ARTÍCULO

Sonrisas de humo

Alfaguara, Madrid, 332 págs.
Trad. de Roser Balagué
 

En Celebrity, una de las últimas películas de Woody Allen, aparece una imagen inolvidable: una avioneta surca el cielo de Manhattan dibujando con su estela la palabra Help! en el aire. Allí, Allen lanza su grito de auxilio contra la estupidez, la frivolidad, la banalización de los medios de comunicación y la muerte de la cultura a manos del mercantilismo y la nada. Este libro de Saul Bellow (Montreal, 1915) también resulta ser, a su modo, un grito de socorro, tan cómico como elegíaco, tan burlón como elegante, una sonrisa de humo lanzada desde una avioneta en picado que se disuelve dejando atrás las cosas bellas y dulces del espíritu y la materia.

Su protagonista, Abe Ravelstein, es un intelectual neoyorquino perteneciente a la elite cultural de Occidente que ha conseguido amasar, gracias a un solo libro convertido en best-seller, una fortuna, y celebra su triunfo con su colega y amigo íntimo Chick, que es quien relata en primera persona el encuentro. Chick ha recibido el encargo de escribir una «Vida de Ravelstein».

Ya tenemos aquí, de nuevo, a una de esas parejas profundamente asimétricas de la literatura y el cine: el criado y su señor. Entre Ravelstein y Chick fluye un diálogo ininterrumpido trufado de citas cultas y sutilezas sobre el amor, el dinero, el tiempo y el judaísmo, entre otros temas; el mismo diálogo que puede haber, salvando las distancias, entre el caballero andante y su escudero. Al lector se le concede asistir como invitado a este banquete platónico, a esta fiesta de los sentidos que oscila siempre entre la esgrima verbal, el sarcasmo irreverente y la humorada. En esta novela se habla, se fuma, se bebe café cargado, se viste ropa cara, se filosofa sin tregua y se disfruta de la amistad a pleno pulmón. El resultado viene a ser una conmemoración de la vida en todos sus aspectos, tanto físicos como mentales, y una defensa de la cultura humanista, ya herida de muerte.

A Chick le obsesiona Ravelstein en el mismo grado en que al capitán Achab le obsesionaba Moby Dick, y Ravelstein, en efecto, comparece en este libro como una especie de ballena blanca de la erudición, un monstruoso cetáceo no exento de extemporánea belleza, que suelta chorros de lucidez desde su cabeza calva. Y si Achab deseaba, más que nada en el mundo, dar caza al animal mitológico para acabar con él a arponazos, Chick pretende atrapar a su escurridizo maestro, para escribir sobre él, para fijarlo, con una red de palabras.

La comparación con la mítica ballena no es gratuita. Ravelstein tarda tanto en morir como el cetáceo de Melville. A lo largo de la novela, Bellow anuncia, una y otra vez, la muerte de su protagonista –de hecho incluye episodios posteriores a su fallecimiento–, pero nada de eso resulta, todo es inútil. Como personaje de ficción, Ravelstein es tan poderoso y contiene tanta vitalidad contagiosa, que emerge una y otra vez de la tumba, reacio a abandonar la escena. Como novelista avezado, Bellow sabe que la muerte de Ravelstein supondría la muerte de su novela, que la novela es Ravelstein hasta la médula y que Ravelstein lleva, inserto en su corpachón, el libro íntegro.

Ravelstein según Chick está hecho de la pasta de los grandes personajes clásicos: tiene algo del Falstaff interpretado por Welles, algo de grandioso bufón imprevisible cuya glotonería sensual hacia la vida oculta, bajo campas de colesterol y cínica inteligencia, apenas entrevisto, un corazón romántico. Combina el tonelaje corporal de un luchador de sumo con una mente privilegiada de una delicadeza y complejidad fantásticas. Es humano, terriblemente humano, tan humano que está a punto de morir y su salud pende de un hilo. Gracias al éxito de su libro, Ravelstein se hospeda en el exclusivo hotel Crillon de París, donde tiene por vecino a un marciano enmascarado vestido con lentejuelas y extrañas condecoraciones; un día coincide con él en el ascensor, y el marciano, visto de cerca, resulta ser Michael Jackson, que está de gira en Europa. Ahí, en ese mínimo espacio de un ascensor de un hotel aristocrático, se cruzan por una vez la universidad y el póster, la escolástica y el pop, la catedral y el videoclip, separados por un muro de guardaespaldas y la histeria de los fans, y el contraste entre ambos mundos compone un gag surrealista y toda una declaración de principios. Oliver y Hardy. El Gordo y el Flaco. El gordo Ravelstein, armado de erudición y dialéctica, y el flaco Jackson, con su palidez de ultratumba, su cabeza lunar y su gesticulación anormal recién salido de un ovni, no pueden ser figuras más contrapuestas. Uno procede del campus, el otro de un platillo volante. Uno es un sibarita, un dandi, un gozador de la vida, que derrocha a manos llenas, y el otro es un danzarín desteñido con fobias antisociales.

No todo en esta novela, por descontado, son disquisiciones filosóficas. Eso sería imposible tratándose del autor de Carpe Diem o Herzog. Hay también, insertados aquí y allá en el tejido discursivo, atisbos de intimidad conyugal protagonizados por Chick. La historia de su divorcio, el relato de un viaje desastroso al Caribe, descritos con malvado regocijo picante por un anciano en la plenitud de sus facultades mentales al que no le importa ponerse a sí mismo en ridículo, conforman un juego de instantáneas soleadas que bordean, pese al dramatismo de su fondo, la comedia. Todo en esas escenas, bañadas en una luz de comicidad irrespetuosa, lleva el sello genuino del mejor Bellow y funcionan como contrapunto con una suavidad de engranaje perfecto y una maravillosa ligereza. A sus ochenta y cinco años, tras haber sobrevivido al éxito, a intervenciones quirúrgicas, al Premio Nobel de literatura, a cuatro divorcios y a la hostilidad de una parte de la crítica norteamericana, Bellow ofrece esta novela en las antípodas de la autoconmiseración y el patetismo. Ravelstein es el libro menos moribundo que quepa imaginar. Todo en él está atravesado, rayado, por una extraordinaria y serena jovialidad casi primaveral. En esta novela Bellow hace lo que ha hecho siempre: captar con sus antenas sensibles en forma de pararrayos los males del mundo contemporáneo que afligen a los seres humanos y describirlos a su manera, recubriendo la amargura con una pátina de irónico buen gusto. Resulta imposible no detectar un sesgo autobiográfico en sus palabras cuando leemos: «Ravelstein parecía reflexionar sobre alguna duda acuciante..., tal vez la de si tenía sentido o no luchar por la existencia. No lo tenía, pero él luchaba pese a todo».

01/05/2001

 
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