente, si para Barber la restricción de libertades en las sociedades occidentales es un medio injustificado de expandir el miedo, empleando como pretexto la lucha policial contra el terrorismo, para Walzer la preservación de las libertades civiles puede conocer excepciones en beneficio de la seguridad. En ese sentido, es indudable que los estándares de transparencia y responsabilidad política vigentes en las sociedades abiertas pueden entrar en conflicto con el necesario trabajo de las fuerzas de seguridad y espionaje, pero el extendido alarmismo al respecto parece contradecirse con el general mantenimiento de nuestras garantías democráticas. De ahí la gravedad que poseen las aberraciones jurídicas y militares de Guantánamo y Abu Ghraib. Es una de las razones por las cuales toda expansión de las instituciones liberales fuera de las fronteras occidentales debe respetar escrupulosamente sus estándares jurídicos e institucionales: a la propaganda por el hecho.
La crítica a la guerra preventiva culmina en una doctrina alternativa: la defensa de lo que Barber denomina «democracia preventiva». En una desmañada combinación de estudiada firmeza y candoroso voluntarismo, el autor norteamericano propone una política basada en dos componentes esenciales, el primero de los cuales es una guerra preventiva orientada al terrorismo y sus células, pero no a los Estados, mediante operaciones policiales y de inteligencia: una concesión a la realidad. Habida cuenta de que esta democracia preventiva «debe cuando menos mostrar tanto interés por los ciudadanos inteligentes como por las bombas inteligentes» (p. 180), y dado que «los libros son más poderosos que las balas» (p. 182), según se nos aclara, su segundo pilar es la educación cívica, orientada a la generalización del contrato social y a la consolidación de un pacto de supervivencia en un mundo de ciudadanos. Esta proclamación viene acompañada del habitual elogio del movimiento antiglobalización como depositario de la esperanza en un futuro mejor. En el abstracto terreno de los principios, este énfasis en la educación es irreprochable. Sucede que, aunque una educación adecuada en aquellos países que padecen graves problemas socioeconómicos y son la cuna del radicalismo islámico sería de ayuda y contribuiría a paliar su fracaso modernizador, la reforma educativa constituye en sí misma un problema político, que atañe a las instituciones políticas y la sociedad en su conjunto. Éstas no van a experimentar transformación súbita alguna, y Barber no aclara cómo resolver la aporía. Su realismo desemboca, finalmente, en un idealismo.
Esta involuntaria evolución de su postura está relacionada con una interesante manifestación de los términos en que se plantea la política exterior norteamericana, representativa de una más general transformación de conceptos fuertemente enraizados en la cultura política occidental. Barber señala que la oposición entre guerra y democracia preventivas es un reflejo de la oposición entre lo que llama águilas y búhos: las primeras defienden una paz universal impuesta por las armas norteamericanas, mientras los segundos apuestan por la prevalencia de un marco jurídico universal y por la cooperación multilateral, convencidos de que el unilateralismo no garantiza ya la seguridad en un marco de flujos transnacionales. Paradójicamente, la democracia es ahora «consejera de los realistas», capaces de percibir la realidad acuciante de la interdependencia, mientras que las águilas han terminado siendo los nuevos idealistas, que en su «entusiasmo romántico» creen poder aplastar la interdependencia con actos de autoafirmación soberana, como la invasión de Irak.Aunque no está nada claro que la democracia preventiva, tal como Barber la dibuja, pueda erigirse en el único instrumento político de ningún nuevo realismo, su argumentación apunta a un aspecto llamativo y raramente considerado del expansionismo neoconservador norteamericano: su conmovedora, ingenua creencia en que la realidad puede transformarse de un solo golpe, esto es: su fe en la capacidad del diseño racional para imponerse sobre el mundo. En una época descreída que ha apostado por el reformismo político tras la dramática desmesura de los distintos utopismos decimonónicos, fuentes de la devastación conocida por el siglo pasado, el establishment se ha demostrado peligrosamente revolucionario. Efectivamente, cabría ver en esta guerra la última manifestación del viejo idealismo revolucionario, cuya fe ciega en los fines convierte en irrelevantes los medios empleados para su consecución: de ahí la naturaleza imaginaria de muchas revoluciones. Que esta afirmación produzca tan fácilmente escándalo no debe ser obstáculo para su rigurosa comprensión. No es, en fin de cuentas, sino una manifestación más de la antedicha condición trágica de nuestros tiempos, también rigurosamente entendida.

 

01/04/2006

 
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