ARTÍCULO

Reaccionarios y fascistas

 

El libro objeto de esta recensión centra su interés en Carl Schmitt para analizar sus puntos de ruptura con la tradición reaccionaria decimonónica. Su tesis viene a ser: la «metamorfosis fascista del conservadurismo» (Burke, Bonald y Donoso) sólo puede comprenderse a través de las mutaciones reaccionarias (De Maistre y Pareto). Y este proceso sólo se clarifica al leer a Carl Schmitt.
Ciertamente, nos dice, los conservadores ortodoxos propugnaban la negación de la modernidad. Pero lo hacían desde la matriz de la conservación del pasado. Burke desde el desarrollo de un tradicionalismo experimental y prudente, Donoso desde el catolicismo. Pero la tradición reaccionaria es otra cosa. De Maistre, un heterodoxo, ante la irrupción de la modernidad y la Revolución Francesa, no propugnaba una vuelta al pasado, sino un contramito: la «reacción» revolucionaria ante la revolución. «La tierra entera –dice– empapada continuamente en sangre, no es más que un ara inmensa donde todo lo que vive debe ser inmolado, sin fin, sin medida, sin descanso, hasta la extinción del mal, hasta la muerte de la muerte». El providencialismo sangriento se alía con la rebelión contra la historia. Según Luis Gonzalo Díez, Vilfredo Pareto participa de este voluntarismo desde una perspectiva sociológica, y Carl Schmitt a través de sus tesis sobre la teología política. Forzar la historia sería su denominador común.
Como se ve, el libro explora un hilo de tradición bien conocida, pero estudiada aquí con originalidad. El método que propone es innovador: priorizar a Schmitt para entender mejor a los antecesores. De hecho, me atrevo a decir que Carl Schmitt es el corazón del libro. El texto se lee muy bien y es muy cuidadoso con el uso de las obras del autor alemán (citadas siempre en traducción castellana). Sin embargo, adolece de un uso demasiado parco de la abundante literatura secundaria sobre Carl Schmitt, que quizá le hubiera dado mayor penetración.
Pero lo realmente importante es que el libro tiene tesis. Los lenguajes reaccionarios se transforman en una rebelión contra la historia y se convierten en «utopías textuales», es decir, radicales, aunque sin trascendencia política. El voluntarismo revolucionario de los fascistas, por el contrario, produce la mutación hacia utopías políticas que propugnan el asalto a la realidad inmediata. Y esto es perceptible mediante el análisis de Schmitt. Creo que merece la pena que sigamos el hilo de ese análisis.
La crítica del autor a Carl Schmitt no hace prisioneros. El jurista alemán, leemos, se veía a sí mismo como «una evidencia biográfica de las grandes tendencias de la historia». Tras la derrota, estaba persuadido de que él era el último gran representante del ius publicum Europaeum. No obstante, siempre trató de acercarse al poder, ya fuera con la república de Weimar, ya fuera con los nazis. No tuvo problema para mutar ideológicamente de manera oportunista. Pasó sin contorsionarse demasiado de jurista conservador de la República, crítico del parlamentarismo y preocupado por la unidad del Estado, a seguidor nazi, jurista del régimen, antisemita y partidario del Führersprinzip a costa del Estado mismo. Como tantos intelectuales de talento de la época (Ernst Jünger, Martin Heidegger, por nombrar sólo dos), acabó convencido de que la felicidad del hombre consiste en el sacrificio y que la más alta tarea que nos aguarda es entregarnos a aquel que elige frente al destino, al Führer, «el más alto legislador». Nuestro autor aprovechó la aprobación de las leyes racistas en 1935 para saludarlas como la constitución de la libertad y colaborar activamente en los ataques contra los judíos, a los que por esa época llamaba «estériles parásitos intelectuales».
Pero no hubo suerte. Las SS comenzaron en 1936 a investigarlo. Aunque el propio Göring medió en su favor, esta campaña contra él acabó con su «trabajo» dentro del partido y lo condujo de nuevo a su cátedra. Un destino similar al de Heidegger, y análogo al de Jünger (aunque este último luchó en la guerra y simpatizó «desde lejos» y con matices con el atentado contra Hitler). El rechazo de las SS les sirvió a los tres para no ser duramente represaliados por los aliados. Y estas historias nos sirven a nosotros para advertir que uno puede ser un espléndido filósofo, un gran novelista o un teórico político y jurista magistral, al mismo tiempo que un perfecto canalla.
Este libro describe con propiedad estos virajes y cambios en las teorías schmittianas. Empezando por su idea de «teología política», que sugiere que los conceptos políticos modernos no son sino conceptos teológicos secularizados (pueblo-dios; milagro-Estado de excepción, etc.). Su lucha antilustrada y antiliberal se concreta en este primer escalón.
En segundo lugar, su antipatía por el «nihilismo» burgués, por su mercantilismo o por el parlamentarismo liberal, le ayuda a desarrollar otra de sus ideas-eje: la de dictadura. El liberalismo trata de usar la ley como forma antipolítica de eludir los conflictos y constituye, por eso mismo, un peligro continuo para la estabilidad del Estado. La «clase discutidora» (como la llamó su admirado Donoso Cortés), esto es, la burguesía liberal, constituye un riesgo político insostenible por su falta de determinación para tomar decisiones taxativas cuando se requieren. Por eso, ante los grandes desafíos políticos y los profundos enfrentamientos sociales es necesario reivindicar el decisionismo de la dictadura soberana. Una dictadura basada en la aclamación del pueblo. Esto es, una «dictadura democrática», pues estos términos no son antitéticos. Todo depende de quién tiene los medios para encarnar la voluntad del pueblo.
En opinión de Luis Gonzalo Díez, Schmitt cree que el liberalismo es «un modo de vida demediado» (p. 76) que excluye el riesgo, la lucha viril, el vivere pericolosamente (como reza el lema fascista). Por eso, del gusto por lo excepcional se pasa suavemente y sin solución de continuidad: a) al decisionismo; esto es, a considerar la comunidad política como producto de una decisión existencial colectiva; b) a la reivindicación del poder total (ilimitado y ubicuo) y del Estado total capaz de regenerar la unidad, y, finalmente, c) a la dialéctica amigo-enemigo, categoría constitutiva de la política y que incluye la posibilidad de matar físicamente.
Lo cierto es que estas cosas parecen fascismo, y lo son, pero, como se señala atinadamente en el libro, fueron insuficientes para los nacionalsocialistas, más centrados en el racismo o el liderazgo total. Pero sí sirvieron de base a la evolución de la ideología nazi a la que, como sabemos, Schmitt se esforzó por contribuir (p. 125). Viene bien explorar esta zona de la Teoría Política, tanto más cuanto que, en los tiempos que corren, proliferan schmittianos de derecha y de izquierda que tratan de resucitar conceptos desarrollados por Schmitt para oponerse a una modernidad política «insuficientemente comprometida con la libertad», como a algunos les gusta decir. Pero sean cuales sean las buenas intenciones que guíen a estas nuevas lecturas de esta tradición de pensamiento, libros como el aquí reseñado aconsejan tratar estas interpretaciones con un extremo cuidado.

01/10/2008

 
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