ARTÍCULO

Odios de oficina

Anagrama, Barcelona
178 pp. 13 €
 

Mario C. Castañeda tiene un automóvil marca Pontiac y sólo porque su padre es un abogado de alto prestigio local, «el abogado más peligroso de esta ciudad podrida», en palabras del propio hijo (p. 15), recibe a su cargo la gerencia en una compañía. Carece de méritos para el trabajo y dice desconocer los motivos por los que le han ofrecido un puesto por encima de tipos que trabajan en la empresa casi desde su alumbramiento (p. 15). De otra parte, Gabriel Lynch, es un simple supervisor y muy buen trabajador, pero parece limitarse a odiar. Es un resentido social, y ya en la página 23 nos confiesa, vanagloriándose de la hazaña, gracias a la guía de un libro guerrillero, un barato manual comprado en una librería de viejo, que ha quemado, en la noche, a hurtadillas y cobardemente, el vehículo americano de su jefe. El primero llama al segundo Gabrielito, paternalmente, en un diálogo de jefe a subalterno, íntimo, si se quiere, mientras que Gabriel se ha enterado, hurgando en bases de datos, que la inicial C del segundo nombre de su jefe, el nombre que va después de Mario, corresponde a Constantino, que considera un nombre absurdo (p. 29), y en su monólogo interno cargado de resentimiento, creyendo que hiere profundamente, usa ese nombre, el de Constantino, para identificar a su jefe, a quien todos llaman, lógicamente, Mario. Fernanda, una secretaria, da la voz de alarma: «Un loco quemó el Pontiac de Mario y el seguro no le va a pagar» (p. 29).
La novela Recursos humanos gira alrededor de estos personajes propios del mundillo chismoso, receloso y envidioso de las oficinas, de los oficinistas, de las secretarias y los jefes, los ascensos y las recomendaciones, siendo el hilo conductor del relato el monólogo de Gabriel, quien pretende contagiar al lector de todo su odio y resentimiento para intentar que comprendamos las penurias de ser trabajador (ser esclavo, lo define). Y lo logra gracias a un lenguaje cargado de humor ácido y corrosivo, al igual que tremendamente inteligente. A pesar de la inutilidad de su lucha particular, una pelea sin sentido contra nadie, una especie de «rebelde sin causa» llevado a la literatura moderna en los tiempos actuales de mundos cerrados, se logra entender su permanente e irracional ira, así como cuando en la calle vemos a un individuo romper la bolsa de la basura y esparcir los desperdicios en la acera, sin comprender cabalmente los motivos que lo llevan a realizar un acto sin fruto y desmedido.
Y así como Gabriel pretende congraciarse con el lector en la historia de su odio y su desprecio hacia sus congéneres, inocente e infantil, Mario interviene en otro monólogo paralelo, menos emotivo y más razonado, pero contando básicamente lo mismo: su desapego a la sociedad. El uno tiene estudios y el otro no. El uno es blanco mientras que el otro no lo es tanto. La familia de uno se regodea con el poder, cuando la otra se codea con bajos mundos, formando un retrato interesante de la sociedad mexicana actual, retrato subjetivo y acomodado, como todos los retratos, y que es en última instancia un reflejo de la forma en que actúa la mayor parte de la sociedad latinoamericana, con prejuicios y arribismos, estratos sociales claramente diferenciados, tremendamente machista. O apuntando más lejos, según como se mire, como gran parte del mundo de hoy. «Soy blanquito y pobre, pero ellos saben que si me visten adecuadamente y ponen a mi disposición una cartera llena, podría resultar indistinguible de los amos» (p. 125), afirma Gabriel en cualquiera de sus múltiples explosiones cargadas de resentimiento.
Y sin embargo, sí hay un lugar de encuentro y entendimiento hasta las tantas de la madrugada entre personas tan diferentes, y ese lugar no es otro que un triste burdel donde Gabriel quiere hacerle creer a su amigo de parrandas, Mario, o Constantino, que la mujer con quien se acuesta es su tía, y donde notan el tamaño de la ebriedad por la pedantería de sus frases (p. 111). En un corto diálogo, Verónica, otra secretaria, pregunta a un personaje que, ante la falta de plan, adónde van. «A la cama, claro. Era demasiado pobre para llevarla a otro sitio», responde. El sexo sin amor está presente en la novela, las relaciones creadas por el dinero, amistades interesadas.
Recursos humanos está dividido en cinco capítulos, provocadoramente titulados, y cada uno de ellos se encuentra regido por párrafos cortos que convierten el discurso en una diatriba sin sentido, un grito ahogado que nadie oye, dados con amargura y que parecen sólo diluirse cuando se producen los ascensos sociales. Es una novela urbana en que impera el materialismo, el poder, y quedan ancladas en la memoria frases como «nunca pretendí otra cosa que dinero y lo tengo. ¿Qué se le puede agregar a la perfecta rosa?» (p. 170).
Antonio Ortuño (Guadalajara, México, 1976) ha logrado con esta novela ser finalista del Premio Herralde de 2007 y, así, seamos o no creyentes de la relación calidad literaria-ganador de concurso literario, en este caso concreto la novela Recursos humanos logra ser parte de la buena narrativa latinoamericana actual, osada y delirante, a veces, y Anagrama se apunta un tanto este año de 2007, en mi opinión, al premiar como finalista la novela que hoy tratamos, y como ganadora a la muy agradable Ciencias morales, del argentino Martín Kohan.
Es una buena novela, que se lee fácilmente, de corrido, a la cual habría que añadir un punto a su favor: es una novela corta, o un cuento largo, si se quiere, pero el caso es que ciento setenta y siete páginas es la justa medida, pienso, para digerir con placer un bocado de amena literatura. Y ahora que tecleo «amena» en mi ordenador, caigo en la cuenta de que es la palabra perfecta que define Recursos humanos: es un libro ameno sin otra pretensión que la de agradar. 

 

01/08/2008

 
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