ARTÍCULO

¿Y mujeres?

 

Emperadores, obispos, monjes... y mujeres. ¿Otra vez? Como bien sabrán nuestros lectores, el panorama editorial rebosa títulos en los que campan inexorables las palabras mujer y femenino, en todos los números y casos. La producción «en clave de mujer» no deja de parecer más y más sospechosa: el ritmo vertiginoso con el que brotan novelas, artículos, ensayos o análisis femeninos y feministas no puede ser siempre, de manera alguna, prueba del respeto y de la atención debida a un tema importante, complejo y extremadamente fecundo. Para escarbar en las raíces de las innegables discriminaciones sufridas por la mujer en el mundo occidental y cristiano, es preciso armarse de conocimientos profundos, en el campo de la lingüística y de la historia en su sentido más pleno, lejos de cualquier sensiblería gazmoña y, sobre todo, de cualquier a priori agresivo, típico de algunas damiselas académicas, tristemente proclives a cobrar en el presente las deudas contraídas por los machos antiguos.

Que no se preocupe el profesor Teja por este, digámoslo así, desahogo de un humilde escribano: su interesante volumen no cae bajo el filo del anterior juicio. Sin embargo, eso sí, refleja una tendencia evidente. Hoy día, lo «femenino» vende, y vende bien. Hasta cabe preguntarse si el haber añadido a esta recopilación de artículos una especie de apéndice acerca de las mujeres hispanas en el oriente de época teodosiana y, más en general, acerca de feminismo, religión y política en la Antigüedad tardía, no sea quizá fruto de un consejo del departamento de marketing de la misma editorial. Por poner sólo un ejemplo, cabría preguntarse: ¿Y los esclavos? ¿Acaso su papel no fue de protagonistas? Silenciosos, es cierto, para usar otro adjetivo de moda, pero tan imprescindibles y obvios, en los siglos y regiones estudiados por Teja, como hoy día los esclavos invisibles de los mundos sin Coca-Cola (light). Es más: esas «mujeres ricas y culturalmente refinadas de la aristocracia» (pág. 12), de las que sólo se ocupa el autor, ¿acaso dejan de ser protagonistas en alguna época de la que el ser humano tenga memoria? Y, finalmente, ¿cómo seguir hablando, a estas alturas, de un «papel de subordinación de la mujer que el cristianismo ha mantenido como teoría y práctica establecida hasta los tiempos modernos»? Las palabras tienen una fuerza, en algunos casos una violencia, que es necesario respetar. Si es cierto que, en la consciencia de los hablantes, vocablos como cristianismo e iglesia se encuentran demasiado a menudo envueltos en la calina de la más funesta confusión, no es posible olvidar que cada uno de ellos representa una realidad específica. En este sentido, no es aceptable una aserción del tipo (pág. 216): «la «teología feminista» de la Iglesia católica [...] ha llevado a afirmar, sin ninguna base histórica, que desde sus mismos orígenes el cristianismo se constituyó en patrón y defensor de la dignidad de la mujer», con la consecuente crítica a la declaración de Pablo VI citada a comienzo de la carta apostólica Mulieris dignitatem de Juan Pablo II. Basta sólo con leer los Evangelios. La cuestión es otra. Como la historia bien enseña, la Iglesia con mayúscula –«lugar de verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y la actividad común para todos los fieles en la construcción del Cuerpo de Cristo», según una precisa definición del Vaticano II (LG 32)– no puede de ninguna manera identificarse con la iglesia-institución de los últimos dos mil años, notoriamente cargada de todo tipo de limitaciones humanas: el tronco del árbol surgido de la palabra de Jesús de Nazaret tiene que librarse de incrustaciones malignas, la meta no se ha alcanzado aún. Llama la atención el hecho de que el mismo Teja, sin darse cuenta, ofrece la solución al problema cuando, después de sostener, equivocadamente, que (pág. 226): «El cristianismo contribuyó [...] de manera definitiva a consolidar y perpetuar la idea, profundamente arraigada en la sociedad greco-romana, de la inferioridad fundamental de la mujer», añade que esto «se manifiesta en el hecho de que, desde el momento en que el mensaje cristiano tomócuerpo en una Iglesia institucionalizada, modelada sobre las instituciones civiles helenístico-romanas, la mujer fue excluida de los oficios eclesiásticos». El matiz no carece de peso. Dejando a un lado la valoración de una afirmación cuando menos arriesgada como (pág. 217) «El debate del maniqueísmo (en los siglos IV y V ) es [...] una consecuencia del debate sobre el sexo y la mujer», cuyo análisis rebasaría, con toda probabilidad, tanto las estrechas fronteras de una recensión como los limitados conocimientos de quien escribe, parece oportuno señalar la notable calidad de muchos de los artículos contenidos en el volumen.

Mucho se aprende al leer la primera parte –Emperadores–. Las páginas dedicadas a la política de Trajano respecto a la nova superstitio cristiana, centrándose en la correspondencia entre Plinio el Joven y el monarca, son un modelo de claridad y síntesis. Nunca se agradecerá lo suficiente a un historiador el hecho de presentar en sus trabajos los textos objeto de su estudio: Teja lo hace, ofreciendo en un breve apéndice (págs. 37-38) una precisa traducción de la Epistula X, 96 de Plinio y del Rescriptum imperial (Epist., X, 97). Lástima sólo que no publique, por lo menos en nota, también el original latino, según una desafortunada y peligrosa costumbre contemporánea. El largo y concienzudo ensayo acerca del ceremonial en la corte del imperio romano tardío, subrayando el arraigo y la aceptación popular de los que disfrutó el aparato teatral que rodeaba la persona física del emperador, proporciona los datos necesarios para comprender correctamente un fenómeno tan complejo como el de la instauración y pervivencia de una autoridad imperial. Después de Constantino, al lado de la del monarca, y a menudo en oposición a ella, se yergue cada vez más poderosa la figura del obispo, vértice de una jerarquía eclesiástica en contra de la cual surgen paulatinamente los movimientos anacoréticos: los apasionantes artículos sobre la cristianización de los ideales y rituales del mundo clásico y sobre las violentas maniobras de Cirilo de Alejandría y de los monjes egipcios con ocasión del Concilio de Éfeso de 431 manifiestan cómo, para comprender la santidad, poco sirvan las estampitas devotas. Concluyendo, el de Teja es un libro que hace pensar, un libro útil para todo lector de buena voluntad: hombre... y mujer.

01/05/2001

 
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