ARTÍCULO

La piedra que no cesa

Global Rhythm, Barcelona
Trad. de Mario Santana
204 pp. 20 €
 

Ahora parece que era otro mundo, pero en realidad no era más que el principio del nuestro. Habían matado a Kennedy, la izquierda oscilaba entre el marxismo y los preparativos del 68, el reverendo Martin Luther King trataba de liberar a los perdedores de la libertad estadounidense e iba a morir en el intento, la oposición a la guerra de Vietnam no paraba de crecer, parecía que la Unión Soviética iba a estar siempre ahí... Y ocho de las primeras canciones de las listas de éxitos estadounidenses eran de los Beatles.
Sí, en uno de los peores momentos de la Guerra Fría, esos cuatro chicos de familia obrera, en lugar de luchar por los intereses de su clase o recostarse en el fortalecido Estado del bienestar británico, inventaban el pop y con él una nueva forma de capitalismo en la que convergerían las viejas ortodoxias empresariales y el deseo de lucro con la excentricidad indumentaria, una espiritualidad cursi y algo más de sexo del acostumbrado. Es decir, nuestro tiempo. Bienvenidos al liberalismo contemporáneo.
La trayectoria de Bob Dylan había sido distinta de la de los Fab Four, aunque contribuyera en la misma medida a inaugurar nuevos tiempos. Judío, criado en Minnesota en ciudades asentadas alrededor de las minas y fascinado por la tradición musical estadounidense, había empezado como tantos otros en el movimiento folk –una tendencia musical de un izquierdismo arcaizante, a veces abiertamente comunista–, recuperando viejas canciones rurales que hablaban de opresión racial, de vagabundos que recorrían Estados Unidos encaramados a trenes de mercancías y de traumas de la Guerra de Secesión. Pero no tardó en ponerse a componer sus propias canciones, de tema similar pero actualizado y lleno de profetismo justiciero, aunque siguiera por un tiempo cantándolas, de acuerdo con la tradición, con una guitarra acústica y una armónica, sin electricidad, sin grupo de acompañamiento, como un airado cronista de las caravanas de hambrientos campesinos del Dust Bowl que hubiera leído a Rimbaud y se hubiera teletransportado a la crisis de los misiles. Y con esa imagen se convirtió en el ídolo de la nueva izquierda. Un héroe, un estandarte, un mesías: aquel que guiaría a los jóvenes en su batalla contra las convenciones y la estupidez de los viejos encorbatados. Hasta los medios de comunicación de masas se lo creyeron. Pero Dylan detestó ese papel y, en lugar de vivir de él, se recluyó y acabó decidiendo que lo suyo era también, como lo de los Beatles, el pop. Un pop lleno de folk, de rock, de la crudeza rural norteamericana y los mitos fundacionales de la democracia estadounidense, pero pop al fin y al cabo. Es decir, ya no se trataba de hacer la revolución de las instituciones, como alguna vez habían creído esos ingenuos cantautores, sino de revolucionar las mentes, o quizá, si no había tanta suerte, los mercados. Capitalismo puro.
La «encrucijada» a la que se refiere y explica este libro de Greil Marcus –un estupendo historiador de la cultura estadounidense– es el momento, en 1965, en que Dylan decidió grabar su primer disco puramente eléctrico y enteramente desligado de los tópicos de la canción protesta, Highway 61 Revisited, y más exactamente su primer corte, «Like a Rolling Stone», una filípica cuyo narrador despellejaba viva a una mujer durante seis minutos de ruido en lo que debía ser el más largo insulto de la historia de la música. Se trataba de una mujer privilegiada, que había ido a las mejores escuelas, había repartido limosnas entre los pordioseros y se había pavoneado entre los bohemios, pero que ahora había caído en desgracia y debía aprender a vivir en las calles, a gorronear una comida a aquellos de los que se había reído, a soportar la soledad de alguien cuya vida ya es sólo ir dando tumbos a ver qué cae. «¿Qué se siente?», le preguntaba Dylan una y otra vez con sorna.
La canción fue un shock para la cultura de izquierdas de la época. Como cuenta Marcus, era silbada y abucheada en los conciertos. Nadie entendía qué podía significar todo aquel desdén, pero sin duda Dylan era un traidor a la causa del arte comprometido y un vendido al mercado. Sin embargo, visto con el tiempo, ¿qué quería decir realmente? Podía ser, naturalmente, una simple venganza contra una ex novia pija. Pero lo más probable –así deberíamos creerlo– es que fuera una milimetrada alegoría de los Estados Unidos que habían salido de la Segunda Guerra Mundial convencidos de su destino manifiesto y su bondad intrínseca, pero que ahora, a mediados de los sesenta, debían hacer frente a un conflicto cultural y generacional que parecía irresoluble.
Norteamérica era en ese momento esa mujer cínica y renqueante. Y Dylan se reía de ella porque ahora se iba a tener que hacer mayor de una vez por todas y enfrentarse a sus vergüenzas: la de ser la tierra de los libres y mostrarse profundamente racista; la de ser el país de los valientes y perder en guerras contra enanos. Visto ahora, Estados Unidos superó esos terribles escollos aceptablemente bien, a golpe de igualdad e individualismo, y Dylan acompañó el proceso casi como su emblema: el que fuera un profeta izquierdista se convertiría solamente en un artista millonario sin ideología aparente, que tanto podía tocar canciones inspiradoras ante Juan Pablo II como protagonizar anuncios para la marca de lencería Victoria’s Secret. En eso derivó la (contra) cultura de los sesenta: rebeldía vital y ortodoxia económica. Igual no es mala combinación.

01/03/2011

 
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