ARTÍCULO

Razón de violencia

Alfaguara, Madrid, 1997
312 págs.
 

Una mujer se asoma a una ventana de provincias. Enfrente el trajinar cotidiano de un intelectual cansino e irresoluto a quien la vida ha terminado emparejando con una mujer débil y enfermiza, bien diferente a la observadora que presta su mirada al lector. Como telón de fondo, la miseria de la posguerra española en una pequeña capital gallega, concretamente, y no hace falta que se nombre, Orense. Con semejantes elementos Carlos Casares ha proyectado de nuevo su mirada, atenta, realista, moralizante, sobre un cuadro esperpéntico en el que la sombra de la guerra civil (Los muertos de aquel verano, su anterior novela, también se ocupaba del tema bélico más familiar para nosotros) hace de las suyas. Un cuadro esperpéntico no en el sentido de chafarrinón grotesco que el término pudiera sugerir –nada más alejado de la paletada valleinclanesca que es Carlos Casares– sino por el propio reflejo de la violencia ambiental en que encaja a la perfección, por su cobardía, el héroe/antihéroe de esta novela. Quien no sólo por sus características físicas –el «dios» de la novela de Casares es un alfeñique– recuerda a un guiñapo; será el ojo de la observadora el que nos transmita dicha sensación a partir del continuo desplomarse del protagonista en su sillón azul. Un sillón de orejeras, frailuno, territorio mítico en torno al cual Carlos Casares ha ido tejiendo una historia en la que van entrando los diferentes tiempos que la estructuran en flash-backs consecutivos, tan bien manejados que se implican en la narración con la misma fluidez que tendrían de ser impregnados con vaselina. Dichos retrocesos nos llevan a la Alemania de entreguerras y a la Compostela anterior al 36. El interludio alemán, otra cala casariana en la incomprensible violencia ambiental de una sociedad civilizada, se nos sirve a través de la relación del protagonista innominado (también su observadora es anónima) con Gerda, un elemento vitalista que contraponer a la pudibundez frágil de Mariana, la esposa del intelectual provinciano y diminuto.

Quien si de algún modo se proyecta eróticamente (los personajes de Casares suelen ser muy asépticos sexualmente hablando) lo hace a través de los avances de su observadora, progresista avant la lettre y habitante de las aulas universitarias republicanas en las que el intelectual divino ejercía. A éste se le han intentado ver afinidades con algún polígrafo y político gallego, desaparecido en el sentido figurado de la palabra con la rebelión militar del 18 de julio. Yo entiendo, sin embargo, que Casares ha ido bastante más lejos, retratando en el protagonista de su novela a un compendio y resumen de aquellos intelectuales que, atrapados en el fuego de los totalitarismos, optaron por alinearse del lado más azul de la cuestión, y de ahí el color del asiento que sirve de escondrijo al héroe/antihéroe de Dios sentadoen un sillón azul. Algunos de estos intelectuales entonaron bastante después la palinodia, y por ahí aún circulan, en ciertos casos, con obra meritoria en bandolera; a otros simplemente se los tragó el viento del olvido. El personaje de Carlos Casares, dentro de la excelente armazón matemática de la novela, será devorado por la violencia que había contribuido a alimentar, y no por otra razón en última instancia que su propia cobardía, en el proceso que llevaría al pelotón de fusilamiento a su viejo amigo y colaborador, Antonio Salgado París. Claro que éste: «Era el muchacho más guapo de todo el centro, moreno y ojos verdes, siempre vestido con aquellos jerséis de lana gruesa» (pág. 299), lo que no dejaría de explicar alguna actitud inexplicable por parte del intelectual derrotista y derrotado. Y pues en la novela de Carlos Casares cabe todo, y aquí surge la maestría narrativa del escritor orensano evitando el peligro de la incontinencia, mal no exclusivo de escritores noveles –véanse las últimas novelas de Camilo José Cela, especialmente La cruz de San Andrés-aparecen en ella también los guerrilleros, escapados o huidos. Quienes serán los que impongan en el desenlace su particular sentido moral de la violencia. De este modo, Carlos Casares hace que todo se articule cabalmente en su reflexión/alegato contra los que, activa o pasivamente, atizan los desmanes históricos. La traducción española de la novela (en gallego, Deus sentado nun sillón azul) se debe al propio Carlos Casares. Una traducción funcional, hecha sin ánimos recreativos, que por lo tanto cumple bien su objetivo de poner ante el lector español esta narración realista, concisa, contenida. Sería de desear que con ella Carlos Casares consiguiese traspasar de verdad esa extraña barrera idiomática que no termina de abrirse para escritores excepcionales, como Méndez Ferrín o él mismo. Anteriormente Casares publicó en castellano Ilustrísima y Los muertosde aquel verano (novelas) y Los oscuros sueños de Clío (relatos); tal vez Dios sentado en un sillón azul sea su consagración definitiva en un mercado editorial, el español, tan excesivo en títulos como escaso en novelas de auténtica tensión narrativa, como ésta.

01/05/1997

 
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